Tu piel contra la mía La política prohibida del amor y el deseo #5
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La política prohibida del amor y el deseo #5

Se rieron juntos, en voz baja, la tensión del susto transformándose en algo todavía más cargado que antes, y cuando Rodrigo volvió a besarla en la oscuridad del despacho, sin la lámpara encendida, sin más luz que la que se colaba desde las farolas de la calle a través de la persiana entreabierta, Alba comprendió, con una claridad que la asustó un poco, que aquello ya no era solo una tregua ocasional entre dos rivales.

Era, sospechó, algo que empezaba a parecerse peligrosamente a una costumbre.

Mucho más tarde, cuando el reloj del Congreso marcaba ya casi la medianoche y los dos, todavía medio vestidos, recuperaban el aliento apoyados contra el escritorio revuelto, Rodrigo le apartó a Alba un mechón de pelo de la cara con un gesto que no tenía nada de la firmeza calculada del político y todo de una ternura que ninguno de los dos supo bien cómo nombrar.

—Esto se está complicando —dijo él, en voz baja.

—Ya lo sé.

—No me refiero solo a lo evidente.

Alba lo miró, y por primera vez desde que todo aquello había empezado, no encontró ninguna réplica ingeniosa preparada, ningún argumento afilado con el que devolver el golpe. Solo la certeza incómoda de que él tenía razón.

—Mañana volvemos a odiarnos en la sesión de las diez —dijo finalmente, más para convencerse a sí misma que a él.

—Mañana volvemos a odiarnos en la sesión de las diez —repitió Rodrigo, y algo en su voz sonaba menos a promesa que a advertencia—. Pero esta noche, diputada, todavía es esta noche.

Y por unas horas más, ninguno de los dos quiso pensar en lo que vendría después.

Tres semanas. Tres semanas de despachos a oscuras, de mensajes cifrados en jerga parlamentaria que solo ellos sabían traducir, de miradas cruzadas en el hemiciclo que ya ni siquiera intentaban disimular del todo.

Tres semanas en las que Alba Duarte y Rodrigo Nieto habían perfeccionado el arte de odiarse en público con una convicción que, para su propia sorpresa, seguía siendo completamente sincera —porque lo curioso, lo que ninguno de los dos había anticipado, era que el deseo no había apagado ni un solo grado de la rivalidad. Solo la había vuelto más íntima.

Y entonces, la noche del debate final antes de la votación de presupuestos, alguien estuvo a punto de descubrirlo todo.

Fue Rosario Câmpean, la periodista de investigación del diario más incómodo de la capital, quien lo notó primero.

Llevaba semanas cubriendo la campaña presupuestaria, y aquella noche, apoyada contra una columna del vestíbulo del Congreso mientras esperaba a que terminara la sesión, vio algo que no encajaba: la diputada Duarte cruzando el pasillo hacia el ala oeste, hacia los despachos de comisión, a una hora en la que ya no quedaba nadie más que personal de limpieza.

Y, diez minutos después, al presidente de la Comisión de Hacienda siguiendo exactamente el mismo camino, con la misma indiferencia estudiada.

Rosario no dijo nada esa noche, pero apuntó la hora en su libreta, y subrayó el nombre de ambos con una línea que no auguraba nada bueno.

—Tenemos un problema —dijo Alba, apenas cerró la puerta del despacho tras de sí.

Rodrigo, que la esperaba sentado en el borde del escritorio, levantó la vista con una calma que se le quebró en cuanto vio la expresión en el rostro de Alba.

—¿Qué ocurre?

—Câmpean. La periodista de El Cronista. Nos ha visto entrar por separado al ala oeste dos veces esta semana. Y esta noche.

El silencio que siguió fue distinto a cualquiera de los que habían compartido antes en aquella sala. No era la tensión cargada de deseo contenido de las últimas semanas, sino algo más frío, más parecido al miedo.

—¿Está segura?

—Me lo dijo mi jefa de prensa hace media hora.

Al parecer, Câmpean ha estado preguntando, con demasiado disimulo, por los horarios de las sesiones de la Comisión de Hacienda.

—Alba se pasó una mano por el pelo, el gesto nervioso que Rodrigo había aprendido a reconocer en las últimas semanas—.

Si publica algo, aunque sea una insinuación, los dos estamos acabados.

Usted pierde el apoyo de su bancada más conservadora.

Yo pierdo cualquier credibilidad que me quede para hablar de ética pública.

—Lo sé.

—¿Eso es todo lo que tiene que decir?

Rodrigo se levantó, y por primera vez desde que aquello había empezado, Alba no vio en su rostro ni rastro de la seguridad calculada con la que manejaba cada crisis política. Vio, en cambio, algo mucho más parecido a la incertidumbre.

—Lo que tengo que decir, diputada, es que llevo tres semanas practicando un discurso que empieza con “esto ha sido un error” y termina, invariablemente, con las mismas ganas de volver a cometerlo.

Así que no, no tengo una estrategia de comunicación preparada para este problema.

Por primera vez en mi carrera, no tengo ni idea de qué hacer.

Alba se quedó mirándolo, desarmada por una honestidad que no encajaba con ninguno de los guiones que había preparado mentalmente durante el trayecto hasta ahí.

Se sentó, despacio, en la silla frente al escritorio. No sobre él, como tantas otras noches, sino en la silla, con la distancia formal de una reunión de trabajo, aunque ambos supieran que ya no había nada formal entre ellos.

—Podemos terminar esto —dijo ella, probando las palabras en voz alta, como quien comprueba si un hueso está roto—. Ahora mismo. Esta noche. Volver a ser solo lo que fingimos ser en el hemiciclo, y dejar que Câmpean se quede sin nada que publicar.

—Podríamos.

—¿Es lo que quiere?

Rodrigo la miró largamente.

—No —dijo él finalmente—. No es lo que quiero. Pero llevo tres semanas diciéndome que lo nuestro era solo tensión resuelta, un desahogo entre dos personas que llevaban demasiado tiempo discutiendo. Esta noche, con la posibilidad real de perderlo, me doy cuenta de que llevo tres semanas mintiéndome.

—Rodrigo...

—Deje que termine. —Se acercó, se arrodilló frente a la silla donde ella estaba sentada, quedando a la altura de sus ojos, un gesto que en cualquier otro contexto habría parecido teatral y que en aquel momento solo parecía desesperadamente sincero—.

No la soporto, Alba. Sigo pensando que su modelo económico es un despropósito.

Sigo creyendo que la mitad de sus políticas hundirían este país en cinco años.

Y aun así llevo tres semanas deseando que termine cada sesión solo para volver a discutir con usted en privado, porque descubrí que no hay nada en el mundo que me guste más que pelear con usted y después reconciliarme.

Alba sintió que se le cerraba la garganta, una sensación mucho más incómoda y mucho más honesta que cualquier descarga de deseo que hubiese sentido en aquellas tres semanas.

—Estoy dispuesto a usar cada herramienta que tengo para que esto no termine esta noche —continuó Rodrigo, y besó a Alba en la frente.

—Mañana en el pleno voy a seguir llamándolo insensible con la gente que más lo necesita —dijo ella, casi como una advertencia.

—Cuento con ello.

—Y usted va a seguir diciendo que mi política fiscal es una fantasía irresponsable.

—Cada palabra la seguiré pensando en serio.

—Entonces no ha cambiado nada.

—Ha cambiado todo. —Le apartó un mechón de pelo del rostro, el mismo gesto de la primera noche en la salita del teatro.

Solo que, esta vez, sin ninguna duda detrás—.

Ahora, cuando la mire desde el otro lado del hemiciclo mientras me destroza en directo, sabré que en cuanto se apaguen las cámaras, usted va a venir a buscarme.

O yo a usted. Eso no lo cambia ningún titular de Câmpean.

Resolvieron lo de la periodista, como resolvían todo lo demás: con la misma disciplina implacable que aplicaban a cada ley, cada enmienda, cada negociación de última hora.

No hubo confesión pública ni comunicado de prensa; hubo, simplemente, el cuidado meticuloso de dos personas acostumbradas a jugar en el filo, decididas esta vez a no dejar que nada —ni una periodista curiosa, ni la lógica de sus propios partidos, ni el sentido común que ambos habían ignorado deliberadamente desde aquella primera noche— les arrebatara lo que habían empezado a construir en la clandestinidad de un despacho con cerradura excelente.

Meses después, en otro mitin, en otra plaza abarrotada de banderas de colores opuestos, Alba Duarte subió al estrado y encontró, como tantas otras veces, la mirada de Rodrigo Nieto esperándola al otro lado del atril.

El público aplaudía, los fotógrafos disparaban, y en algún lugar entre la primera fila, quizás, Rosario Câmpean seguía sin poder demostrar nada, aunque sospechara todo.

—Diputada Duarte —dijo él, con la misma cortesía cortante de siempre—. Un placer, como de costumbre.

—Señor Nieto. —Alba sonrió, esa sonrisa afilada que el país entero conocía y que solo Rodrigo sabía leer como lo que realmente era: una promesa—. Ojalá pudiera decir lo mismo.

Y comenzó, una vez más, el duelo. El de siempre, el de las cámaras, el de los votos y las enmiendas y las diferencias irreconciliables que ninguno de los dos pensaba ceder jamás.

Esa noche, cuando el mitin terminara y las luces se apagaran, habría, como cada vez, una puerta con cerradura excelente esperándolos a ambos.

FIN DEL RELATO