Tu piel contra la mía La política prohibida del amor y el deseo #4
47%

La política prohibida del amor y el deseo #4

Un silencio breve, tenso, recorrió la primera fila.

El moderador, sin captar del todo la corriente subterránea que atravesaba el escenario, intentó reconducir la pregunta hacia cifras de desempleo.

Alba, sin embargo, no apartó la mirada de Rodrigo mientras respondía, y él tampoco de ella, y durante los siguientes diez minutos el debate sobre política de vivienda se convirtió, para quien supiera leer entre líneas, en algo mucho más parecido a un duelo de miradas que a una discusión técnica.

En un momento, Alba se llevó la mano al cuello, un gesto aparentemente inocente para apartarse el pelo del calor de las luces, y Rodrigo, sentado a menos de un metro, sintió que el cuerpo entero se le tensaba al recordar exactamente dónde había puesto la boca sobre esa misma piel cuatro noches atrás.

Tuvo que carraspear antes de continuar con su intervención, algo que ningún analista político supo explicar después al revisar la grabación.

Terminó el acto entre aplausos moderados y la habitual ronda de fotografías protocolarias.

Los organizadores insistieron en la imagen de rigor: los dos candidatos, uno junto al otro, estrechándose la mano frente a las cámaras, sonriendo con la cordialidad forzada que exige la democracia representativa.

El apretón de manos duró, quizás, un segundo más de lo estrictamente necesario.

Los dedos de Rodrigo se cerraron sobre los de Alba con una firmeza deliberada, el pulgar rozando apenas el interior de su muñeca, un punto que ningún fotógrafo pudo captar, pero que a ella le subió una descarga directa por la columna.

—Sonría, diputada —murmuró él, sin dejar de sonreír para las cámaras—. Nos están mirando.

—Siempre nos están mirando, Nieto. Es el problema de este trabajo.

—Entonces tendremos que aprender a decir las cosas donde nadie más pueda oírlas.

Ella retiró la mano, despacio, con la misma sonrisa profesional intacta en el rostro, aunque el pulso le latiera desbocado bajo la blusa.

—¿Está proponiéndome algo, señor Nieto?

—Estoy sugiriendo, diputada, que la sesión de esta noche en el Congreso sobre presupuesto termina tarde. Y que el despacho de la presidencia de mi comisión tiene una cerradura excelente.

Alba lo miró y después dejó que la sonrisa se le ensanchara apenas, lo justo para que solo él lo notara.

—Curioso. El mismo hombre que hace media hora hablaba de disciplina fiscal, ahora me propone un déficit de decoro.

—Considérelo una inversión, diputada. A largo plazo.

—¿Con qué tasa de interés?

—La que usted quiera negociar.

Se separaron entonces, cada uno hacia su equipo, hacia los coches que ya los esperaban, hacia la actuación pública que ambos sabían representar con una precisión perfecta.

Pero mientras caminaba hacia el vehículo, Alba sacó el teléfono del bolso y, sin detener el paso, sin que ninguno de sus asesores lo notara, escribió un solo mensaje: Las nueve.

No llegue tarde, Nieto. Odio que me hagan esperar.

Del otro lado de la plaza, mientras subía a su propio coche con la misma sonrisa serena de siempre, el teléfono de Rodrigo vibró una vez en el bolsillo de su chaqueta.

Lo leyó sin que se le moviera un solo músculo del rostro frente a las cámaras que todavía lo enfocaban.

Cuando la puerta del coche se cerró y quedó, por fin, a solas, dejó escapar una sonrisa que llevaba conteniendo toda la tarde.

El Congreso, pasadas las nueve de la noche, era un edificio distinto.

Los pasillos de mármol que durante el día resonaban con el eco de tacones apresurados y voces de asesores gritándose plazos, a esa hora solo devolvían el sonido de los pasos de Alba, solitarios, deliberadamente lentos, como si retrasar el paso pudiera disimular la prisa que sentía por dentro.

La sesión de presupuesto había terminado hacía veinte minutos.

Los últimos diputados se dispersaban hacia el aparcamiento, comentando cifras y enmiendas, y ninguno de ellos reparó en que la diputada Duarte, en lugar de dirigirse a la salida principal, torcía hacia el ala oeste, donde los despachos de las presidencias de comisión guardaban ya la oscuridad de la noche.

Solo una puerta, al fondo del pasillo, dejaba escapar un hilo de luz por debajo del marco.

Alba no llamó. Empujó el picaporte, y la puerta cedió sin resistencia —él la había dejado abierta, comprendió, con la misma calculada seguridad con la que hacía todo lo demás— y entró en el despacho de la Comisión de Hacienda, presidida, para desgracia o fortuna de ambos, por Rodrigo Nieto.

—Llega tarde —dijo él, sin levantar la vista de unos papeles que fingía revisar, sentado tras el escritorio con la chaqueta colgada del respaldo de la silla y las mangas de la camisa remangadas.

—Ocho minutos. —Alba cerró la puerta a su espalda, y el sonido del pestillo, esta vez, no necesitó que nadie se lo pidiera—. Tuve que fingir un interés genuino en la enmienda del señor Ibáñez sobre pensiones. Créame, ha sido un sacrificio mayor que cualquier cosa que usted haya hecho por este país.

Rodrigo levantó por fin la vista, y la sonrisa que le cruzó el rostro no tenía nada de la cordialidad protocolaria de las cámaras.

—¿Un sacrificio? Qué generoso de su parte, diputada. Casi tanto como venir hasta aquí a las nueve de la noche a un despacho vacío con un hombre al que, según sus propias palabras en el mitin de esta tarde, le falta “capacidad de escuchar”.

—No vine a que me escuche.

—¿A qué vino, entonces?

Ella avanzó hacia el escritorio, despacio, dejando que los tacones marcaran cada paso sobre el suelo de madera noble de la sala, un sonido que en aquel silencio absoluto sonaba casi obsceno.

—A comprobar si es verdad lo que dicen de usted. Que sabe negociar bajo presión.

—Depende de la presión.

—Considérela máxima.

Rodrigo se levantó de la silla, rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella, apoyado contra el borde de madera, los brazos cruzados, observándola con esa mezcla de arrogancia y hambre que a Alba, para su propio fastidio, seguía resultándole devastadora.

—Antes de continuar —dijo él—, debo advertirle que este despacho tiene cámara de seguridad en el pasillo. Pero no dentro.

—Qué descuido tan conveniente por parte de la administración del Congreso.

—Lo señalé en tres informes distintos. Nadie me hizo caso.

—Por una vez, agradezco la incompetencia burocrática.

Se rio, un sonido bajo, casi contra la voluntad de ambos, y esa risa compartida disolvió lo poco que quedaba de la distancia protocolaria.

Alba dio el último paso que la separaba de él, y Rodrigo la recibió con las manos en su cintura, atrayéndola contra su cuerpo con una urgencia que contrastaba con la calma que había mantenido durante todo el mitin de esa tarde.

—Cuatro días conteniéndome en cada intervención —murmuró él contra su sien—. Cada vez que la miraba hablar de vivienda social pensaba en otra cosa completamente distinta.

—Qué indecoroso, señor presidente de comisión.

—Terriblemente indecoroso. —La boca de él encontró la curva de su cuello, y Alba echó la cabeza hacia atrás, dejándole espacio, cualquier resto de ironía disuelto en un suspiro que no pudo contener—. Debería denunciarme ante el comité de ética.

—Lo estoy considerando seriamente.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo tengo otras prioridades legislativas.

Él sonrió contra su piel y la besó, esta vez en los labios, con una lentitud que era casi una tortura después de cuatro días de silencio fingido, de miradas contenidas frente a las cámaras, de un apretón de manos que había durado un segundo de más.

Alba respondió hundiendo los dedos en su pelo, atrayéndolo más cerca, y sintió cómo las manos de él subían por su espalda, deshaciendo con una precisión meticulosa el lazo que sujetaba su blusa a la cintura.

Rodrigo la levantó sin esfuerzo, sentándola sobre el borde del escritorio, entre una pila de informes sobre déficit público y un vaso de café ya frío que ella empujó a un lado sin ningún miramiento por el orden administrativo.

Los papeles se desparramaron por el suelo —enmiendas, cifras, meses de trabajo legislativo reducidos a un revoltijo bajo sus pies— y a ninguno de los dos pareció importarle demasiado.

—Va a tener que reordenar todo esto mañana —dijo Alba, sin aliento, mientras él le recorría el cuello con la boca y la lengua.

—Que lo haga mi asesor. Para eso le pago.

—Qué manera tan poco austera de gestionar sus recursos, señor Nieto. Pensé que era usted más responsable con el gasto.

—Hay gastos que valen la pena, diputada. —Le sostuvo el rostro entre las manos, mirándola con una intensidad que ya no tenía nada de político y todo de deseo contenido durante demasiados días—. Este es uno de ellos.

En algún momento —ninguno de los dos podría haber precisado exactamente cuándo, porque el tiempo, en aquel despacho a oscuras salvo por la lámpara de mesa, había dejado de importar— la chaqueta de Rodrigo terminó en el suelo, junto a la de Alba, y el escritorio de la Comisión de Hacienda se convirtió en un territorio mucho más peligroso que cualquier debate presupuestario que hubiese presenciado en sus años de historia legislativa.

Un ruido en el pasillo —pasos, quizás el de un guardia de seguridad haciendo su ronda nocturna— los detuvo en seco.

Alba se quedó inmóvil, la respiración contenida, y Rodrigo, con un reflejo casi cómico de disciplina parlamentaria, alcanzó a apagar la lámpara del escritorio con la mano libre mientras con la otra la sostenía contra sí, los dos fundidos en la oscuridad repentina del despacho.

Los pasos se alejaron. La puerta, al fondo del pasillo, no se abrió.

—Eso —susurró Alba, con una risa nerviosa contra su hombro— habría sido un escándalo mayúsculo.

—Habría sido el titular del año. “Diputados de bancadas rivales sorprendidos en pleno desacuerdo presupuestario.”

—No creo que esa fuera la palabra que usarían los periodistas.

—Probablemente no.