La política prohibida del amor y el deseo #3
—Estoy dándole una sugerencia legislativa. Puede votarla o no.
Rodrigo se rió, un sonido bajo y sincero, y la besó de nuevo antes de levantarse —con ella todavía sujeta contra su cuerpo, lo que le arrancó a Alba una risa breve y sorprendida contra su boca— y cruzar la sala en tres pasos para girar el pequeño pestillo de la puerta.
El clic metálico sonó, en el silencio de la sala, como una declaración formal.
—Aprobada por unanimidad —murmuró él, volviendo hacia ella.
—No sea presuntuoso. Todavía no ha ganado mi voto.
—Deme un minuto.
Lo que siguió no tuvo nada que ver con la política, aunque los dos, en algún rincón todavía consciente de la mente, sabían que jamás podrían separar del todo una cosa de la otra.
Cada roce llevaba el peso de tres años de rivalidad; cada beso, el eco de un argumento no resuelto.
Rodrigo desabrochó la cremallera de la blusa de Alba con la misma concentración meticulosa que ponía en desmontar sus propuestas de ley, y ella respondió deshaciéndole el nudo de la corbata —ya flojo desde el escenario— con un tirón que tenía más de urgencia que de delicadeza.
—Sabe —dijo Alba, la voz entrecortada, mientras la boca de Rodrigo trazaba un camino lento desde su cuello hasta el hombro recién descubierto— que mañana voy a tener que fingir que lo desprecio con la misma convicción de siempre.
—Cuento con ello. —Él levantó la vista un instante, sus ojos oscurecidos por algo que no tenía nada que ver con la estrategia electoral—. De hecho, insisto en ello. Sería sospechoso que de pronto empezara a tratarme bien en el pleno.
—No se preocupe. Pienso ser particularmente cruel la próxima vez que debatamos sobre su reforma fiscal.
—Bien. —Sus dedos encontraron el cierre del sujetador, deteniéndose ahí, esperando, siempre esperando una señal de ella antes de continuar, algo que Alba notó y agradeció en silencio, aunque no lo dijera en voz alta—. Espero cada palabra con impaciencia.
—Qué manera tan rara de coquetear, Nieto.
—Es la única que conozco con usted.
Ella sonrió contra su boca, y esa vez fue Alba quien terminó de deshacer el cierre, dejando que la tela cayera entre los dos como una rendición silenciosa que ninguno de los dos habría admitido en público.
El resto del mundo —el teatro vacío, la calle desierta, las cámaras que horas antes habían capturado cada uno de sus desprecios calculados— desapareció, reducido a la sala pequeña, a la luz tenue, al calor de dos cuerpos que habían decidido, por una noche, dejar de ser adversarios.
—Alba —dijo él, en un momento, con la voz tan baja que ella tuvo que acercarse para oírlo—. Dígame que pare si esto es un error.
Ella lo miró. En sus ojos ya no había ni rastro de la ironía de las cámaras, ni de la estrategia del escenario. Solo quedaba algo mucho más simple, y mucho más peligroso.
—Es un error —dijo, y le desabrochó el último botón de la camisa—. El peor que voy a cometer este año.
—¿Y aun así?
—Y aun así. —Le sostuvo el rostro entre las manos, obligándolo a mirarla—. Cállese, Nieto, y deje de hacer preguntas cuya respuesta ya conoce.
Él no necesitó que se lo dijeran dos veces. Alba quitó los pantalones a Rodrigo y colocó sus manos sobre la tela de los calzoncillos. Ella se mordió el labio al notar el pene erecto de él, incapaz de mantener la calma ante la presencia del cuerpo desnudo de Alba.
Ella, olvidándose de quién era él, agarró su pene venoso para masturbarlo con ímpetu, sin temor a producirle daño. Rodrigo, quien soltó varios gemidos por cómo Alba jugaba con su fruto prohibido, recordaba leyes de memoria para no correrse tan pronto.
—Hija de puta —gemía él, cerrando los ojos.
Al sentir la dureza del pene de Rodrigo, Alba decidió llevárselo a la boca, saboreando la cabeza del glande. A pesar del gran tamaño del miembro viril, ella logró cubrirlo por completo con su boca, soltando alguna que otra arcada ante la falta de aire.
A Rodrigo le pareció buena idea darle también placer a Alba.
Lamió sus dedos para introducirlos en la vagina de ella, húmeda por lo cachondos que ambos estaban.
Moviendo sus dedos en círculo por el clítoris, se juró que no pararía hasta lograr que se corriera.
Cuando llegó el momento de estar dentro de ella, ambos sucumbieron al éxtasis.
Rodrigo ya no solo soñaría con Alba por sus discusiones políticas; soñaría también con los pechos que adoró lamer aquella noche.
Cuatro días. Alba había contado cada uno de ellos, aunque jamás lo habría admitido en voz alta, ni siquiera bajo tortura parlamentaria.
Cuatro días de silencio absoluto, sin un solo mensaje, sin una llamada, como si ambos hubieran decidido —sin necesidad de pactarlo— que lo ocurrido en aquella salita del Teatro Constitución podía enterrarse bajo la rutina de siempre.
Alba llegó a la Plaza de Armas para otro mitin.
A su lado, estaba él. Rodrigo Nieto subió al estrado con la misma soltura de siempre, el traje impecable, la sonrisa calibrada para las cámaras.
Pero cuando su mirada se cruzó con la de Alba, al otro lado del atril compartido —porque los organizadores, con una crueldad que ninguno de los dos había previsto, habían decidido montar un cara a cara conjunto sobre políticas de vivienda—, algo en su expresión se quebró durante una fracción de segundo.
Solo una fracción, lo suficiente para que Alba lo notara, y para que una sonrisa peligrosa le tirara de la comisura de los labios.
—Diputada Duarte. —La voz de él sonó igual que siempre ante el micrófono: firme, un poco condescendiente—. Un placer volver a coincidir.
—Señor Nieto. —Alba inclinó la cabeza, el tono tan cortante como en cualquier debate anterior—. Ojalá pudiera decir lo mismo.
El público rio. Nadie más que ellos dos supo que aquella frase, dicha con el desprecio habitual, escondía una sonrisa que Alba no pudo contener del todo.
El acto avanzó como cualquier otro. Los moderadores lanzaron preguntas sobre alquileres, sobre subsidios, sobre la crisis habitacional que llevaba meses ocupando titulares, y ellos respondieron con la fluidez de quien lleva años ensayando la misma pelea.
Pero había algo distinto esa tarde, algo que solo ellos podían percibir bajo la superficie del enfrentamiento habitual.
—El plan de vivienda social que propone la diputada —dijo Rodrigo, dirigiéndose al público pero con los ojos clavados en Alba— es, una vez más, un ejercicio de generosidad con el dinero ajeno. Fácil prometer lo que no hay que pagar de tu propio bolsillo.
—Curioso que lo diga usted, que tanto presume de “sacrificio personal” y “esfuerzo propio” —replicó ella, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo estrictamente necesario—. Yo, al menos, sé reconocer cuándo algo vale la pena, aunque cueste ceder terreno.
Fue una frase ambigua, deliberadamente ambigua, y Rodrigo captó el doble filo de inmediato. Algo le cruzó el rostro —no una sonrisa, exactamente, sino la sombra de una— antes de recomponer el gesto de seriedad profesional.
—Ceder terreno no es mi especialidad, diputada. Prefiero negociar posiciones. Con firmeza.
—Lo he notado.
Un murmullo de risas incómodas recorrió las primeras filas, sin que nadie del público entendiera del todo por qué aquel intercambio, aparentemente técnico, había sonado tan cargado.
Solo un periodista veterano en primera fila frunció el ceño, con la sospecha vaga de que allí ocurría algo que se le escapaba.
Durante la pausa, mientras los técnicos revisaban el sonido, Alba se acercó al lateral del escenario para beber agua. Rodrigo la siguió, con la excusa perfecta de revisar sus notas en la misma mesa auxiliar, y quedaron solos, de espaldas al público, a apenas medio metro de distancia.
—Cuatro días —dijo él, en voz baja, sin mirarla, los ojos fijos en unos papeles que no leía.
—¿Contando, Nieto?
—Solo llevando la cuenta de mis errores. Es un hábito de político responsable.
—¿Y a qué conclusión llegó?
Rodrigo giró apenas la cabeza. La miró de reojo, y esa vez no se molestó en disimular del todo el brillo en sus ojos.
—A que no me arrepiento de ninguno.
Alba tomó un sorbo de agua para ocultar la sonrisa que amenazaba con delatarla frente a la primera fila de cámaras.
Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco, más fuerte del necesario, y al hacerlo su mano rozó la de él —un contacto brevísimo, accidental en apariencia, cargado en realidad de toda la intención del mundo.
—Cuidado, diputada. Alguien podría malinterpretar ese gesto.
—Que lo malinterpreten. Es exactamente lo que quiero que hagan.
Se apartó antes de que él pudiera responder, caminando de vuelta hacia su atril con la misma seguridad de siempre, la melena recogida, la espalda recta, y Rodrigo se quedó un segundo de más observándola alejarse, con una expresión que —de haber estado alguien lo bastante cerca para verla— habría sido mucho más elocuente que cualquiera de sus discursos económicos.
La segunda mitad del acto fue, si acaso, más incendiaria que la primera. Alba encontró la manera de deslizar, en mitad de una respuesta sobre impuestos, una frase que solo Rodrigo podía descifrar del todo:
—El señor Nieto confunde disciplina con control. Y control, señores, no es lo mismo que tener razón. A veces solo es la ilusión de tenerla.
Rodrigo, lejos de amilanarse, le devolvió el golpe con una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos serios:
—La diputada tiene una habilidad curiosa para hablar de control cuando es evidente que disfruta perdiéndolo de vez en cuando.