Tu piel contra la mía La política prohibida del amor y el deseo #2
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La política prohibida del amor y el deseo #2

Se giró. Quedaron demasiado cerca. Tan cerca que Alba pudo ver el modo exacto en que la luz de la calle le dibujaba sombras en la mandíbula, el punto donde el cuello de la camisa, ya desabrochado, dejaba ver la base de su garganta subiendo y bajando con una respiración que ya no era tan controlada como él pretendía.

—Esto es una pésima idea —dijo ella, aunque no dio ni un paso atrás.

—La peor que he tenido en años. —Tampoco él se movió—. Le he dedicado columnas enteras a explicar por qué su modelo económico va a hundir este país.

—Y yo he dicho en televisión nacional que usted representa todo lo que está mal en la derecha de este siglo.

—Lo recuerdo. Lo tengo grabado, de hecho.

—Qué inquietante.

—Un poco, sí.

Ninguno de los dos se rio esta vez. El humor se había disuelto en algo más denso, algo que vibraba entre ellos como el instante justo antes de una tormenta, cuando el aire se carga de electricidad y todo el mundo sabe que va a caer un rayo pero nadie sabe exactamente dónde.

Rodrigo levantó una mano —despacio, dándole a ella todo el tiempo del mundo para detenerlo, y ella no lo hizo— y le apartó un mechón de pelo que se le había pegado a la mejilla, sudada aún por las luces del escenario.

El roce de sus dedos fue apenas un segundo, pero Alba sintió que le quemaba la piel, un calor que le bajó por el cuello y se le instaló, inconveniente y terco, en algún lugar mucho más profundo.

—Diputada —dijo él, y su voz sonó distinta ahora, despojada de toda la ironía del escenario—, si esto sigue, mañana no vamos a poder mirarnos en el pleno de la misma manera.

—Ya no nos miramos de la misma manera, Nieto. —Alba levantó la vista hacia él, y en sus ojos había un desafío, el mismo desafío de siempre, solo que ahora apuntaba a otra cosa—. Eso pasó hace un rato. Puede que hace tres años.

Fue él quien terminó de cerrar la distancia.

O quizás fue ella. Después, ninguno de los dos sabría decir con certeza quién dio el último paso, porque en ese instante las fronteras —las ideológicas, las estratégicas, las que habían levantado con tanto cuidado durante tantos debates— dejaron de importar.

La mano de Rodrigo se posó en su cintura, sobre la seda de la blusa, con una firmeza que contradecía la duda de sus palabras; la de Alba subió hasta su cuello, los dedos rozando el punto exacto donde el pulso le latía desbocado, y por un segundo los dos se quedaron así, tan cerca que respiraban el mismo aire, la boca de él a un suspiro de la suya, sin terminar de cruzar esa última distancia, alargando el instante como si ambos supieran que en cuanto lo hicieran ya no habría manera de volver al pasillo, al escenario, a la hostilidad cómoda y segura de antes.

—Esto no cambia nada de lo que pienso de sus políticas —susurró Alba contra su boca.

—Ni de las mías sobre las suyas —contestó él, la voz ronca—. Pero ahora mismo no estoy pensando en eso.

—Yo tampoco.

Dos personas que se habían pasado tres años levantando trincheras acababan de descubrir que algunas fronteras, cuando se tocan de cerca, arden mucho más fácil de lo que ambos habrían querido admitir.

El primer beso no fue suave. Fue como todo lo que había entre ellos: una disputa que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.

Los labios de Rodrigo se cerraron sobre los de Alba con la misma firmeza con la que rebatía sus argumentos en el hemiciclo, y ella respondió igual, mordiendo casi, como si aquel beso fuera la continuación lógica de tres años de réplicas y contrarréplicas, la última palabra de una discusión que ninguno pensaba ceder.

Fue Alba quien profundizó el beso, con una mano hundida en el pelo de él, despeinando lo que quedaba del peinado impecable con el que había subido al escenario.

Rodrigo respondió apretando la mano contra su cintura, atrayéndola contra él, y por un instante el mundo entero se redujo a eso: al calor de dos cuerpos que llevaban demasiado tiempo fingiendo indiferencia.

Cuando se separaron, apenas un centímetro, los dos respiraban con la misma agitación que después de un debate cerrado.

—Esto —dijo Alba, con la voz ronca, la frente casi pegada a la de él— es exactamente el tipo de cosas que usted llamaría “una decisión irresponsable”.

—Y usted lo llamaría “una redistribución justa de la tensión acumulada”. —Rodrigo sonrió contra su boca, sin apartarse—. Por una vez, diputada, estoy dispuesto a votar a favor.

—Qué generoso.

—Solo cuando me conviene.

Ella se rio, un sonido bajo y sin guardia, tan distinto a la risa calculada que usaba frente a las cámaras.

Rodrigo volvió a besarla, esta vez más despacio, saboreando el momento en lugar de disputarlo, y las manos de Alba bajaron de su pelo a su pecho, sintiendo bajo la palma el latido de un corazón que iba tan rápido como el suyo.

Retrocedieron juntos, sin dejar de tocarse, hasta que las piernas de Alba chocaron con el borde del sofá de cuero.

No se sentó: se quedó de pie, atrapada entre el mueble y el cuerpo de Rodrigo, que apoyó una mano en el respaldo, a la altura de su cabeza, dejándola encerrada en un espacio que olía a colonia cara y a la lana de su chaqueta.

—¿Sabe qué me exaspera de esto? —dijo ella, con los dedos jugando con el segundo botón ya desabrochado de la camisa de él.

—Dígame.

—Que llevo tres años imaginando que le gritaría en la cara la próxima vez que le tuviera tan cerca. Y en cambio...

—¿En cambio?

Alba no contestó con palabras. Desabrochó el tercer botón, despacio, con una deliberación que era casi una declaración de principios, y presionó los labios contra la piel que quedó expuesta, justo bajo la clavícula.

Sintió cómo la respiración de Rodrigo se cortaba, cómo los dedos de él se cerraban con más fuerza sobre el respaldo del sofá.

—En cambio —murmuró ella contra su piel— quiero saber qué otras cosas hace usted con esa disciplina que tanto presume en sus discursos sobre el esfuerzo individual.

Rodrigo soltó una risa breve, tensa, casi sin aire.

—Puedo mostrarle mucho más que disciplina, diputada. Aunque le advierto, mis métodos no siempre son... ortodoxos.

—Qué sorpresa. El defensor de la mano invisible del mercado, resulta que también cree en intervenir directamente cuando le conviene.

—Solo en los sectores estratégicos.

Ella levantó la cabeza para mirarlo, una ceja arqueada, el desafío de siempre brillando en sus ojos aunque el resto de su cuerpo ya hubiera cedido hacía rato.

Rodrigo aprovechó el gesto para inclinarse y besarle el cuello, justo debajo de la oreja, y sintió cómo ella se estremecía, cómo la mano que un momento antes desabotonaba su camisa con calculada lentitud se cerraba de golpe sobre la tela, como si necesitara sostenerse de algo.

—Y dígame —susurró él contra su piel, la voz un poco más grave, un poco menos controlada— ¿qué parte de mi política económica le resulta tan insoportable como para que ahora mismo tenga la respiración así de descontrolada?

—No es su política. —Alba cerró los ojos, la cabeza inclinada, dándole más acceso a su cuello sin ser del todo consciente de habérselo concedido—. Es la certeza con la que la defiende. Esa arrogancia tranquila que usa en cada intervención. Es insufrible.

—¿Insufrible?

—Insufrible. —Un suspiro se le escapó cuando la boca de él encontró el punto exacto donde el pulso le latía más fuerte—. Y, por lo visto, también es lo que me tiene ahora mismo sujeta a este sofá como si mi vida dependiera de ello.

Rodrigo se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. Había algo casi vulnerable en su expresión, una grieta breve en la seguridad que llevaba tres años exhibiendo como armadura.

—¿Sabe lo que a mí me exaspera de usted? —preguntó él.

—Sorpréndame.

—Que jamás, ni una sola vez en tres años, haya dudado de nada de lo que dice.

Ni una sola vez la he visto titubear en un debate.

Y ahora mismo... —Le rozó el labio inferior con el pulgar, un gesto tan suave que contrastaba con la tensión de todo lo demás—.

Ahora mismo daría lo que fuera por verla dudar. Aunque sea un segundo.

—No voy a dudar de mis políticas por usted, Nieto.

—No le pido eso.

—¿Entonces?

Él no contestó con palabras. La besó de nuevo, esta vez despacio, deliberadamente lento, como si quisiera demostrarle que también sabía ganar sin necesidad de imponerse.

Las manos de Alba, que hasta entonces se habían mantenido en su pecho, subieron hasta enredarse de nuevo en su pelo, atrayéndolo más cerca, cualquier resto de resistencia estratégica disuelto por completo.

Fue ella quien, sin dejar de besarlo, empezó a empujarlo hacia atrás, hasta que fue Rodrigo el que terminó sentado en el sofá y ella de pie frente a él, mirándolo desde una posición de poder que le sentaba, pensó él, sospechosamente bien.

—¿Sabe qué es lo más irónico de todo esto?

—dijo Alba, quitándose los tacones de una patada, uno tras otro, sin apartar los ojos de los de él.

—Que usted pasó media hora esta noche hablando de “orden” y “control”.

—Se inclinó, apoyando las manos a ambos lados de él sobre el respaldo del sofá, su rostro a centímetros del suyo—.

Y ahora mismo no tiene ningún control sobre nada.

Rodrigo la sujetó por la cintura, con una firmeza que desmentía sus palabras.

—No se confunda, diputada. Todavía tengo mucho control.

—Demuéstrelo.

Fue una provocación, y ambos lo sabían.

Rodrigo la atrajo hacia él con un solo movimiento, hasta que Alba quedó sentada a horcajadas sobre su regazo, y por un momento los dos se quedaron quietos, midiéndose, la misma tensión del escenario trasladada ahora a un terreno mucho más íntimo y peligroso.

—Esto es una pésima idea desde el punto de vista estratégico —dijo Alba, sin hacer ningún ademán de apartarse.

—La peor. —Las manos de él subieron por su espalda, deteniéndose en la cremallera de la blusa—. Si algún periodista entra ahora mismo por esa puerta, los dos estamos acabados.

—Entonces cierre con llave.

—¿Está dándome una orden, diputada?