Tu piel contra la mía La política prohibida del amor y el deseo
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La política prohibida del amor y el deseo

El Teatro Constitución ardía bajo las luces halógenas. Ochocientas personas apretadas entre butacas de terciopelo rojo desgastado, banderas de dos colores agitándose en direcciones opuestas, y en el centro de aquel incendio de gritos y aplausos, ella.

Alba Duarte sostenía el micrófono como quien empuña un arma: la muñeca firme, el pulso exacto, la voz cortando el aire caliente del recinto.

—Mientras el señor Nieto habla de “libertad económica” —dijo ella, y una sonrisa afilada le cruzó la boca—, hay tres familias en este distrito que no pueden pagar la calefacción. Su libertad, señores, tiene un precio. Y no lo paga él.

El aplauso fue una ola. Al otro lado del escenario, Rodrigo Nieto esperó a que bajara de volumen, sin prisa, con las manos cruzadas a la espalda y esa calma de hombre que ha ganado más debates de los que ha perdido.

Cuando por fin habló, lo hizo bajo, casi íntimo, obligando a la sala a inclinarse hacia él para escucharlo.

—La diputada Duarte tiene un don —dijo él—. Convertir cada problema en una acusación personal. Es un talento admirable, la verdad. Casi tan admirable como su capacidad para prometer gasto público sin explicar jamás de dónde sale el dinero.

—Del mismo lugar de donde sale el suyo, Nieto. De la gente. Solo que usted prefiere que lo pague el que menos tiene.

—Y usted prefiere que lo decida el Estado en vez de las personas. Curioso concepto de libertad, el suyo.

Se miraron. No era la primera vez que cruzaban ese tipo de golpes —llevaban tres años enfrentándose en comisiones, en platós de televisión, en las páginas de opinión de todos los diarios del país— pero esa noche había algo distinto en el aire, una electricidad que ninguno de los dos habría sabido nombrar en voz alta.

Alba sintió que el calor le subía por el cuello, y se dijo que era la rabia. Rodrigo notó que el pulso se le aceleraba, y se dijo que era la adrenalina del combate.

Ninguno de los dos se equivocaba del todo. Ninguno de los dos decía toda la verdad.

El moderador intentó retomar el guion, algo sobre presupuestos y educación, pero para entonces el público ya solo esperaba el siguiente cruce, el siguiente chispazo.

Y ellos, sin proponérselo, empezaron a dárselo con una precisión que casi parecía coreografiada: ella lanzaba, él esquivaba y devolvía; ella subía el tono, él lo bajaba hasta forzarla a acercarse al filo del estrado para que la oyeran.

—Usted no cree ni una palabra de lo que dice —le soltó Alba en un momento, ya fuera de la pregunta original, con la voz baja, solo para él, aunque el micrófono la delató—. Usted solo necesita ganar.

Rodrigo dio un paso hacia ella. Un paso, nada más, pero el escenario pareció encogerse.

—Y usted necesita tener razón. Es lo mismo, diputada. Solo que yo no finjo que es generosidad.

Por un instante —medio segundo, quizás menos— ninguno de los dos dijo nada.

Se sostuvieron la mirada con una intensidad que no tenía nada que ver con el presupuesto de sanidad, y el público, que no podía verlo desde las últimas filas, aplaudió igual, creyendo que aquello era solo otro asalto del espectáculo.

Solo los que estaban en primera fila notaron que la diputada Duarte había dejado de respirar durante un segundo de más.

Terminó el acto pasadas las diez. Los organizadores desmontaban el atril, los periodistas guardaban las cámaras, y en el pasillo trasero del teatro —ese territorio sin glamour hecho de cables enrollados y sillas plegadas— Alba se apoyó contra la pared, exhausta, con los tacones en la mano y la chaqueta abierta sobre una blusa de seda que ya no soportaba el calor de las luces.

No esperaba encontrárselo ahí. Rodrigo había aflojado el nudo de la corbata y se había desabrochado el primer botón de la camisa. Caminaba hacia la salida trasera con el móvil pegado a la oreja, cancelando —Alba alcanzó a oír— el coche que debía llevarlo al hotel.

—No, quédate ahí, ya buscaré cómo volver —dijo él, y colgó.

—¿Problemas, señor libre mercado? —preguntó ella, sin poder evitarlo. La costumbre de picarlo era más fuerte que el cansancio.

Él se giró. La miró de arriba abajo. No con grosería, sino con esa lentitud calculada de quien sabe exactamente el efecto que produce. Por primera vez en tres años de hostilidad pública, Alba tuvo la sensación incómoda de estar siendo observada, no analizada.

—Mi conductor se fue con otro candidato. Un pequeño colapso logístico. —Rodrigo se guardó el teléfono—. ¿Usted qué hace en este pasillo, diputada? Pensé que a estas horas ya estaría en alguna tertulia explicando lo mal que le fue a su rival.

—Me fue estupendamente, muchas gracias. Y estoy aquí porque mi coche también se fue. Con su asesora de prensa, para más señas. Al parecer, se está formando una alianza extraña entre nuestros equipos.

Un silencio. Después, algo que ninguno de los dos esperaba: Rodrigo se rio. Fue breve, y desarmó a Alba más que cualquier réplica ingeniosa que él pudiera haber preparado.

—Entonces estamos varados —dijo él.

—Estamos varados —repitió ella, y notó, con una punzada de algo que prefirió no nombrar, que la palabra sonaba distinta en su boca. Menos a contratiempo. Más a promesa.

Encontraron refugio en el único sitio del teatro que seguía con la luz encendida: una salita destinada a los artistas, con un sofá de cuero gastado, una mesa baja llena de vasos de plástico y un ventanal que daba a la calle donde ya no quedaba nadie.

Alguien había dejado una botella de vino a medio terminar sobre la mesa, sobras de algún brindis anterior al mitin.

—¿Le sirvo? —preguntó Rodrigo, ya con la botella en la mano, sin esperar respuesta.

—Cuidado, Nieto. Si me emborracho, mañana en el pleno le cuento a todo el país lo que pienso de su reforma fiscal sin ningún filtro diplomático.

—Lo que ya hace sobria, diputada. No creo que el vino cambie mucho el resultado.

Ella aceptó la copa. Se sentó en el brazo del sofá, no en el asiento —una manera, quizás inconsciente, de mantener cierta distancia estratégica, la misma distancia que llevaba tres años cultivando con él en cada plató, en cada pasillo del Congreso—.

Pero el pasillo del Congreso tenía cámaras.

Aquella sala no tenía nada, salvo dos copas de plástico y el eco lejano de un teatro vacío.

—¿Sabe lo que más me exaspera de usted? —preguntó Alba, tras el primer sorbo.

—Ilumíneme.

—Que es bueno. En el mal sentido. Tiene razón a veces, y eso es lo peor. Sería mucho más fácil odiarlo si dijera solo estupideces.

Rodrigo se sentó frente a ella, en el sofá, con la copa apoyada sobre la rodilla y la mirada fija en la suya, sin ninguna de las máscaras del escenario.

—Yo podría decir lo mismo. Es agotador discutir con alguien que en realidad cree en lo que defiende. Sería más cómodo si usted fuera una cínica más, de las que solo repiten discursos por cálculo electoral.

—¿Y no lo soy?

—No. —La palabra salió más seria de lo que él pretendía—. Y eso, diputada, es un problema. Para mí.

El aire de la sala cambió. Alba bajó la copa, muy despacio, y sintió cómo el pulso empezaba a latirle en un lugar que no tenía nada que ver con la política. La calefacción del teatro, apagada hacía horas, ya no explicaba el calor que sentía subirle por el cuello.

—¿Un problema? —repitió, intentando que su voz sonara tan controlada como siempre. No lo consiguió del todo.

—Llevo tres años preparando cada intervención pensando en cómo rebatirla a usted.

Estudiando sus discursos línea por línea.

Anticipando sus argumentos antes de que los diga.

—Rodrigo se inclinó un poco hacia delante, los codos en las rodillas, la copa olvidada sobre la mesa—.

Y en algún momento de estos tres años dejé de saber si lo hacía para ganarle...

o solo para tener una excusa para prestarle tanta atención.

Alba se quedó en silencio. Era, quizás, la primera vez en toda su carrera política que se quedaba sin una respuesta preparada.

—Eso es una confesión muy peligrosa, Nieto. Podría usarla en su contra.

—Lo sé. —Él no se movió—. Y aun así se la estoy diciendo.

Alba se levantó del brazo del sofá. Necesitaba moverse, poner distancia física entre los dos porque la distancia ideológica, de pronto, ya no bastaba para protegerla.

Caminó hasta el ventanal, dándole la espalda, mirando la calle vacía, las luces de neón de un bar cerrado parpadeando al otro lado.

Oyó sus pasos detrás de ella. No los pasos apurados de alguien que se acerca con intención declarada, sino algo más lento, más cauto, como si él también estuviera librando una discusión consigo mismo sobre si debía o no cruzar esa distancia.

Se detuvo a un paso de ella. Alba pudo sentir el calor de su cuerpo antes de que él dijera nada, pudo notar cómo el aire entre ambos se volvía más denso, cargado de una tensión que llevaba tres años acumulándose bajo la superficie de cada discusión pública, de cada réplica cortante, de cada mirada que duraba un segundo más de lo necesario.

—¿Sabe qué pensé la primera vez que debatimos? —preguntó Rodrigo, la voz baja, tan cerca de su oído que Alba sintió el aliento cálido rozarle la piel del cuello.

—Que era una insensata con ideas peligrosas, supongo.

—Pensé que tenía la voz más exasperante que había escuchado en mi vida. —Una pausa—. Y que quería seguir escuchándola el resto de la noche, aunque me sacara de quicio cada frase.

Alba cerró los ojos. El corazón le latía con una fuerza que no lograba disimular, y una parte de ella —la parte estratégica, la que llevaba años ganando batallas políticas con la cabeza fría— le gritaba que se apartara, que aquello era territorio minado, que un solo paso en falso podía costarle mucho más que un titular incómodo.

Pero había otra parte, una que llevaba tres años en silencio bajo cada discusión, que no quería escuchar esa advertencia.