Tu piel contra la mía Bajo la lluvia de París #5
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Bajo la lluvia de París #5

Se levantó, se vistió con la ropa que la noche anterior había quedado esparcida por el suelo —todavía algo húmeda en los dobladillos, recuerdo tangible de la tormenta— y salió del hotel poco después de las diez, con la nota doblada cuidadosamente en el bolsillo interior de su bolso, como quien guarda algo demasiado frágil para dejarlo suelto.

París amanecía distinto a como lo había dejado la noche anterior.

El cielo, completamente despejado, tenía ese azul intenso y lavado que solo aparece después de una buena tormenta de verano, y las calles, aunque ya secas, todavía guardaban en los adoquines algún charco disperso que reflejaba el sol de la mañana.

Sara caminó sin rumbo fijo al principio, dejando que sus pasos la llevaran casi por inercia hacia el río, y pronto se dio cuenta de que, sin proponérselo del todo, estaba recorriendo al revés el camino de la noche anterior.

Pasó frente al pequeño bar de jazz, cerrado a esa hora, con las sillas todavía puestas sobre las mesas y un cartel de horarios en la puerta que Sara no se había molestado en leer la noche anterior.

Cruzó el Pont Neuf, esta vez sola, deteniéndose un momento en el mismo punto exacto donde Mateo la había mirado con tanta insistencia mientras ella miraba el río, y sonrió para sí misma al recordarlo, con una nostalgia que todavía no sabía muy bien dónde ubicar, si en el pecho o en el estómago.

Llegó al bistró de manteles a cuadros pasado el mediodía, y el mismo hombre de bigote gris que los había atendido la noche anterior la reconoció con una sonrisa amable, aunque discreta, del tipo que no hace preguntas.

Sara pidió un café y una tostada, se sentó junto a la misma ventana, y se permitió, por primera vez desde que había despertado, sentarse a pensar con calma en lo que había ocurrido.

No se arrepentía. Eso lo tenía claro desde el primer segundo.

La tormenta, el café, el paseo, el bar de jazz, la habitación pequeña de techo abuhardillado: todo aquello había sido, sin ninguna exageración, la noche más viva que había vivido en años, quizás en toda su vida adulta.

Y sin embargo, sentada ahora sola frente a una taza de café, con la nota de Mateo pesando en el bolsillo de su bolso como si fuera de plomo, sentía también el peso inevitable de la pregunta que ambos habían decidido no hacerse la noche anterior: ¿y ahora qué?

Sacó la nota del bolso y la releyó una tercera vez, deteniéndose especialmente en la última parte, en esa promesa medio en broma, medio en serio, de la Torre Eiffel dentro de un año.

Le pareció, al principio, una idea casi ridícula, sacada de una película romántica de las que ella misma se hubiera burlado unos meses atrás.

Pero había algo en la sinceridad con la que Mateo lo había escrito que la conmovía de un modo que las películas nunca habían logrado.

Pensó en escribirle esa misma tarde. Pensó también en esperar, en dejar pasar unos días, una semana, para no parecer demasiado ansiosa, para darle tiempo a la magia de la noche anterior a decantar en algo más parecido a un recuerdo manejable que a una emoción todavía en carne viva.

Pero mientras terminaba el café, mirando por la ventana cómo la gente pasaba apurada por la acera, absorta en sus propias vidas, en sus propias prisas, Sara se dio cuenta de que llevaba meses —quizás años— tomando siempre la decisión prudente, la que esperaba un tiempo razonable, la que nunca se arriesgaba a parecer demasiado.

Sacó el teléfono del bolso.

No le escribió de inmediato una carta larga ni una declaración solemne. Escribió, simplemente, lo primero que le salió del pecho, tan sincero como la nota que todavía sostenía en la otra mano.

Mateo: acabo de desayunar sola en el bistró de los manteles a cuadros, y el dueño me miró como si supiera exactamente por qué sonrío como una tonta frente a la ventana.

Gracias por la nota. Gracias por la tormenta.

Todavía no sé qué va a pasar con todo esto, pero sé que no quiero que sea solo una anécdota de viaje. — Sara.

Presionó enviar antes de darse tiempo a dudar, y guardó el teléfono en el bolso con una mezcla de vértigo y alivio que le resultó extrañamente familiar, como si aquella sensación —el salto sin red, la incertidumbre aceptada de buen grado— fuera, en el fondo, la misma que la había empujado a correr bajo la lluvia el día anterior en busca de un refugio que terminaría siendo mucho más que eso.

Pagó el desayuno, se despidió del dueño del bistró con un gesto que él respondió con un guiño cómplice, y salió de nuevo a las calles de París, ahora completamente iluminadas por el sol del mediodía.

Caminó sin prisa hacia el Sena, dejando que la ciudad —esa misma ciudad que apenas un día antes le había parecido solo un destino más en un itinerario de fotos y monumentos— se desplegara ante ella con una luz completamente distinta, teñida ahora del recuerdo tibio de una tormenta y de una promesa escrita con letra apretada en el papel de un hotel pequeño.

Se detuvo en el mismo punto del Pont Neuf donde habían estado la noche anterior, apoyó los codos en el pretil de piedra, ya seco bajo el sol, y miró el agua correr, verde y tranquila, muy distinta a la corriente oscura y crecida que había visto horas antes.

En algún lugar, a esa misma hora, Mateo estaría ya sobrevolando el Atlántico, quizás mirando por la ventanilla del avión, quizás pensando en ella, quizás simplemente durmiendo por el cansancio de una noche que ninguno de los dos había planeado y que ninguno de los dos, estaba segura, olvidaría jamás.

El teléfono vibró en su bolso. Sara lo sacó con un gesto rápido, casi torpe, y sonrió al ver el nombre en la pantalla.

Mateo, seguramente, ya habría aterrizado en alguna escala, o tal vez había conseguido wifi a bordo.

El mensaje era corto, tan directo como todo lo que él había dicho y escrito desde el primer momento en el café:

Sara: no fue solo una anécdota de viaje para mí tampoco. Dentro de un año, Torre Eiffel, once de la noche. Mientras tanto, contame todo: el bistró, el dueño del bigote, si volvió a llover. Contame todo lo que se te ocurra contarme. — Mateo.

Sara leyó el mensaje con el mismo nudo tibio en la garganta que había sentido esa mañana al leer la nota, y luego alzó la vista hacia el río, hacia la ciudad entera que se extendía dorada bajo el sol del mediodía, y sintió, con una certeza que no necesitaba de ninguna prueba adicional, que aquel viaje —el que había planeado sola, el que debía servirle para desaparecer un tiempo de su vida anterior— se había convertido, gracias a una tormenta imposible de predecir, en el comienzo de algo completamente distinto.

No sabía todavía qué forma tomaría ese algo.

No sabía si el correo electrónico se convertiría en llamadas, las llamadas en visitas, las visitas en algo más permanente, o si, por el contrario, la distancia y el tiempo terminarían por convertir aquella noche en uno de esos recuerdos hermosos que se guardan con cariño sin que lleguen a nada más.

Pero mientras guardaba el teléfono y retomaba el camino hacia su propio hotel, con el sol de París calentándole los hombros y el eco de una promesa resonándole todavía en el pecho, Sara decidió que, por una vez, no necesitaba saber el final de la historia para disfrutar, con todas sus fuerzas, del capítulo que estaba viviendo.

Un año era mucho tiempo. Pero también, pensó con una sonrisa mientras cruzaba de nuevo el puente, era exactamente el tiempo que hacía falta para averiguar si dos desconocidos que se habían refugiado juntos de una tormenta podían, contra todo pronóstico, encontrar el camino de vuelta el uno al otro.

FIN DEL RELATO