Tu piel contra la mía Bajo la lluvia de París #4
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Bajo la lluvia de París #4

La besó él, o quizás lo hicieron los dos a la vez —después, ninguno sabría decir con certeza quién dio el primer paso—, pero el beso ya no tenía nada de la timidez del Trocadéro.

Era un beso hondo, urgente, que Sara sintió en el vientre antes que en los labios, y que la hizo aferrarse a la camisa de Mateo con ambas manos, como había hecho horas antes junto a la torre iluminada, aunque esta vez sin ninguna intención de soltarlo.

Las manos de Mateo encontraron su cintura, primero por encima de la tela, luego deslizándose bajo el borde de su blusa para posarse en la piel desnuda de su espalda, cálidas y algo ásperas, y Sara dejó escapar un suspiro contra su boca que sonó a rendición.

Sentía el corazón de él latiendo contra su pecho, tan acelerado como el suyo propio, y aquella prueba tan simple de que él estaba tan afectado como ella la llenó de un valor que no sabía que tenía.

Le desabrochó los primeros botones de la camisa con dedos que temblaban apenas, y cuando la tela se abrió lo suficiente para revelar la piel de su pecho y sus marcados abdominales, Sara inclinó la cabeza y dejó allí un beso, despacio, sintiendo bajo los labios el pulso acelerado de Mateo, su respiración entrecortada, el modo en que su cuerpo entero pareció tensarse ante el contacto.

—Sara —dijo él, con la voz más ronca de lo que ella lo había escuchado en toda la noche.

—¿Sí?

—Nada —murmuró, tomándole el rostro entre las manos para volver a besarla—. Solo quería decir tu nombre.

Se movieron juntos hacia la cama sin dejar de besarse, en esa coreografía torpe y urgente de dos cuerpos que se descubren, chocando contra el borde del colchón, riendo un instante contra la boca del otro cuando Mateo estuvo a punto de perder el equilibrio, para luego recuperar la seriedad de golpe cuando sus miradas volvieron a encontrarse.

Sara se sentó en el borde de la cama, y Mateo se arrodilló frente a ella un momento, solo para mirarla, con una expresión que combinaba el deseo con algo más tierno, más parecido al asombro.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada —repitió Mateo—. Es solo que hace unas horas no sabía que existías, y ahora no puedo pensar en nada más.

Sara no respondió con palabras. Lo atrajo hacia sí, y la ropa fue cayendo entre besos y caricias que se volvían cada vez más lentas y más deliberadas.

Mateo besaba despacio el clítoris de Sara, que pronto comenzó a humedecerse.

La luz ámbar de la lámpara dibujaba sombras suaves sobre la piel de ambos, y el rumor lejano de alguna calle todavía despierta se colaba, apenas audible, por la ventana entreabierta, mezclado con el latido de sus propios corazones.

Mateo recorrió con los labios el cuello de Sara, la línea de su clavícula, el hueco de su hombro, deteniéndose en cada punto como si quisiera memorizar el mapa entero de su piel antes de que la noche terminara.

Sara cerraba los ojos y dejaba escapar el aire, hundiendo los dedos en el pelo oscuro de Mateo, guiándolo sin palabras, dejándose llevar por una sensación de entrega que llevaba meses sin permitirse sentir.

Sara sintió que el mundo entero se reducía a aquella habitación pequeña, a la luz ámbar, al peso y al calor de Mateo, moviéndose contra ella con una intensidad que le arrancaba orgasmos cada vez menos contenidos.

Él introdujo despacio su pene en su vagina, aumentando la intensidad a medida que el placer crecía como una marea imposible de frenar.

Ella clavó los dedos en la espalda de Mateo con una fuerza que dejaría pequeñas marcas rojas en su piel, un mapa involuntario de aquella noche.

Cada caricia, roce y palabra susurrada al oído desbordó en una ola de placer que a ambos les recorrió el cuerpo entero, las sábanas fueron testigo al acabar empapadas de fluidos.

Mateo hundió el rostro en el cuello de Sara con un gemido, y ella lo sintió como la confirmación de que aquel encuentro había sido tan intenso para él como lo había sido para ella.

Poco a poco, la respiración de ambos empezó a calmarse. Mateo la abrazó más fuerte, y Sara sintió, en aquel gesto simple, algo tan cálido como el vino que habían compartido en la cena, tan reconfortante como el calor del café al refugiarse de la lluvia.

—¿Sabés qué es lo curioso? —preguntó Mateo después del éxtasis, con los dedos dibujando círculos sobre los pezones de Sara.

—¿Qué cosa?

—Que mañana a esta hora vos vas a estar en tu hotel, empacando la valija, y yo voy a estar en un avión de vuelta a Buenos Aires, y ninguno de los dos sabe todavía qué va a pasar con todo esto.

—Hizo una pausa, y Sara sintió que la respiración de él se volvía más lenta—.

Pero ahora mismo no me importa demasiado.

Ahora mismo solo quiero quedarme acá, con vos, el tiempo que la noche nos deje.

Sara se incorporó un poco sobre un codo para mirarlo, trazando con un dedo distraído la línea de su mandíbula, sintiendo bajo la yema de los dedos la barba incipiente de un día entero de lluvia y caminatas.

—No pensemos en mañana —dijo, repitiendo las palabras que él le había dicho en la puerta del hotel.

En algún momento, entre caricia y caricia, el cansancio empezó a imponerse sobre el deseo, y Sara sintió los párpados cada vez más pesados, arrullada por el calor del cuerpo de Mateo junto al suyo y por el sonido lejano y constante de la ciudad respirando afuera.

Fue la última en rendirse al sueño, con la cabeza apoyada en el pecho de Mateo, escuchando el latido tranquilo de su corazón, pensando —justo antes de que el sueño terminara de vencerla— que hacía muchísimo tiempo que no se sentía tan completamente, tan absolutamente presente en un solo instante.

Sara despertó envuelta en una claridad tibia que se colaba por los postigos entreabiertos y dibujaba franjas doradas sobre las sábanas revueltas.

Por un instante, antes de abrir del todo los ojos, sintió la certeza confusa de estar en un lugar desconocido, y tardó unos segundos en reconstruir, pieza por pieza, la noche anterior: la tormenta, el café, el paseo junto al Sena, las luces de la Torre Eiffel, la habitación pequeña de techo abuhardillado.

Extendió la mano hacia el otro lado de la cama, todavía medio dormida, buscando el calor de un cuerpo que ya no estaba ahí.

Se incorporó de golpe, con el corazón latiéndole más rápido de lo que hubiera querido admitir.

La habitación estaba vacía. La camisa de lino de Mateo, que la noche anterior había quedado tirada sobre la silla junto a la ventana, había desaparecido junto con él.

Sobre la mesilla de noche, el reloj digital del hotel marcaba las nueve y veinte de la mañana, y a través de los postigos entreabiertos se colaba ya el bullicio discreto de una ciudad que llevaba horas despierta.

Sara sintió algo parecido al pánico, esa sensación fría y repentina de haber sido, después de todo, solo una anécdota de viaje para contar entre amigos. Pero entonces, al girarse hacia la mesilla del lado donde había dormido Mateo, vio el papel.

Era una hoja del bloc de notas del hotel, con el membrete discreto grabado en la esquina superior, doblada por la mitad y apoyada contra la lámpara para que no pudiera pasar desapercibida.

Sara la tomó con dedos que, para su propia sorpresa, temblaban ligeramente, y la desdobló despacio, como si necesitara prepararse antes de leer lo que fuera que Mateo hubiera querido decirle.

Sara,

No tuve el coraje de despertarte para despedirme. Preferí dejarte dormir y salir antes de que la luz del día empezara a hacer preguntas que ninguno de los dos quiere responder todavía.

El vuelo sale a las nueve y media, y una parte de mí quiere quedarse en este cuarto con vos y perderlo a propósito.

Pero la otra parte —la que ya viajó lo suficiente como para saber estas cosas— dice que las despedidas de madrugada duelen menos que las de aeropuerto, con maletas y anuncios de vuelo de fondo.

Anoche dijiste que no pensáramos en mañana. Cumplí mi palabra: no pensé en mañana ni un segundo, ni siquiera ahora, mientras escribo esto con letra torcida para no despertar a la persona más linda que conocí en meses.

No te voy a pedir nada. Ni promesas, ni planes, ni la típica frase de “sigamos en contacto” que nadie cumple nunca.

Solo te dejo esto: si alguna vez, dentro de un mes o de un año, te acordás de la tormenta de ayer y te dan ganas de contarme cómo te fue, en el reverso de esta hoja tenés mi correo electrónico y número de teléfono.

Y si el destino —que ya demostró anoche tener sentido del humor— quiere jugar una más: dentro de exactamente un año, a las once de la noche, frente a la Torre Eiffel, cuando se enciendan las luces, ahí voy a estar parado, aunque sea solo para volver a ver si el cielo decide hacer de las suyas otra vez.

Gracias por la tormenta, Sara. Fue, sin ninguna duda, el mejor accidente de todo el viaje.

Mateo

Sara leyó la nota dos veces, y a mitad de la segunda lectura sintió que una sonrisa se le dibujaba en la cara casi sin permiso, mezclada con un nudo tibio en la garganta que no supo bien si era tristeza, ternura o las dos cosas a la vez.

Le dio la vuelta al papel: ahí estaba una dirección de correo electrónico y, debajo, un número de teléfono con el prefijo de Buenos Aires.

Se quedó sentada en la cama un buen rato, con la hoja entre las manos, mirando la luz que entraba por la ventana y escuchando el rumor lejano de la calle: una bicicleta pasando, el motor de algún camión de reparto, el murmullo de una conversación en francés que se alejaba.

Pensó en lo extraño que resultaba sentir tanto por alguien a quien conocía desde hacía menos de veinticuatro horas, y en lo poco que aquella extrañeza, en realidad, le importaba.