Tu piel contra la mía Bajo la lluvia de París #3
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Bajo la lluvia de París #3

—Hasta esta tarde, sí —dijo, con una sonrisa que le llegó hasta los ojos—. Ahora tengo una desconocida de Madrid preguntándome secretos durante la cena, así que el plan de la soledad total se fue un poco al demonio.

Sara rio, y el sonido se mezcló con el tintineo de las copas cuando el camarero llegó con el vino y sirvió las primeras dos copas con la solemnidad de quien realiza un ritual sagrado.

Brindaron sin necesidad de acordar por qué —quizás por la tormenta, quizás por la casualidad, quizás simplemente por la noche que tenían por delante— y el vino, tinto y espeso, dejó un calor agradable bajando por la garganta de Sara que no hizo sino sumarse al que ya sentía por la cercanía de Mateo.

La cena transcurrió entre anécdotas, risas y silencios que ya no incomodaban, esos silencios que solo aparecen cuando dos personas han dejado de necesitar llenar cada segundo con palabras.

En un momento, Mateo alargó el brazo por encima de la mesa para limpiar, con el pulgar, una gota de salsa que se le había escapado a Sara en la comisura de los labios, y el gesto —tan simple, tan cotidiano— la dejó sin aliento.

—Perdón —dijo él, aunque no sonaba muy arrepentido.

—No pasa nada —respondió Sara, con la voz un poco más baja de lo habitual.

Terminaron la botella entre los dos, y cuando el dueño del bistró les preguntó si querían postre, ambos negaron casi al unísono, como si de pronto la idea de seguir sentados en aquella mesa, por acogedora que fuera, hubiera dejado de ser suficiente.

Había algo eléctrico en el aire, una corriente que corría entre ellos desde el baile en el bar de jazz y que ninguna copa de vino ni ningún plato de pato confitado había logrado apagar.

Pagaron —esta vez Sara insistió, recordando su promesa— y salieron de nuevo a la calle, donde la noche parisina se desplegaba en todo su esplendor: cielo despejado, luna casi llena asomando entre los tejados de zinc, y ese frescor limpio que solo deja una tormenta de verano al marcharse.

—Todavía no viste la Torre Eiffel de noche —mencionó Mateo, mientras caminaban sin rumbo fijo—.

Es un cliché total, lo sé, pero hay algo que hacer antes de medianoche y no pienso dejarte perdértelo.

Miles de luces titilan por toda la estructura.

Es una tontería turística total —dijo con una sonrisa que desmentía sus propias palabras—, pero la primera vez que lo vi me quedé sin palabras, y eso que soy arquitecto y se supone que no me impresionan fácilmente los edificios.

Caminaron hacia el río, cruzando de nuevo hacia la orilla derecha, y a medida que se acercaban al Trocadéro las calles empezaban a llenarse de otros paseantes nocturnos: parejas como ellos, familias con niños ya somnolientos en brazos, grupos de amigos con botellas de vino compartidas en la explanada.

Sara sintió que el corazón le latía un poco más rápido, no solo por la caminata, sino por la cercanía constante de Mateo, cuyo hombro rozaba el suyo cada pocos pasos, cuya mano, en algún momento, había vuelto a encontrar la de ella sin que ninguno de los dos comentara nada al respecto.

Llegaron a la explanada del Trocadéro pocos minutos antes de las once, y desde ahí, la Torre Eiffel se recortaba contra el cielo nocturno como un dibujo hecho de luz dorada, imponente y a la vez delicada, con el Sena reflejando su silueta en el agua oscura.

Se sentaron en el borde de piedra, cerca de un grupo de músicos callejeros que tocaban algo suave con una guitarra.

Sara sentía el brazo de Mateo rodeándole los hombros, con naturalidad, como si aquel gesto llevara sucediendo desde hacía años y no desde hacía apenas unas horas.

El aire olía a río, a hierba mojada, a la cera derretida de una vela que alguien había encendido cerca.

Y entonces, justo cuando el reloj marcó las once, la torre entera estalló en un titileo de miles de luces, como si mil estrellas hubieran decidido bajar del cielo para posarse sobre el hierro forjado.

Un murmullo de asombro recorrió la explanada entera, aplausos dispersos, alguna que otra exclamación en distintos idiomas.

Sara, sin embargo, no miraba la torre. Miraba a Mateo, cuyo rostro, iluminado por el resplandor dorado que llegaba desde la distancia, tenía una expresión que ella no supo descifrar del todo: algo entre la fascinación y una ternura que la dejó momentáneamente sin palabras.

—Me estás mirando a mí y no a la torre —dijo él, sin apartar la vista tampoco.

—Ya la había visto en fotos —respondió Sara—. A ti no.

Fue Mateo quien acortó la distancia esta vez.

No hubo duda ni vacilación: simplemente inclinó la cabeza y la besó, despacio, con una suavidad que contrastaba con la intensidad que Sara sentía crecer en su pecho como una ola.

Sus labios sabían al vino que habían compartido, y sus manos, al principio tímidas, terminaron enredadas en el pelo aún ligeramente húmedo de Sara, mientras ella se aferraba a la tela de su camisa como si temiera que aquel instante pudiera escapársele entre los dedos.

Cuando finalmente se separaron, ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos.

Las luces de la torre seguían titilando a lo lejos, ajenas por completo a lo que acababa de ocurrir entre ellos, y Sara sintió que se le escapaba una risa nerviosa, de esas que aparecen cuando el cuerpo no sabe muy bien cómo procesar tanta emoción de golpe.

—Llevaba toda la noche queriendo hacer eso —confesó Mateo, con la frente apoyada contra la de ella.

—Yo también —admitió Sara—, desde el bar de jazz, por lo menos.

—¿Solo desde ahí?

—Puede que desde el café —dijo ella, sonriendo contra sus labios—, cuando te reíste de la tormenta como si fuera lo más gracioso del mundo.

Mateo rio de nuevo, ese sonido cálido que a esas alturas Sara ya reconocía como propio, como si llevara mucho más de unas horas escuchándolo.

La volvió a besar, esta vez con menos timidez, con una certeza que Sara sintió recorrerle entera, desde la nuca hasta la punta de los dedos que aún sostenían la tela de su camisa.

Se quedaron un rato más en el Trocadéro, viendo cómo las luces se apagaban tras el espectáculo y la torre volvía a su resplandor dorado y constante, sentados muy cerca, con las manos entrelazadas y las frentes juntas de vez en cuando, hablando poco, como si las palabras hubieran dejado de ser el idioma más importante entre ellos.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sara, con la voz baja, casi como si temiera romper el hechizo de la noche.

Mateo la miró con una intensidad que le aceleró el pulso.

—Ahora —respondió, apartándole un mechón de pelo de la cara con un gesto lento, casi reverente—, depende enteramente de vos.

Sara sabía exactamente lo que aquella pregunta implicaba, y también sabía que, de las dos respuestas posibles, solo una la dejaría sin arrepentimientos al día siguiente.

Miró hacia la torre, ya apagada, y luego de nuevo hacia Mateo, hacia esos ojos oscuros que la habían estado observando con curiosidad genuina desde el primer segundo en el café, y sintió que la decisión, en realidad, ya estaba tomada desde mucho antes de que él terminara la pregunta.

—Caminemos —dijo simplemente, poniéndose de pie y tendiéndole la mano.

No hizo falta decir hacia dónde. Bajaron juntos las escalinatas del Trocadéro, cruzaron el puente de Iéna con la torre iluminada a sus espaldas, y se adentraron en las calles tranquilas del séptimo distrito, donde los edificios de piedra clara dormían silenciosos bajo la luna y apenas algún taxi cruzaba de vez en cuando.

Caminaban despacio, sin prisa alguna, deteniéndose cada pocas cuadras para besarse contra alguna fachada, riendo entre beso y beso como dos adolescentes que hubieran descubierto algo prohibido y maravilloso a la vez.

El hotel de Mateo, un edificio pequeño y discreto, con una fachada de piedra cubierta de hiedra, apareció al final de una calle silenciosa, iluminado apenas por una farola solitaria.

Se detuvieron frente a la puerta, y por primera vez en toda la noche, Sara sintió una punzada de duda, no por lo que deseaba, sino por la fragilidad del momento, por la conciencia repentina de que aquella noche tenía, inevitablemente, una fecha de caducidad.

Mateo pareció notarlo porque le tomó el rostro entre las manos con una delicadeza que desarmó cualquier vacilación.

—No pienses en mañana —dijo, como si le hubiera leído el pensamiento—. Pensemos en mañana, mañana.

Sara asintió, dejando que aquella idea sencilla la liberara del peso de las preguntas sin respuesta, y cuando Mateo abrió la puerta del pequeño hotel y la invitó a entrar con un gesto silencioso, ella cruzó el umbral sin mirar atrás, dejando que la noche parisina, todavía tibia y perfumada de lluvia reciente, se cerrara suavemente tras ellos.

La habitación era pequeña, como todo en aquel hotel de fachada cubierta de hiedra, con un techo abuhardillado y una ventana que se abría directamente sobre los tejados de zinc del séptimo distrito.

Mateo encendió solo la lámpara de la mesilla, una luz cálida y baja que dejaba la mayor parte del cuarto en penumbra, y por un momento ambos se quedaron de pie, uno frente al otro, como si de pronto el silencio hubiera adquirido un peso distinto al que tenía en la calle.

—Podés arrepentirte todavía —dijo Mateo, con una seriedad que no encajaba del todo con la sonrisa que le tiraba de la comisura de los labios—. La puerta sigue funcionando en los dos sentidos.

—Si quisiera irme —respondió Sara, dando un paso hacia él—, ya lo habría hecho hace tres calles.

Fue ella quien terminó de cerrar la distancia esta vez, alzando la mano para apartarle un mechón de pelo oscuro que le caía sobre la frente, un gesto pequeño que Mateo respondió cerrando los ojos un instante, como si aquel roce le costara algo contener.

Cuando los abrió de nuevo, ya no había ninguna broma en su mirada, solo una intensidad que Sara sintió bajarle por la columna como una descarga lenta.