Tu piel contra la mía Bajo la lluvia de París #2
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Bajo la lluvia de París #2

Caminaron así durante un buen rato, hablando de tonterías —de las palomas de París, tan distintas y tan iguales a las de Buenos Aires y Madrid; de si el café francés era realmente mejor que el italiano o si era pura leyenda; de la manía compartida de ambos por perderse a propósito en ciudades nuevas—, mientras el cielo terminaba de despejarse y el sol de la tarde bañaba los tejados de dorado.

En algún momento, sin que ninguno de los dos lo mencionara, dejaron el paraguas cerrado y colgando del brazo de Mateo, aunque siguieron caminando cerca el uno del otro, con esa distancia mínima que ya no era casualidad.

Bajaron hacia el Sena por callejuelas estrechas que Sara jamás habría encontrado sola, guiada por el instinto de Mateo, que aseguraba tener «un radar para las calles bonitas», aunque ella sospechaba que simplemente le gustaba caminar sin mapa y que la confianza con la que hablaba era, en el fondo, puro encanto argentino.

Cuando llegaron al río, la luz había cambiado por completo.

El agua, crecida y oscura por la lluvia reciente, reflejaba los últimos tonos anaranjados del atardecer, y a lo lejos, entre los árboles, se adivinaba ya la silueta de Notre-Dame, con sus andamios de reconstrucción iluminados por los focos del atardecer.

Los bouquinistes empezaban a cerrar sus cajones verdes, protegiendo los libros de una lluvia que ya no caía, y algunas parejas paseaban despacio por el muelle, aprovechando la tregua del cielo.

—Es hermoso —murmuró Sara, apoyándose en el pretil de piedra, mirando el agua correr.

—Sí —dijo Mateo, aunque cuando ella se giró para comprobar si él también miraba el río, descubrió que la estaba mirando a ella.

Sara sintió que se le cortaba la respiración, atrapada en esa mirada oscura que no pedía permiso para observarla con tanta franqueza.

No apartó la vista. Algo en el aire de la tarde —la lluvia reciente, la luz dorada, la ciudad entera oliendo a promesas— le dio el valor de sostenerle la mirada sin la incomodidad que normalmente sentiría con un desconocido.

—¿Qué? —preguntó ella, con una sonrisa que pretendía ser desafiante y que le salió, en cambio, tímida.

—Nada —respondió Mateo, sin dejar de mirarla—. Solo pensaba que la tormenta fue la mejor casualidad que tuve en todo el viaje.

Sara no supo qué responder a eso, así que hizo lo que solía hacer cuando la emoción la desbordaba: sonrió y cambió de tema, señalando hacia la orilla opuesta.

—¿Vamos a cruzar? Quiero ver Notre-Dame de cerca.

Cruzaron el Pont Neuf mientras el cielo terminaba de despejarse, dejando tras de sí una capa de nubes finas, teñidas de rosa y violeta, que anunciaban una noche despejada.

Sara sacó su cámara e hizo algunas fotos —del río, de los puentes, de un grupo de músicos callejeros que habían aprovechado la tregua para instalar su acordeón junto a un café— pero en un momento, casi sin pensarlo, giró la cámara hacia Diego, que caminaba unos pasos por delante, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en la ciudad.

Él se giró justo cuando el obturador hizo clic.

—Me tomaste una foto sin permiso —dijo Mateo, fingiendo indignación.

—Consideralo pago adelantado por el paraguas —respondió Sara, guardando la cámara con una sonrisa.

Siguieron caminando, dejando atrás Notre-Dame y adentrándose en el Barrio Latino, donde las callejuelas empezaban a llenarse de vida ahora que la lluvia había pasado: turistas buscando dónde cenar, estudiantes riendo a la puerta de bares diminutos, el aroma de las crêperies mezclándose con el del vino y el queso de las tiendas especializadas.

En una esquina, un pequeño local de fachada azul dejaba escapar los acordes de un piano, y por la puerta entreabierta se veía una pequeña pista donde un par de parejas bailaban algo que sonaba a jazz clásico.

—¿Entramos? —propuso Mateo.

El interior del bar era pequeño y cálido, iluminado por lámparas de mesa con pantallas ámbar que teñían todo de un resplandor íntimo.

Pidieron una copa de vino cada uno —Mateo un tinto de la casa, Sara un blanco que el camarero le recomendó con entusiasmo— y se sentaron en una mesa alta, cerca del pequeño escenario donde un pianista de aspecto cansado interpretaba estándares con una elegancia despreocupada.

La conversación, que hasta entonces había fluido con la ligereza de dos desconocidos conociéndose, empezó a adquirir matices distintos.

Las pausas se alargaban, cargadas de miradas que decían más de lo que ninguno de los dos se atrevía a poner en palabras.

En un momento, mientras Mateo le contaba una anécdota de su infancia en Buenos Aires, Sara se sorprendió mirando sus manos —fuertes, de dedos largos, con una cicatriz pequeña en el nudillo del pulgar— y preguntándose cómo sería sentirlas sobre su piel.

Apartó la vista, avergonzada de sus propios pensamientos, y bebió un trago de vino para disimular.

—¿Bailás? —preguntó Mateo de pronto, cuando el pianista atacó una melodía más lenta, casi un bolero.

—Hace mucho que no lo intento.

—Entonces es buen momento para recordar cómo se hace.

No le dio tiempo a objetar. Mateo se levantó y le tendió la mano con una naturalidad que no dejaba espacio para la negativa. Sara la tomó, sintiendo la calidez de su palma envolviendo la suya, y se dejó guiar hacia el pequeño espacio libre frente al piano.

Bailaron despacio, mucho más cerca de lo que exigía la música, con la mano de Mateo apoyada en la parte baja de su espalda y la de ella descansando en el hombro de él, notando bajo la tela de la camisa aún ligeramente húmeda el calor de su cuerpo.

Sara podía sentir la respiración de Mateo contra su sien, el ritmo pausado con que él la guiaba, sin prisa, como si aquel instante pudiera durar toda la noche sin que a ninguno de los dos le importara.

—Sara —dijo él, muy bajo, con la boca cerca de su oído.

—¿Sí?

—Me alegro muchísimo de que lloviera hoy.

Ella levantó la cabeza para mirarlo, y la distancia entre sus rostros se redujo a nada, apenas un suspiro.

Por un instante, pensó que él iba a besarla ahí mismo, en medio del pequeño bar de jazz, con el pianista tocando de fondo y las demás parejas girando despacio a su alrededor.

Y una parte de ella —una parte que llevaba meses dormida, apagada por la rutina y el desamor— deseaba con una intensidad casi dolorosa que lo hiciera.

Pero Mateo, en cambio, sonrió apenas y siguió bailando, prolongando el momento, alargando la espera con una paciencia deliberada que a Sara le pareció, de algún modo, aún más seductora que un beso apresurado.

Cuando la canción terminó, no volvieron enseguida a la mesa. Se quedaron un momento así, muy cerca, con las manos todavía entrelazadas, mientras el pianista pasaba a otra pieza y algunas parejas los rodeaban buscando su propio espacio en la pista.

—Tengo hambre —dijo finalmente Sara, rompiendo el hechizo con una risa nerviosa—. ¿Vamos a buscar algo de cenar?

—Conozco un lugar —dijo Mateo, sin soltarle del todo la mano mientras volvían a la mesa a dejar el pago—. Si confiás en mi radar para las calles bonitas.

—Hasta ahora no me ha fallado.

Salieron de nuevo a la noche, que ya había caído por completo sobre París, dejando atrás un cielo despejado y estrellado, limpio de la tormenta de la tarde.

Las calles del Barrio Latino brillaban aún húmedas bajo la luz de las farolas, y el aire fresco, cargado de olor a lluvia reciente, les erizaba la piel de los brazos desnudos.

Caminaron sin soltarse la mano —en algún momento, entre la salida del bar y la primera esquina, los dedos de Mateo habían encontrado los de Sara, y ninguno de los dos había hecho ademán de apartarlos—, dejando que la ciudad los guiara hacia una noche que apenas había comenzado, y que ya prometía no parecerse a ninguna otra.

El radar de Mateo para las calles bonitas los llevó, esta vez, hasta un pequeño bistró escondido en una calle sin apenas turistas, con manteles de cuadros rojos y blancos y una pizarra en la puerta anunciando el menú del día en una letra apretada y torcida.

Dentro, apenas cabían ocho mesas, y el dueño —un hombre mayor de bigote gris y delantal manchado de vino— los recibió como si los conociera de toda la vida, señalándoles la única mesa libre, junto a la ventana.

—Esto no está en ninguna guía —dijo Mateo, apartando la silla para que Sara se sentara—. Lo descubrí en mi segundo día acá, buscando dónde escapar de un grupo de turistas con paraguas a juego.

—Tiene pinta de guardarse los secretos bien guardados —respondió Sara, mirando alrededor: las paredes cubiertas de fotografías antiguas, botellas de vino polvorientas en una estantería, el murmullo bajo de las pocas mesas ocupadas hablando en francés.

Pidieron sin mirar mucho el menú —Mateo, con la confianza de quien ya lo conocía, recomendó el confit de pato y una botella de vino tinto de una región que Sara no supo pronunciar—, y mientras esperaban la comida, la conversación retomó el rumbo íntimo que había ido tomando forma desde el bar de jazz.

—Contame algo que no le hayas contado a nadie en este viaje —dijo Mateo, apoyando los antebrazos en la mesa.

Sara lo pensó un momento, jugando con el borde de la servilleta.

—Cuando reservé el vuelo a París, no le dije a nadie que venía sola.

Les dije a mis amigas que venía con mi hermana.

—Se encogió de hombros, algo avergonzada—.

No quería que nadie me preguntara si estaba bien, si necesitaba compañía, si estaba huyendo de algo.

Solo quería... desaparecer un rato sin que nadie estuviera vigilando cómo lo llevaba.

Mateo asintió despacio, sin ese gesto de lástima que Sara tanto temía encontrar en los ojos de la gente cuando hablaba de su ruptura.

—Yo tampoco le conté a mis viejos que viajaba solo —confesó él—. Les dije que venía con un amigo del trabajo. La verdad es que necesitaba un mes entero sin tener que rendirle cuentas a nadie de nada. Ni horarios, ni planes, ni explicaciones.

—¿Lo conseguiste?