Bajo la lluvia de París
El cielo sobre París llevaba toda la tarde amenazando, con esas nubes grises y pesadas que los parisinos conocen tan bien y que anuncian, sin remedio, una tormenta de verano.
Sara lo había ignorado. Llevaba el mapa doblado en el bolsillo trasero del vaquero, la cámara colgada al cuello y la intención de fotografiar cada rincón del Marais antes de que cayera la noche.
Por eso, cuando el primer trueno retumbó sobre los tejados de zinc y el aguacero se desató de golpe, como si alguien hubiera abierto una compuerta en el cielo, no le quedó más remedio que correr.
Corrió sin rumbo fijo, esquivando charcos que se formaban a una velocidad alarmante, con el pelo empapado pegado a la cara y las sandalias resbalando sobre los adoquines mojados.
Vio un toldo rojo a lo lejos, unas letras doradas —Café des Deux Moulins— y se lanzó hacia la puerta como quien busca un refugio en mitad de una batalla.
La campanilla sonó al entrar. El calor del local, mezclado con el aroma a café recién molido y a mantequilla tostada, la envolvió de inmediato. Cerró los ojos, agradecida. Fue entonces cuando escuchó una risa.
—¿Vos también huyendo del diluvio? —dijo una voz masculina, con un acento que Sara tardó un instante en identificar. Argentino, quizás porteño. Suave, cantado, con esa cadencia que arrastra las palabras como si no tuviera prisa por terminarlas.
Sara se giró y lo vio: sentado junto a la ventana, con una taza humeante entre las manos y el pelo oscuro también empapado, cayéndole sobre la frente.
Llevaba una camisa de lino que se le pegaba a los hombros, y sonreía con la tranquilidad de quien ya se ha resignado a que el destino haga lo que quiera con sus planes.
—Algo así —respondió ella, apartándose un mechón mojado de la cara—. Salí a hacer fotos y el cielo decidió hacer otra cosa.
—El cielo de París tiene ese sentido del humor —dijo él, señalando la silla frente a la suya—. Siéntate, si querés. Total, esto no para en un rato.
Sara dudó apenas un segundo. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con una furia que confirmaba las palabras del desconocido. Se sentó.
—Sara —se presentó, tendiéndole la mano.
—Mateo —respondió él, estrechándosela. Tenía las manos frías por la lluvia, pero el apretón fue firme, cálido de un modo que no tenía nada que ver con la temperatura—. Soy de Buenos Aires. ¿Vos?
—Madrid.
—Ah, entonces esto —dijo él, señalando la ventana empañada, la tormenta, el caos general— para vos es casi como estar en casa.
Sara rio, una risa breve y sincera que la sorprendió a ella misma. Llevaba tres días sola en París, hablando lo justo en francés con camareros y taquilleras de museo, y de pronto aquel desconocido con acento porteño y sonrisa fácil le resultaba la conversación más natural del mundo.
Un camarero se acercó, y Sara pidió un café con leche, casi por costumbre, aunque lo que en realidad necesitaba era algo caliente entre las manos y una excusa para quedarse.
—¿Vacaciones? —preguntó Mateo, apoyando los codos en la mesa.
—Algo parecido. Necesitaba desaparecer un tiempo. ¿Y tú?
—Un mes recorriendo Europa. Roma, Florencia, Barcelona, y ahora acá, la última parada antes de volver. —Hizo una pausa, mirándola con una curiosidad abierta, sin disimulo—. ¿Desaparecer de qué, si se puede preguntar?
Sara jugó con el asa de la taza que el camarero acababa de dejarle. Podía haber dado una respuesta corta, una de esas frases hechas que cierran el tema. En cambio, dijo la verdad, o al menos parte de ella.
—De una vida que ya no me quedaba bien. De una relación que terminó hace unos meses, de un trabajo que odio, de una rutina que empezaba a sentir como una camisa demasiado ajustada. —Se encogió de hombros—. Nada muy original.
—Lo original nunca es el motivo —dijo Mateo, con una seriedad repentina que contrastaba con la ligereza de la conversación—. Lo original es lo que uno hace después.
Sara lo miró con más atención. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y una manera de sostener la mirada que no era incómoda, sino curiosa, como si de verdad quisiera saber la respuesta.
Afuera, un rayo iluminó la calle entera durante una fracción de segundo, y el trueno que lo siguió hizo temblar los cristales del café.
—¿Y tú qué harás después de recorrer media Europa? —preguntó ella, cambiando el rumbo antes de que la conversación se volviera demasiado íntima.
—Vuelvo a mi vida de siempre. Trabajo de arquitecto, tengo un gato que seguramente ya me olvidó, y una familia que me va a preguntar mil veces si conocí a alguien especial en el viaje. —Mateo sonrió, con una media sonrisa cargada de ironía—. Siempre preguntan eso.
—¿Y qué les vas a decir?
—Todavía no lo sé —respondió él, sin apartar la mirada—. El viaje no terminó.
Sara sintió que algo se le encogía en el estómago, un cosquilleo tibio que no tenía nada que ver con el café. Bajó la vista hacia la taza, sonriendo para sí misma, y decidió que aquella tarde de tormenta, después de todo, no había sido tan mala idea.
Hablaron durante casi una hora de libros, de películas, de las ciudades que habían amado y las que los habían decepcionado.
Mateo contó anécdotas de su viaje con un talento natural para la narración, gesticulando con las manos, imitando acentos italianos que hacían reír a Sara hasta que le dolían las mejillas.
Ella, a su vez, le habló de Madrid, de su abuela que aún vivía en un pueblo de Toledo, de su fascinación infantil con los libros de viajes que la habían llevado, años después, a ver con sus propios ojos si París era tan bonito como decían.
—¿Y lo es? —preguntó Mateo.
—Todavía no lo sé —respondió ella, repitiendo sus palabras de antes con una sonrisa cómplice—. El viaje no terminó.
Mateo soltó una carcajada franca, y algo en aquel sonido —cálido, genuino, sin ninguna pretensión— hizo que Sara se sintiera, por primera vez en meses, completamente presente en un lugar.
No pensando en lo que había dejado atrás.
No pensando en lo que vendría después. Solo ahí, en aquel café con olor a mantequilla y café recién hecho, mientras la lluvia golpeaba el cristal y un desconocido de Buenos Aires la miraba como si tuviera todo el tiempo del mundo para escucharla.
Fuera, poco a poco, la tormenta empezó a perder fuerza. El repiqueteo furioso sobre el toldo se convirtió en un goteo más suave, casi musical, y a través de la ventana empañada se adivinaba que el cielo, aunque seguía gris, ya no amenazaba con la misma violencia.
—Está amainando —dijo Sara, mirando hacia fuera.
—Una lástima —respondió Mateo, y cuando ella lo miró sorprendida, él añadió, con una sonrisa traviesa—: Estaba disfrutando de la excusa para quedarme sentado, charlando con una desconocida en un café.
—Técnicamente ya no somos desconocidos —dijo Sara—. Sé tu nombre, sé que eres arquitecto, que tienes un gato desagradecido y que cuentas muy bien las anécdotas de viaje.
—Y yo sé que sos de Madrid, que tu abuela vive en Toledo, y que reís con los ojos cerrados cuando algo te hace mucha gracia. —Mateo se inclinó un poco hacia adelante, apoyando el mentón en la mano—. Diría que ya sabemos lo suficiente como para no ser desconocidos, sí.
Sara sintió que el calor le subía por el cuello, y no supo si atribuirlo al café o a la manera en que él la observaba, como si cada detalle de ella mereciera ser archivado, recordado.
Miró el reloj de pared del café: pasaban ya de las siete.
La tarde se había disuelto entre relámpagos y conversación, y no sentía ninguna prisa por que terminara.
—¿Tenés planes para esta noche? —preguntó Mateo, con un tono que intentaba sonar casual y que fallaba deliciosamente en el intento.
—Ninguno que no pueda cambiar.
—Yo tampoco —dijo él—. Y se me ocurre que, si la lluvia nos regala una tregua, podríamos aprovecharla.
París recién lavado tiene que ser un espectáculo.
Los adoquines mojados reflejando las luces, el Sena crecido, la ciudad entera oliendo a lluvia y a pan recién horneado.
—Hizo una pausa, mirándola directamente—. ¿Me acompañás a averiguarlo?
Sara supo, en ese instante, que la respuesta correcta —la sensata, la prudente— sería declinar amablemente, terminar su café, despedirse de aquel argentino encantador y volver a su hotel a secarse el pelo y llamar a su madre.
Pero llevaba meses siendo sensata. Meses enteros tomando la decisión correcta, la que se esperaba de ella, la que no incomodaba a nadie.
—Sí —dijo, sorprendiéndose otra vez a sí misma—. Vamos a averiguarlo.
Pagaron sus cafés —Mateo insistió, y Sara decidió no discutir, aunque prometió que la próxima ronda corría por su cuenta— y salieron a una ciudad completamente transformada.
La lluvia se había reducido a una llovizna fina y dorada, iluminada por el sol que empezaba a asomar entre las nubes en su lento descenso hacia el horizonte.
Los adoquines de la calle brillaban como si los hubieran pulido, y el aire olía a tierra mojada, a pan y, muy débilmente, a las flores de un puesto cercano que empezaba a recoger sus cubos de agua.
—No tenés paraguas —observó Mateo, mirando las manos vacías de Sara.
—Ni tú.
—Tengo uno —dijo, sacando de su mochila un paraguas pequeño, algo destartalado, que había comprado, según explicó, en un puesto callejero de Roma tras quedar atrapado en otro aguacero—. Es de mala calidad, pero cubre a dos personas si se paran cerca.
Sara enarcó una ceja, divertida por la insinuación apenas disimulada, pero no dijo nada.
Simplemente se acercó cuando él abrió el paraguas, y sus hombros se rozaron bajo la tela negra mientras caminaban por la Rue des Trois Frères hacia ninguna parte en particular, dejando que sus pasos los llevaran.