Tu piel contra la mía El club de lectura #5
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El club de lectura #5

—No —contestó Irene, arrastrándolo hacia el sofá con una determinación que la sorprendió a ella misma—. Esto no pienso corregirlo. Esto lo quiero tal como sale.

Y así fue. Lento al principio, con la misma paciencia reverente de los textos de Deriva, esa manera de quedarse quieto que ella había aprendido a reconocer como la forma más honesta del deseo; después, a medida que la ropa terminaba de caer y las palabras dejaban de ser necesarias, con una urgencia que ninguno de los dos había escrito nunca porque no tenía sentido escribirla de antemano, solo vivirla.

Irene descubrió que las manos de Marcos, esas manos grandes y silenciosas que ella había admirado durante meses mientras dibujaban plantas de casas que no existían, sabían dibujar también sobre la piel con la misma atención al detalle, deteniéndose donde el cuerpo pedía que se detuvieran, sin prisa, sin necesidad de llegar a ningún sitio antes de haber recorrido antes cada centímetro con calma.

Y Marcos, por su parte, entendió por fin lo que llevaba meses sospechando al leer sus textos: que Irene no se entregaba por rendición sino por elección, despacio, con los ojos abiertos, mirándolo como si quisiera memorizar cada segundo para poder, algún día, si hacía falta, volver a escribirlo.

No fue perfecto, ni tenía por qué serlo: hubo una risa cuando algo no salió como ninguno de los dos esperaba, un torpe encontronazo de codos contra el brazo del sofá que los dejó a los dos riéndose contra el cuello del otro antes de retomar donde lo habían dejado, la clase de imperfecciones pequeñas que solo ocurren entre dos personas que ya han decidido, sin decirlo, que van a tener muchas más noches para hacerlo mejor.

Lo que sí hubo, de principio a fin, fue esa honestidad que llevaban dos años practicando sin saber que se estaban preparando, en realidad, para esto: para estar el uno frente al otro sin ningún papel de por medio, sin pseudónimo, sin la protección cómoda del anonimato, solo dos cuerpos y dos nombres verdaderos aprendiendo, en tiempo real, el idioma que llevaban meses estudiando a distancia.

Después, mucho después, cuando ya la lluvia había dejado de golpear los cristales y la ciudad empezaba a asomar los primeros ruidos de la madrugada, se quedaron enredados en el sofá, sin ganas de moverse hasta la cama, con la manta que Irene guardaba para las noches de series y palomitas ahora convertida en refugio de otra cosa completamente distinta.

—Tengo una pregunta de editora —dijo ella, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el corazón de Marcos ir recuperando poco a poco un ritmo normal.

—Dispara.

—El texto de esta noche. El que no tenía final. ¿De verdad no sabías cómo terminaba, o es que preferías que lo escribiera yo?

—Un poco de las dos cosas —admitió él—. Llevo dos años escribiendo sobre ti sin saber que era sobre ti. Me pareció justo que el final lo pusieras tú, ya que llevas dos años haciendo lo mismo conmigo sin que yo lo supiera.

—Yo no sabía que era sobre ti —protestó Irene, incorporándose lo suficiente para mirarlo a los ojos—. O bueno. Sí lo sabía, pero no me lo permitía saber.

—¿Y ahora?

Irene se quedó pensando, con esa costumbre suya de sopesar las palabras antes de soltarlas, la misma que Marcos había aprendido a leer, meses atrás, en la manera en que apretaba la mandíbula cuando algo le importaba de verdad.

—Ahora creo que voy a tener que aprender a escribir cosas que ya no necesito esconder en una caja —dijo por fin—. Y no tengo ni idea de cómo se hace eso. Toda mi vida he escrito mejor lo que tenía miedo de decir en voz alta.

—Podemos aprenderlo juntos —propuso él, apartándole el pelo de la cara con la misma lentitud de siempre—. Se me da bien dibujar cosas que todavía no existen.

El club de lectura Tinta Compartida siguió reuniéndose cada segundo jueves de mes, y la caja de madera con la ranura en la tapa siguió llenándose de folios doblados en cuatro, porque el secreto, descubrieron todos con el tiempo, no había sido nunca el problema: el problema había sido, para dos de sus miembros, no saber que ya tenían el valor de vivir lo que solo se atrevían a escribir.

Meses después, cuando Teresa preguntó si alguien quería compartir cómo había ido la relectura de todo lo que se había leído aquel año en el club, Irene levantó la mano y dijo que sí, que tenía algo que añadir, y sacó del bolso un cuaderno nuevo, distinto de la carpeta de manuscritos ajenos que la acompañaba siempre al trabajo.

—Es una historia sobre un club de lectura —dijo, sin mirar a Marcos, aunque notaba su sonrisa desde el otro lado del círculo tan claramente como si la estuviera viendo—.

Sobre gente que empieza a escribir relatos de forma anónima y termina descubriendo que el amor, a veces, ya estaba escrito antes incluso de tener nombre.

—¿Y cómo termina? —preguntó alguien desde el fondo de la sala.

Irene sonrió, buscó por fin los ojos de Marcos, y contestó lo único que le pareció, después de todo, verdaderamente honesto:

—Todavía no lo sé. Pero, por primera vez en mi vida, no tengo ninguna prisa por corregir el final.

FIN DEL RELATO