Tu piel contra la mía El club de lectura #4
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El club de lectura #4

Marcos levantó por fin los ojos del papel y buscó a Irene directamente, sin disimulo, sin la prudencia de meses.

—El resto —dijo, con la voz quebrada— no está escrito. Lo he intentado toda la semana y no me ha salido, porque no sé cómo termina esto. Depende de alguien que no soy yo.

Irene sintió que las lágrimas le subían antes de que pudiera decidir si quería llorar o no.

No fue una sorpresa, exactamente —llevaba semanas sabiéndolo, o casi sabiéndolo, con esa certeza a medias que se protege a sí misma de la decepción—, pero una cosa era la sospecha, alimentada de noche, a solas, con el móvil iluminándole la cara, y otra muy distinta oírlo confirmado en voz alta, en una sala llena de gente, por la boca del hombre que llevaba meses ayudándola a ponerse el abrigo con una lentitud que ahora, por fin, tenía todo el sentido del mundo.

Teresa no dijo nada. No hacía falta. Dobló la bolsa de terciopelo con los nombres restantes y la dejó sobre la mesa, junto a la tetera, como quien retira discretamente los naipes de una partida que ya se ha decidido por otros medios.

Irene se puso de pie.

No llevaba ningún papel preparado —o eso creyó ella misma hasta que su mano, por puro instinto, buscó en el bolsillo interior del abrigo y encontró ahí, doblado en cuatro como todos los demás, el texto que había escrito tres noches atrás, después de la sesión de febrero, en un ataque de valentía que había estado a punto de tirar a la basura dos veces antes de decidir, sin saber muy bien por qué, guardarlo consigo por si acaso.

Por si acaso era esto.

—Yo tampoco sabía cómo iba a terminar —dijo, desdoblando el papel con dedos que no estaban del todo firmes—. Pero creo que ya lo sé.

Empezó a leer.

«Hay un hombre que dibuja edificios que nunca va a ver construidos y que, sin embargo, los dibuja con el mismo cuidado que si fueran a durar mil años.

Al principio pensé que esa era su manera de hablar de la arquitectura.

Ahora sé que es su manera de hablar del amor: construir algo entero, hasta el último detalle, aunque exista el riesgo de que se quede solo en el papel.

Yo llevo dos años metiendo mis planos en una caja de madera con la misma esperanza secreta y absurda con la que él dibuja fachadas que no verán nunca la luz: que alguien, algún día, entendiera lo que había ahí dentro sin que yo tuviera que decirlo con mi propia voz, porque mi propia voz, la de todos los días, no sabía cómo.

Ese alguien resultó ser el mismo hombre que me enseñó, sin saberlo, que dibujar lo imposible es una forma de fe.

No sé si esto es un relato o una confesión. Ya no me importa la diferencia.»

Cuando terminó, no dobló el papel. Lo dejó caer, sin más, sobre su propia silla, y caminó los cuatro pasos que la separaban de Marcos con una determinación que la sorprendió a ella misma, porque llevaba tanto tiempo siendo prudente —con las palabras, con el deseo, con todo lo que pudiera romperse— que había olvidado lo que se sentía al no serlo.

Nadie en la sala aplaudió esta vez. Algo en el ambiente entendió que un aplauso, en ese momento, habría sido una intromisión.

—Así que eras tú —dijo Marcos, en voz muy baja, cuando ya la tenía delante, tan cerca que Irene podía notar el calor que desprendía, el mismo calor de la barra del bar de Lavapiés, el mismo que llevaba meses imaginando sin atreverse a nombrarlo.

—Y tú eras tú —contestó ella, con una risa que le salió mitad llanto—. Todo este tiempo. Los dos.

—Todo este tiempo —repitió él, y le puso una mano en la mejilla con la misma lentitud reverente con la que, meses atrás, le había ajustado la bufanda—. Perdón por no habérmelo imaginado antes. Se supone que soy bueno leyendo a las personas.

—Se supone que yo soy editora. Me pagan por reconocer una voz.

—¿Y qué te lo impidió?

Irene pensó la respuesta un instante, aunque ya la sabía desde hacía semanas.

—El miedo a tener razón —dijo—. Porque si tenía razón, ya no había manera de fingir que esto no era tan grande como es.

Marcos no contestó con palabras. La besó ahí mismo, en el centro del círculo de sillas, delante de desconocidos convertidos de pronto en testigos accidentales de dos años de deseo aplazado, y el beso tuvo la misma cualidad que sus textos: nada de urgencia, nada de prisa, solo la certeza tranquila de quien por fin ha llegado a un lugar que llevaba tiempo dibujando en su cabeza.

Alguien, al fondo, empezó a aplaudir. Después otro. Teresa, con los ojos brillantes y una sonrisa que llevaba dos años esperando ese momento sin decírselo a nadie, levantó su copa de vino y dijo, con la voz ronca de siempre:

—Por la caja de madera. Que sirva para esto más veces.

Salieron poco después, sin despedirse apenas, entre las felicitaciones a media voz de los demás miembros del club y la mirada satisfecha de Teresa, que los vio marcharse bajo la lluvia —había vuelto a llover, una lluvia fina y tibia, casi cómplice— sin paraguas, cogidos de la mano por primera vez en año y medio de conocerse.

No hablaron mucho durante el camino. No hacía falta.

Caminaron pegados el uno al otro, empapándose sin que a ninguno pareciera importarle, y cuando llegaron al portal de Irene se quedaron un momento bajo el saliente del edificio, mirándose, conscientes los dos de que estaban a punto de cruzar una frontera que llevaban meses dibujando en secreto sin atreverse a pisarla.

—¿Subes? —preguntó ella, y la pregunta, tan simple, le pesó en la boca como si fuera la primera frase de un texto nuevo que no sabía todavía cómo iba a continuar.

Marcos asintió, y algo en su manera de asentir —despacio, sin la más mínima duda— le recordó a Irene la primera frase que había leído de él, meses atrás, sobre la distancia exacta entre dos manos sobre una mesa. Esa noche, por fin, la distancia dejó de existir.

Lo que pasó después no tuvo la prudencia de los meses anteriores.

Se desnudaron entre la penumbra del pasillo y el salón, sin encender más luz que la que entraba de las farolas de la calle, difusa y dorada a través de las cortinas.

Marcos la besó en el cuello y murmuró contra su piel algo que sonaba sospechosamente parecido a una de sus propias frases, la de la corriente que arrastra sin violencia, y ella se rio, con la voz entrecortada, y le dijo que si iba a citarse a sí mismo en un momento así tendría que acostumbrarse a que ella le llevara la contraria como hacía con todos los manuscritos que pasaban por sus manos.

—Corrígeme, entonces —le dijo él al oído, y ella sintió que la frase le bajaba por la espalda como si fuera una mano.