El club de lectura #3
La sesión de febrero del club fue, para los dos, un ejercicio de resistencia.
Teresa sacó dos relatos aquella noche —«Doble ración, para entrar en calor», dijo, con esa sonrisa suya que sabía más de lo que aparentaba— y el primero, leído con su voz pausada de siempre, hizo que a Marcos se le cerrara la garganta antes de que Teresa llegara al final del primer párrafo.
«Aquella tarde en el museo, entre planos de ciudades que nadie construyó, entendí que también yo estaba dibujando algo que quizá nunca llegara a existir: la posibilidad de él.
Lo dejé hablar de edificios imaginarios con la misma atención con que se escucha una confesión, porque en el fondo eso era: un hombre explicándome, sin saberlo, por qué merece la pena soñar con algo aunque el sueño no llegue nunca a tener paredes.
No lo besé cuando pude. Me arrepentí en el instante mismo en que no lo hice, y sin embargo, extrañamente, no me arrepiento del arrepentimiento: hay deseos que ganan fuerza precisamente porque se posponen. »
Marcos apretó tanto las manos sobre las rodillas que los nudillos se le pusieron blancos.
No podía ser casualidad. Museo, planos, edificios que no se construyen: era su tarde, contada con una precisión que solo podía venir de alguien que la hubiera vivido desde dentro.
Pero él la había vivido desde fuera de sí mismo, como arquitecto, como hombre que explica maquetas; no tenía manera de saber qué pasaba en la cabeza de la mujer sentada a su lado en aquel bar de azulejos, y sin embargo ahí estaba, escrito, con una honestidad que le dolía como una acusación.
Miró a Irene. Ella tenía la vista clavada en su propia taza de té, la mandíbula tensa, y no lo miró ni una sola vez durante toda la lectura.
No puede ser, pensó él. Alondra lleva escribiendo sobre deseo desde antes de que yo la conociera a ella. Es una coincidencia. Una coincidencia enorme, imposible, pero coincidencia al fin.
Cuando Teresa levantó el segundo folio, Irene ya sabía, con una certeza que no necesitaba confirmación, de quién era.
Reconoció el ritmo de las frases antes incluso de que Teresa pronunciara la primera línea, ese modo tan suyo —tan de Deriva— de dejar que las oraciones se alargaran como quien no quiere llegar todavía al final de una caricia.
«No la besé aquella tarde, y llevo días castigándome por ello, buscando excusas —el camarero, la cuenta, el frío de la calle— que no son más que la versión educada del miedo.
La verdad es más simple y más incómoda: tuve miedo de que, si la besaba, dejaría de ser un secreto compartido con una mujer sin nombre en una caja de madera, y pasaría a ser algo real, algo que se puede romper.
Preferí, como un cobarde, seguir teniendo las dos cosas: la mujer de carne que me hace reír en un bar de Lavapiés y la mujer de papel que me desnuda una vez al mes sin que yo tenga que arriesgar nada.
No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir teniendo las dos.
Sospecho, en el fondo, que son la misma persona.
Y esa sospecha me aterra más que cualquier rechazo. »
El silencio que siguió a esta lectura no se pareció a ninguno de los anteriores. Fue un silencio que picaba, que pedía que alguien lo rompiera, y sin embargo nadie en la sala —salvo dos personas— entendía por qué.
Teresa dobló el folio despacio, mirando por encima de sus gafas primero a Marcos y luego a Irene, con una expresión que no era del todo inocente.
—Bueno —dijo, con la voz de quien acaba de servir la última carta de una partida—. Esto sí que ha sido intenso.
Nadie contradijo la observación. Irene salió de la librería aquella noche sin despedirse de Marcos, alegando una llamada urgente que no existía, y él la dejó ir sin insistir, porque también él necesitaba estar solo con la certeza que le quemaba por dentro y que no se atrevía todavía a nombrar del todo: soy yo.
Es ella. Somos nosotros, dos veces, sin saberlo.
Las dos semanas siguientes fueron, para ambos, un ejercicio de evitación tan cuidadoso que resultaba casi cómico.
Los mensajes nocturnos se espaciaron, luego casi cesaron.
Cuando se cruzaban en las pocas ocasiones sociales que compartían fuera del club, hablaban del tiempo, de trabajo, de nada, con la torpeza de dos personas que han visto algo que no pueden dejar de ver y no saben cómo mencionarlo sin que el mundo entero se entere de golpe.
Irene, de noche, releía las dos entradas de Deriva —las tenía guardadas, fotografiadas con el móvil, en una carpeta que no se atrevía a nombrar de otra manera que «Textos club»— y buscaba en cada frase la voz de Marcos, la manera en que él decía «en el fondo» cuando estaba a punto de confesar algo, la costumbre de rematar sus argumentos con una imagen concreta en lugar de una idea abstracta.
Cuanto más buscaba, más se convencía de que tenía razón.
Y cuanto más se convencía, más miedo le daba equivocarse: ¿y si aquello no era más que el deseo de que fuera verdad, disfrazado de intuición?
Marcos, por su parte, había empezado a escribir de una manera distinta.
Ya no inventaba escenarios ni disfrazaba lo que sentía bajo metáforas de mareas y corrientes.
Escribía, sin editar, sobre una mujer que corregía las palabras de otros durante doce horas al día y que, sin embargo, cuando escribía las suyas propias, no corregía nada: dejaba el deseo tal cual salía, torpe y verdadero.
Escribía sobre el sonido de su risa, sobre la manera en que se mordía el labio inferior cuando algo la hacía dudar, sobre la bufanda azul que ella llevaba siempre mal puesta, como si no terminara de creerse que alguien fuera a preocuparse por su cuello.
Sabía que, si metía ese texto en la caja, ya no habría vuelta atrás.
Sabía, también, que la sesión de marzo —la del aniversario, la de las voces con nombre— estaba a la vuelta de la esquina, y que no podría seguir escondiéndose detrás de un pseudónimo de pájaro que en realidad no protegía a nadie, porque el pájaro y la mujer eran, sospechaba con una certeza que le temblaba en las manos cada vez que escribía, la misma persona sentada tres sillas a su izquierda cada segundo jueves de mes.
La noche del aniversario llegó envuelta en un aguacero que dejó Madrid oliendo a tierra mojada y a marzo de verdad.
Teresa había cerrado la librería temprano y había dispuesto las trece sillas en un círculo más ceñido que de costumbre, con velas repartidas entre las estanterías y una botella de vino abierta que nadie se atrevía a tocar todavía.
—Dos años —dijo, levantando su copa hacia el círculo—. Dos años metiendo la verdad en una caja de madera para que otros la lean sin saber a quién pertenece. Esta noche, la caja cambia de función.
Sacó de debajo de la mesa una bolsa de terciopelo, la misma que usaban en las rifas de la librería, y la agitó con un tintineo de papelitos doblados.
—Vuestro nombre está aquí dentro, en un papel. Iremos sacando uno a uno. Quien salga, lee. Su texto, con su nombre. Sin excusas, sin saltarse el turno, salvo que de verdad, de verdad, no podáis.
Irene sintió que el estómago se le convertía en un puño.
Buscó a Marcos con la mirada casi sin poder evitarlo, y lo encontró ya mirándola a ella, con una expresión que mezclaba, a partes iguales, el terror y algo parecido al alivio de quien por fin va a poder soltar un peso que lleva meses cargando solo.
Teresa metió la mano en la bolsa de terciopelo.
—El primer nombre —dijo, desdoblando el papel muy despacio, como si quisiera prolongar el instante a propósito— es Marcos.
El silencio de la sala se volvió, de golpe, insoportablemente denso. Marcos se puso de pie con un folio en la mano que no era, Irene lo supo en el acto por la manera en que le temblaban los dedos, ninguno de los relatos que ya habían pasado por la caja.
Era nuevo.
—No sé si esto es lo que se esperaba de mí esta noche —dijo, sin mirar a nadie en concreto, aunque Irene tuvo la certeza absoluta de que le hablaba solo a ella—. Pero es lo único verdadero que tengo para leer.
Desdobló el papel. Carraspeó una vez. Y empezó:
«Hay una mujer que corrige las palabras de los demás durante el día y, de noche, escribe las suyas sin corregir nada...»
Irene dejó de respirar.
Marcos siguió leyendo, y su voz, que Irene conocía ya en todos sus registros —la del club, la del teléfono a medianoche, la que le había explicado edificios imaginarios en un museo—, adquirió un timbre nuevo, más grave, como si las palabras le costaran algo físico al salir.
«... y me pregunto si ella sabe que hay una manera de estar despeinada que no tiene nada que ver con el viento, sino con la costumbre de pasarse la mano por el pelo cuando algo la conmueve y no quiere que se le note.
Se le nota igual. Siempre se le nota. He aprendido a leerla como se aprende un idioma que no se estudia por obligación sino porque uno querría, en el fondo, poder soñar en él algún día.
Sé que aprieta la mandíbula cuando algo le importa demasiado para decirlo en voz alta.
Sé que se muerde el labio antes de estar de acuerdo con algo que preferiría no compartir con nadie.
Sé que lleva la bufanda mal puesta no por descuido, sino porque nunca ha terminado de creerse que alguien vaya a preocuparse por protegerle el cuello del frío.
Yo llevo meses queriendo ser ese alguien y no atreviéndome, porque tenía miedo de estropear lo único de lo que estaba seguro: que ella, de una manera que no sé explicar, ya era mía en las páginas de una caja de madera antes de saber siquiera cómo se llamaba. »
Dejó de leer. La sala entera —doce personas que hasta ese momento solo habían sido testigos curiosos de una historia ajena— empezó a entender, en el silencio que siguió, que aquello no era ficción, o no del todo, y que estaban asistiendo a algo que no les pertenecía del todo pero que tampoco podían dejar de mirar.