El club de lectura #2
Cuando Teresa terminó de leer, hubo un aplauso espontáneo, tímido, como el que se da en un funeral cuando alguien dice algo hermoso sobre el difunto y no se sabe si aplaudir es lo correcto.
Irene aplaudió también, con las manos frías, pensando en la última vez que Marcos la había ayudado a ponerse el abrigo, hacía apenas una hora, en el guardarropa improvisado junto a la entrada de la librería, y en cómo su mano se había quedado, quizá, un segundo de más sobre su hombro.
Se dijo que estaba imaginando cosas. Que un relato anónimo no podía estar hablando de ella. Que era ridículo buscar coincidencias entre la ficción de un desconocido y su propia vida, como quien busca su horóscopo en un periódico y encuentra sentido en cualquier frase suficientemente vaga.
Pero esa noche, cuando salieron juntos a la calle helada y Marcos, sin decir nada, le ajustó la bufanda que se le había soltado del cuello con un gesto tan simple como devastador, Irene tuvo que apartar la mirada para que él no viera lo que le estaba costando respirar con normalidad.
—¿Vienes a por el café de siempre? —preguntó él.
—Hoy no puedo —mintió ella—. Mañana tengo una reunión temprano.
No era verdad. Lo que no podía era sentarse frente a él, en la barra de siempre, con la sensación de que un desconocido llamado Deriva le había escrito una carta de amor sin saber que se la escribía a ella, y con la sospecha, cada vez más insistente, de que la distancia entre la ficción y la realidad se estaba estrechando de una manera que no sabía cómo nombrar sin asustarse.
Marcos la vio alejarse calle abajo, las manos hundidas en los bolsillos, y sintió una punzada de decepción que le costó reconocer como tal.
Llevaba semanas —meses, si era honesto— notando que sus jueves habían empezado a organizarse en torno a dos ausencias que dolían de manera distinta: la de Alondra, esa voz sin cuerpo que lo desarmaba una vez al mes; y la de Irene, ese cuerpo con voz propia que se le estaba volviendo, sesión tras sesión, imprescindible.
No se le ocurrió, ni por un instante, que ambas ausencias pudieran ser la misma persona.
Fue Teresa quien, dos semanas después, en la primera reunión del nuevo año, lanzó la idea que cambiaría el rumbo de todo.
—El club cumple dos años en marzo —dijo, mientras servía el té con la parsimonia de quien sabe que tiene toda la atención de la sala—.
Y he pensado que es hora de hacer algo especial.
Nada de leer al azar. En la sesión de marzo, cada uno de vosotros va a leer en voz alta su propio texto.
El que prefiráis, de los que hayáis metido en la caja este año. Con vuestra voz. Con vuestro nombre.
El silencio que siguió no fue el silencio recogido de otras veces.
Fue un silencio incómodo, eléctrico, el de trece personas haciendo, todas a la vez, el mismo cálculo imposible: ¿qué pasaría si al fin se supiera quién era Alondra?
¿Quién era Deriva? ¿Qué pasaría si las palabras más íntimas que habían escrito en años dejaran de tener la protección del anonimato?
Irene sintió que el estómago se le encogía. Miró de reojo a Marcos, que tenía la mandíbula tensa y los ojos fijos en la caja de madera como si esta pudiera, de un momento a otro, delatarlo.
Ninguno de los dos dijo nada esa noche sobre lo que de verdad estaban pensando. Pero cuando salieron a la calle, y él le preguntó, con una voz que intentaba sonar despreocupada y no lo lograba del todo, si pensaba leer su texto en marzo, Irene respondió con una pregunta que no era una respuesta:
—¿Y tú?
—No lo sé —dijo Marcos, y por primera vez desde que se conocían, ella lo vio de verdad inseguro—. Hay cosas que uno escribe pensando que nadie las va a leer con su nombre puesto al lado. Cambia todo, ¿no? Saber quién lo escribió.
—Cambia todo —repitió Irene, y no supo si hablaba del club, de los relatos, o de la sospecha que llevaba semanas creciendo dentro de ella sin que se atreviera a mirarla de frente: que tal vez ya conocía a Deriva.
Que tal vez lo tenía delante, cada segundo jueves de mes, ayudándola a ponerse el abrigo con una lentitud que ahora, por fin, empezaba a tener nombre.
Faltaban dos meses para marzo. Dos meses para que la caja de madera, con su ranura discreta y su promesa de anonimato, dejara de guardar el secreto mejor guardado del club de lectura Tinta Compartida.
Y ninguno de los dos, esa noche, se atrevió a preguntarse en voz alta qué harían cuando por fin supieran la verdad: si el deseo que sentían por dos personas distintas —una de carne y hueso, otra hecha solo de palabras— podía, en realidad, ser exactamente el mismo.
Enero llegó con un frío seco que dejaba las aceras brillantes de escarcha por las mañanas, y con él llegó también una costumbre nueva que ninguno de los dos se atrevió a llamar por su nombre: los mensajes.
Empezaron por algo tan inocente que resultaba casi ridículo recordarlo después.
Marcos le escribió un domingo por la tarde para preguntarle si había leído un libro que había visto en el escaparate de Entrelíneas, una novela sobre un faro y una mujer que esperaba cartas que nunca llegaban.
Irene contestó que sí, que le había parecido demasiado sentimental para su gusto, y él le rebatió con un argumento tan bien construido que ella tuvo que darle la razón a regañadientes.
De ahí pasaron a hablar de otros libros, y de los libros a las películas, y de las películas a esa zona indefinida de la conversación en la que dos personas dejan de hablar de cosas y empiezan, sin decirlo, a hablar de sí mismas.
Para la segunda semana de enero, se escribían casi todas las noches.
—¿Qué haces despierta tan tarde? —le preguntó él un jueves que no era jueves de club, pasada la medianoche.
Editando un manuscrito que no se deja editar, escribió ella, y luego, después de dudar un momento con el pulgar suspendido sobre la pantalla, añadió: Pensando en cosas que no debería pensar un martes.
¿Por ejemplo?, contestó él casi al instante, como si hubiera estado esperando la pregunta con el teléfono en la mano.
Irene miró la frase un buen rato antes de borrarla y escribir otra cosa, algo sobre el manuscrito, sobre lo tarde que era, sobre nada.
No estaba lista para decirle que llevaba semanas pensando en la distancia exacta entre su mano y la de él, en la bufanda, en el abrigo, en todas las pequeñas ternuras que él repartía con una naturalidad que a ella la desarmaba más que cualquier gesto explícito.
No sabía que, al otro lado de la ciudad, Marcos hacía exactamente lo mismo: escribía una frase, la borraba, escribía otra más prudente.
Ambos, sin saberlo, estaban aprendiendo a censurarse el uno al otro con el mismo pudor con el que, meses atrás, habían aprendido a desnudarse en la caja de madera de la librería.
El primer sábado de febrero, Marcos la llamó por teléfono para proponerle algo que llevaba días ensayando en su cabeza sin atreverse a decirlo en voz alta.
—Hay una exposición de arquitectura en el museo Reina Sofía. Planos de posguerra, edificios que nunca se construyeron. Pensé que... —se interrumpió, y ella lo oyó respirar al otro lado de la línea—. Pensé que te podría gustar. Sin el club de por medio. Solo nosotros.
Solo nosotros. Irene se quedó mirando la pared de su salón un segundo de más antes de contestar que sí, que le encantaría, con una voz que esperaba que sonara más tranquila de lo que se sentía.
Fue un día extraño y luminoso, de esos que se recuerdan después con una nitidez que no tienen los días normales.
Caminaron entre maquetas de ciudades que nunca existieron, y Marcos le explicó, con una pasión que ella no le había visto nunca en el club, por qué un arquitecto dibuja edificios que sabe que jamás se construirán: “Porque hay que dejar constancia de lo que se soñó, aunque nadie vaya a vivir ahí dentro.” Irene pensó, sin decirlo, que aquella frase podría haber salido de la pluma de Deriva, y sintió un escalofrío que atribuyó, torpemente, a la corriente de aire acondicionado de la sala.
Salieron al atardecer, con esa luz de febrero que en Madrid tiene algo de disculpa, y caminaron sin rumbo por el barrio de Lavapiés hasta que el frío los empujó a refugiarse en un bar diminuto con las paredes cubiertas de azulejos antiguos.
Pidieron vino. Hablaron de sus padres, de los años que Marcos había vivido en Lisboa, del divorcio de Irene, del que hablaba por primera vez con un hombre sin sentir que tenía que justificarse.
—¿Alguna vez te ha dado miedo —le preguntó ella, ya con la segunda copa encendiéndole las mejillas— desear algo tanto que preferirías no habértelo permitido?
Marcos la miró de una manera que ella no supo descifrar del todo: como si la pregunta le hubiera tocado un sitio que llevaba tiempo evitando.
Se acercó un poco, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su brazo contra el suyo sobre la barra estrecha, y por un instante —un instante que después Irene reviviría muchas veces, sola, antes de dormir— pareció que iba a besarla.
No lo hizo. El camarero llegó con la cuenta, torpe e inoportuno, y el momento se deshizo como se deshace el humo cuando alguien abre una ventana.
Marcos carraspeó, pagó antes de que ella pudiera sacar la cartera, y en la calle, ya de vuelta, caminaron más cerca el uno del otro de lo estrictamente necesario, sin tocarse, cargando los dos con el peso exacto de lo que no había pasado.
—Gracias por este día —dijo Irene en la puerta de su portal.
—Gracias a ti por la pregunta —contestó él—. Llevo dando vueltas a la respuesta desde que la hiciste.
No le dijo cuál era. Ella tampoco insistió.
Pero cuando entró en casa, se apoyó en la puerta cerrada un rato largo, con la mano en el pecho, preguntándose si aquello que sentía tenía nombre o si era simplemente más seguro seguir llamándolo, como llevaba haciendo desde noviembre, cosas que no debería pensar un martes.