Tu piel contra la mía El club de lectura
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Tu piel contra la mía

Tu piel contra la mía

Por Helen Grey

© inepub.com

El club de lectura

Aquella caja era el corazón del club, aunque nadie la hubiera mencionado en el anuncio que colgaba en el escaparate —Club de lectura: los clásicos que nunca leíste y algún contemporáneo que te sorprenderá—.

Fue Teresa, la dueña de la librería, quien la propuso hacía año y medio, cuando el club languidecía entre debates tibios sobre finales de novela y alguna disputa sin gracia sobre traducciones.

—Vamos a hacer algo distinto —dijo una noche, con esa voz ronca de quien ha fumado más de la cuenta y ha leído aún más—.

Cada mes, cada uno de vosotros va a escribir un relato.

Corto. Sobre el deseo, sobre el amor, sobre lo que os dé la gana, pero de verdad, sin miedo.

Lo metéis en la caja sin firmar. Y una vez al mes, alguien saca uno al azar y lo leemos en voz alta. Sin saber quién lo ha escrito.

Hubo protestas, risas nerviosas, alguna excusa de trabajo.

Pero a la tercera ronda, algo había cambiado en la sala.

Las voces que salían de aquellos folios doblados en cuatro no se parecían a las voces que hablaban de libros ajenos con la prudencia de quien no quiere quedar en evidencia.

Eran voces desnudas. Y dos de ellas, con el paso de los meses, empezaron a distinguirse del resto como dos hilos de color en un tapiz gris.

Una firmaba como Alondra. La otra, como Deriva. Nadie sabía quiénes eran. Ni siquiera ellos sabían el uno del otro.

Irene Salas llegó aquel jueves con quince minutos de retraso, el pelo aún húmedo de la lluvia de noviembre y una carpeta de manuscritos bajo el brazo que no pensaba abrir esa noche, aunque la editorial se lo exigiera.

Trabajaba doce horas al día leyendo las palabras de otros, corrigiéndolas, puliéndolas hasta que dejaban de sonar como sus autores y empezaban a sonar como el mercado quería que sonaran.

El club era lo único que le devolvía, una vez al mes, el placer sucio y privado de escribir sin que nadie la editara.

Se sentó en su silla de siempre, la que cojeaba un poco hacia la izquierda, y buscó con la mirada, casi sin darse cuenta, la nuca de Marcos Rivas al otro lado del círculo.

No sabía muy bien por qué lo hacía. Llevaban año y medio compartiendo aquella hora y media mensual, y en todo ese tiempo apenas habían cruzado algo más que comentarios sobre los libros del mes y, últimamente, un café rápido después de la sesión, de pie en la barra de al lado, hablando de todo menos de lo que de verdad les importaba.

Marcos era arquitecto, tenía las manos grandes y silenciosas de quien está acostumbrado a dibujar antes que a hablar, y una manera de escuchar —inclinado hacia delante, los codos en las rodillas— que a Irene se le había quedado grabada como una postura que echaba de menos en los días que no lo veía.

—Hoy toca lectura —anunció Teresa, agitando la caja como si fuera una coctelera—. Y tenemos suerte, ha caído uno de los buenos.

Un murmullo de expectación recorrió el círculo.

En los últimos meses, el club entero había aprendido a reconocer, sin ponerle nombre, la textura de los textos de Deriva: esa manera de describir el deseo como una corriente que arrastra sin violencia, sin prisa, hasta un lugar del que ya no se quiere volver.

Cuando Teresa desdobló el folio y empezó a leer, Irene sintió que se le erizaba la piel de los brazos antes incluso de reconocer el estilo.

«La conocí en el instante exacto en que dejó de mirarme para mirar el libro que yo sostenía, y en ese desvío de sus ojos —de mi rostro a las páginas, de las páginas otra vez a mí, como quien no decide entre dos orillas— entendí que había cosas de las que no se vuelve.

No la toqué esa noche. No hacía falta. Bastaba con la distancia exacta entre su mano y la mía sobre la misma mesa, ese centímetro que ninguno de los dos cerraba, cargado como el aire antes de una tormenta que ambos sabíamos que iba a caer, tarde o temprano, sobre los dos. »

Teresa siguió leyendo, y la sala se quedó tan quieta que se oía el chisporroteo de la calefacción.

El relato hablaba de una cita que no llegaba a serlo, de dos cuerpos que se rozaban en un ascensor durante un apagón, de una promesa que no se decía con palabras, sino con la manera de no soltar una mano cuando las puertas por fin se abrían.

Era sensual sin ser explícito, urgente sin ser desesperado, y cuando Teresa terminó, nadie habló durante unos segundos, como si interrumpir el silencio fuera una falta de respeto.

Irene miró, sin poder evitarlo, hacia Marcos.

Él tenía la vista fija en sus propias manos, entrelazadas sobre la rodilla, y una expresión que ella no supo leer del todo: algo entre la incomodidad y el reconocimiento, como quien oye una canción que no recordaba haber escrito.

Cuando notó que lo observaba, levantó la mirada y le sonrió, apenas, con esa media sonrisa suya que no comprometía a nada.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó él después, ya en la calle, con los cuellos de los abrigos subidos contra el viento.

—Que quienquiera que lo haya escrito sabe algo que la mayoría de la gente tarda toda la vida en aprender —dijo Irene, y se sorprendió de la sinceridad con que lo dijo—. Que el deseo no necesita prisa para ser deseo.

Marcos no contestó enseguida. Caminaron un trecho en silencio, el ritmo de sus pasos acompasándose sin que ninguno de los dos lo decidiera, hasta que él dijo:

—A mí me ha dado envidia. La envidia que da leer algo verdadero.

Irene pensó, mientras se despedían en la esquina de siempre, en la manera en que él había pronunciado esa palabra, verdadero, como si le costara un esfuerzo físico decirla.

Y pensó también, aunque no se lo confesó ni a sí misma con claridad, que le habría gustado que aquel centímetro entre dos manos sobre una mesa fuera el suyo.

Lo que Irene no sabía era que, tres meses antes, en una noche de febrero en la que ella había estado a punto de no llevar nada a la caja, había metido finalmente un relato escrito casi de un tirón, con la respiración contenida, sobre una mujer que aprende a desear de nuevo después de un divorcio que le dejó la certeza de que ya no confiaba en su propio deseo.

Lo firmó, como llevaba haciendo desde el principio, con el nombre de un pájaro que cantaba de madrugada sin que nadie se lo pidiera.

«No fue el cuerpo del otro lo que la despertó, sino la paciencia con que él esperó a que ella decidiera acercarse.

Durante años había confundido el deseo con la urgencia ajena, con la prisa de manos que ya sabían adónde iban antes de preguntar.

Esta vez fue distinto: él se quedó quieto, como se queda quieto quien de verdad quiere que algo ocurra, y ese quedarse quieto fue, paradójicamente, lo más excitante que le habían hecho sentir en años.

Cuando por fin lo besó, no fue una rendición.

Fue una elección, lenta y consciente, y por eso mismo temblaba más que cualquier beso robado en la urgencia de la juventud. »

Aquel relato había circulado por el club dos meses atrás, leído por la propia Teresa con una voz que se quebró levemente en la última frase, y Marcos lo había escuchado con las manos cerradas sobre las rodillas y un nudo en el estómago que tardó días en deshacer.

Había vuelto a casa esa noche y, en lugar de dormir, había abierto el cuaderno donde guardaba los apuntes de sus proyectos de arquitectura y había escrito, en una página cualquiera, entre plantas de una vivienda unifamiliar, una frase que no borró: Quiero saber quién es Alondra.

No era la primera vez que le pasaba. Desde que el club existía, Marcos había ido reconstruyendo, mes a mes, la voz de esa mujer que firmaba con el nombre de un pájaro y escribía sobre el deseo como quien lo hubiera perdido y estuviera aprendiendo a recuperarlo, con precaución, con ternura, con una honestidad que dolía de puro reconocible.

Se había sorprendido, más de una vez, pensando en ella —en la Alondra imaginaria, sin rostro, sin nombre real— con una intensidad que no sabía justificar del todo.

Era absurdo, se decía. Enamorarse de un estilo. De una manera de poner las comas.

Sin embargo, cuando llegaba a casa después de las sesiones del club, cuando se sentaba junto a la ventana de su piso con un vaso de algo fuerte y el silencio de un jueves cualquiera, no era en Irene en quien pensaba —Irene, con quien tomaba café, con quien hablaba de libros, con quien empezaba a sentir una cercanía que no sabía nombrar—, sino en esa otra mujer sin rostro que le había enseñado, en cuatro folios doblados en cuatro, más sobre el deseo femenino que ninguna relación de los últimos cinco años.

No relacionaba a las dos mujeres. No tenía manera de hacerlo.

En la segunda semana de diciembre, el club se reunió para la última sesión del año.

Teresa había puesto velas entre los libros, y alguien había traído turrón que nadie tocó hasta bien entrada la noche, cuando ya se habían leído dos relatos —uno flojo, sobre un reencuentro en un aeropuerto que a todos les pareció previsible, y otro, el segundo, que hizo que Irene se llevara la mano al pecho sin darse cuenta.

Era de Deriva otra vez.

«Aquella noche entendí que el deseo, cuando es verdadero, no pide permiso: lo pide todo, pero en voz baja.

No hay gritos en el deseo que dura. Hay una mano que se demora un segundo más de lo necesario sobre la espalda de otra persona mientras la ayuda a ponerse el abrigo, un segundo que ambos notan y que ninguno menciona, y en ese segundo cabe más verdad que en meses de palabras.

Yo no sé si ella lo sintió también. Pero elijo creer que sí, porque la alternativa —que ese segundo fuera solo mío— es demasiado solitaria para sostenerla. »