Correspondencia #4
Pasaron seis meses antes de que la caja de madera volviera a abrirse.
No porque la historia se hubiera apagado —al contrario, Elena había dejado su piso al cabo de dos meses, en parte porque el contrato terminaba y en parte porque cada vez pasaba más noches en el tercero sin ascensor que en su propia cama—, sino porque, como habían intuido aquella primera noche, ya no necesitaban el papel.
Se hablaban en voz alta, se dejaban notas cortas pegadas en la nevera, discutían por las mañanas sobre quién había terminado el café sin poner más, y todo eso, con ser mucho menos solemne que las cartas, tenía una intimidad que ninguna posdata ingeniosa podría haber igualado.
Fue Nicolás quien encontró la caja, buscando un cargador extraviado en el fondo del armario, y se quedó un momento mirándola sin abrirla, como quien reencuentra algo que había olvidado que aún importaba.
—Elena —llamó hacia la cocina—. Ven a ver esto.
Ella llegó secándose las manos en un trapo, y en cuanto vio la caja sobre la cama sonrió con una mezcla de ternura y de algo parecido al pudor, como si aquellas cartas pertenecieran ya a otras dos personas, a versiones más jóvenes y más cautas de ellos mismos.
—Pensé que las habíamos jubilado.
—Y las hemos jubilado. —Nicolás se sentó en el borde de la cama, la caja entre las manos—. Pero me he dado cuenta de que no hemos escrito la última. La que dijimos que escribiríamos entre los dos.
—¿La cuarta carta?
—La cuarta carta.
Elena se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro con la misma naturalidad de siempre, esa naturalidad que ya no tenía nada de la torpeza inicial de dos desconocidos aprendiéndose el uno al otro.
Miró la caja, los sobres ordenados por fecha, los bordes gastados de tanto releerlos, y pensó en la traductora que había sido meses atrás, sola en una cocina con limones pudriéndose sobre la mesa, incapaz de imaginar que un error de reparto postal fuera a cambiarle la vida entera.
—¿Y qué diría esa carta? —preguntó ella—. Ya no tenemos nada que confesarnos. Lo sabemos todo el uno del otro. Sé cómo ronca cuando duerme boca arriba. Sabes que leo el final de los libros antes de empezarlos.
—Puede que esa sea justo la carta que falta. —Nicolás sacó una hoja en blanco del cajón de la mesilla, y un bolígrafo, y se los tendió a Elena—. No una carta de deseo. Una carta que diga simplemente esto: que lo que empezó como un error se convirtió en lo más certero que nos ha pasado a los dos.
Elena tomó el papel, lo apoyó sobre la caja de madera a modo de mesa improvisada, y durante un rato largo no escribió nada, mirando por la ventana la misma luz oblicua de siempre entrando entre las lamas de la persiana, la luz que Nicolás había descrito una vez en una carta destinada a otra mujer y que ahora, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, pertenecía solo a ellos.
Al final escribió, con la misma letra que él había reconocido en un café meses atrás sin haberla visto nunca:
Querido Nicolás
Llevo toda la vida leyendo el final de los libros antes de empezarlos para no tener miedo durante la lectura.
Contigo hice lo contrario: no supe nada del final, ni siquiera supe, durante mucho tiempo, si habría un final feliz o simplemente un final, y aun así seguí escribiendo, seguí leyendo tus cartas, seguí subiendo esa escalera sin ascensor una y otra vez.
Ahora sé cómo termina, o cómo sigue, que quizá sea más exacto: sigue en las mañanas en que discutimos por el café, en las noches en que ya no hace falta escribir nada.
Esta caja nos recuerda que hubo un tiempo en que tuvimos que inventarnos el valor para decir las cosas, y que ese valor mereció la pena.
No hay posdata esta vez. O la posdata es esto mismo: que ojalá todo el mundo tuviera la suerte de recibir, aunque sea una sola vez en la vida, una carta que no era para ellos y que terminara siéndolo de todos modos.
Con todo lo que ya no necesito fingir,
Elena
Le tendió la hoja sin decir nada. Nicolás la leyó despacio, con la misma atención con que había leído cada una de sus cartas anteriores, y cuando terminó no dijo nada tampoco: la dobló con cuidado, la metió en un sobre nuevo, y escribió en el frente, en lugar de una dirección, solo dos palabras: Para siempre.
Luego la guardó en la caja, encima de todas las demás, como quien cierra un círculo sin necesidad de anunciarlo, y la dejó de nuevo en el fondo del armario, no porque quisiera olvidarla, sino porque algunas cosas, una vez completas, no necesitan quedar a la vista para seguir siendo verdad.
Esa noche, mientras cenaban en la pequeña cocina del piso, Elena levantó la vista de su plato y preguntó, medio en broma, medio en serio:
—¿Crees que la Marina de verdad, la de la primera carta, sabe alguna vez que su historia de amor terminada terminó siendo el principio de otra?
Nicolás sonrió, sirviéndose más vino.
—Espero que no. Prefiero que esta sea solo nuestra.
—Nuestra y de un cartero despistado.
—Al que, por cierto, le debemos una caja de bombones.
Se rieron los dos con esa risa fácil de quien ya no necesita medir cada palabra antes de soltarla.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo de siempre, ajena a que en un tercer piso sin ascensor una historia que había empezado por error acababa de encontrar, por fin, su forma definitiva: no una carta más, sino una vida entera escribiéndose día a día, sin necesidad ya de sello, ni de espera, ni de las iniciales que una vez bastaron para protegerlos del miedo de decir demasiado.
FIN DEL RELATO