Tu nombre en mi sangre Capítulo 22. La memoria del fuego #3
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Capítulo 22. La memoria del fuego #3

Aurora añadió una quinta tarea: regresar antes de que Catalina tuviera que esperarlos. Nicolás no señaló que algunas promesas dependían de cuerpos mortales. Cerró el cuaderno y dejó que la frase conservara su esperanza sin convertirla en garantía.

En la página siguiente escribió la fecha del incendio y dejó el resto vacío. Los supervivientes llenarían aquel espacio si querían. La destrucción del archivo no autorizaba a Aurora a redactar una versión única de la victoria.

Nicolás dibujó debajo una puerta abierta. Aurora reconoció el signo de Olvido y añadió una mancha de tinta azul. Ninguno de los dos símbolos explicaba la noche. Bastaban para recordar que habían salido sin llevarse todas las historias.

El resto seguiría perteneciendo a quienes lo habían vivido.

Incluso después del fuego.

Nicolás permaneció sentado frente a Aurora. Ninguno había hablado del vagón.

—¿Cuánto recuerdas? —preguntó ella.

—El depósito. La casa. La noche en que me diste sangre. Tu enfermedad y la conversión. Hay huecos entre las escenas.

—Yo he perdido algunas.

—¿Cuáles?

—El momento en que me llamaste Aurora. Parte de la conversación sobre Aldara. También perdí cuando te conté que Tomás me había pedido matrimonio.

Nicolás sonrió.

—¿Lo hizo?

—Dos veces. La segunda fue después de saber que existías.

—Empiezo a detestarlo.

—No te gustaba cuando lo conociste.

—Una prueba de que conservo buen criterio.

Aurora se acercó. Tocó la cicatriz que la bayoneta había dejado en el abdomen de Nicolás.

—¿Te arrepientes de haberte detenido?

Él no respondió deprisa.

—Deseo el resto. Sería fácil mentirte y decir que ya no. También sé lo que habría encontrado al terminar: una mujer muerta y una historia que solo podría recordar yo.

—Podrías haberme conservado entera.

—Una memoria entera no es una persona.

Aurora apoyó la cabeza en su hombro. Al otro lado de la pared, una locomotora silbó. La ciudad se preparaba para otro día sin saber qué había ardido junto a sus vías.

—Nos iremos esta noche —dijo Nicolás—. El primer tren hacia León.

—Catalina se enfadará si no nos despedimos.

—Catalina se enfadará aunque lo hagamos.

—Es una de sus virtudes.

Cuando cayó la noche, encontraron a sus amigos en la estación. Tomás llevaba una maleta con vendas y dinero. Catalina había preparado comida que ninguno necesitaba. También entregó a Aurora una bolsa con las cartas de Ramona y la de Amalia.

—Volverás —dijo.

Aurora recordó una despedida similar en la voz de su madre.

—Volveremos.

—No tardes treinta años.

El tren comenzó a moverse. Aurora subió al vagón y Nicolás lo hizo detrás. Desde la ventanilla vieron a Catalina levantar el bastón y a Tomás quitarse el sombrero.

Oviedo quedó atrás entre humo, tejados y campanas.

Nicolás sacó el pañuelo. El nombre se había manchado con sangre reciente, pero seguía allí.

—¿Por qué lo escribí? —preguntó.

Aurora conocía ahora la respuesta desde su propia memoria y desde la que había regresado a él.

—Para saber a quién debías proteger.

—Me parece una promesa bastante arrogante.

—Lo era. Yo me he protegido muchas veces sola.

Nicolás dobló el pañuelo y se lo devolvió.

—Entonces diré que lo escribí para encontrarte.

Aurora lo ató a su muñeca.

—Ya me habías encontrado. El mérito fue no perderme otra vez.

El tren tomó una curva y la estación desapareció detrás de las casas. Catalina siguió visible unos segundos, pequeña bajo el humo. Aurora la vio bajar el brazo y apoyarse en Tomás.

—Está enferma —dijo.

—No quería que la detuvieras.

—Podrías habérmelo contado.

—Me pidió que no lo hiciera.

Aurora cerró los dedos sobre el pañuelo.

—Todos a mi alrededor han decidido alguna vez qué dolor puedo soportar.

—Incluida tú.

La corrección era justa. Aurora había mentido a Ramona, ocultado su miedo a Nicolás y utilizado el silencio como protección.

—Cuando Catalina muera, quiero estar cerca.

—Estaremos.

—No puedo presentarme ante su familia con esta cara durante años.

—Encontraremos una forma.

Nicolás sacó el cuaderno. En una página nueva escribió la fecha y el nombre de Catalina. Después añadió: Nos despedimos en la estación. Se apoyó en Tomás cuando creyó que Aurora no miraba.

—No quiero un registro de su enfermedad —dijo Aurora.

Él tachó la frase.

—¿Qué escribimos?

Aurora pensó en el bastón levantado, las cartas falsas y la mujer que amenazó a un vampiro con lejía.

—Que nos obligó a volver.

Nicolás lo anotó.

Durante los años siguientes regresaron a Asturias con identidades distintas. Nunca permanecían más de dos noches. Catalina aceptó verlos a solas y se negó a beber sangre para prolongar una vida que consideraba suficientemente ocupada.

Murió en 1892. Aurora llegó tarde por un día.

La nieta le entregó una carta dirigida a «la sobrina francesa». Catalina había escrito una sola página.

No empieces a contar lo que faltó. Tu madre ya te avisó.

He vivido sesenta y nueve años, he criado a una hija, he conocido a mis nietos, he salvado a una muchacha vestida de hombre y he falsificado correspondencia internacional sin saber francés.

Si después de todo eso conviertes mi muerte en una derrota, volveré para tirarte de los pies.

Debajo añadió una posdata.

La lápida está mal escrita a propósito.