Epílogo. Los nombres que quedan
Epílogo
Los nombres que quedan
La tumba de Catalina Llaneza tenía una falta de ortografía.
Aurora se agachó delante de la lápida y pasó los dedos por el apellido. El cantero había escrito Llaneça con una cedilla anacrónica que Catalina habría considerado un ataque personal.
—Voy a corregirla —dijo.
Nicolás dejó las flores sobre la piedra.
—Murió hace siete años. Puede esperar a que termine el invierno.
—Lleva siete años soportándolo.
—Según su nieta, eligió la lápida.
Aurora se volvió.
—Entonces lo hizo para que yo protestara.
Habían regresado a Oviedo bajo otros nombres.
Ella figuraba como sobrina de Aurora Hevia, nacida en Francia.
Nicolás era un comerciante viudo. La ciudad había crecido más allá de los límites que recordaban.
Había calles nuevas, escaparates iluminados y personas que caminaban cerca de la estación sin detenerse a contemplar el prodigio del tren.
La víspera recorrieron la calle del Rosal. La casa de Ramona se había convertido en una mercería. Una joven colocaba botones en el escaparate y dos niñas hacían los deberes detrás del mostrador. Aurora entró para comprar hilo.
—¿De qué color? —preguntó la dependienta.
Aurora miró los cajones que ocupaban el lugar del antiguo comedor.
—Rojo.
—Tenemos carmesí, granate y escarlata.
Eligió granate. Mientras la joven envolvía el carrete, una de las niñas derramó tinta sobre el cuaderno. Su madre la regañó y la niña respondió que las manchas demostraban que había trabajado.
Aurora reconoció la frase. Se la decía a Ramona cada vez que ensuciaba una falda copiando periódicos.
—¿Quién le enseñó eso? —preguntó.
La niña señaló a una mujer anciana sentada junto a la estufa.
—Mi abuela. Conoció a la señora que vivía aquí.
La anciana miró a Aurora durante unos segundos.
—Usted se parece a ella —dijo.
—Era hermana de mi abuela.
—Tenía una hija que se marchó a Francia. Su madre esperó muchos años.
Aurora sostuvo el paquete de hilo.
—La hija también la recordó.
—Recordar desde lejos es sencillo.
La mujer no lo dijo con malicia. Aurora pagó y salió antes de responder con una defensa que llegaba décadas tarde.
Nicolás la esperaba frente al antiguo hospital. El edificio mostraba ventanas distintas, aunque la puerta del patio seguía en el mismo lugar.
—¿Quieres entrar? —preguntó.
—Ya no hay nada nuestro.
—Queda la pared desde la que saltamos.
—Eso lo recuerdas porque te lo conté.
—También recuerdo el miedo a que cayeras. Puede ser un fragmento recuperado o una invención construida durante años.
Aurora le entregó el carrete.
—¿Te molesta no saberlo?
—Menos que antes.
Caminaron hasta el cementerio. La ciudad no les devolvió la vida abandonada. Les permitió comprobar que otras personas habían ocupado las casas, las frases y los días. El descubrimiento dolía y, al mismo tiempo, impedía que el pasado se convirtiera en un mausoleo.
Tomás vivía retirado con una hermana. Había perdido casi toda la vista. Lo visitaron la noche anterior en una casa cercana a la Catedral. Una criada joven abrió y negó que el doctor recibiera pacientes.
—No venimos por una consulta —dijo Aurora.
—Entonces menos. Se pasa el día leyendo papeles que ya no puede ver y por la noche necesita dormir.
—Dígale que Aurora Hevia ha vuelto para discutir una factura.
Desde el salón llegó la voz de Tomás.
—Déjala entrar. Nadie más utilizaría una amenaza tan aburrida.
El médico se levantó al oírlos. Tenía setenta y tres años, el cuerpo encorvado y los ojos cubiertos por una película gris. Palpó el aire hasta encontrar la cara de Aurora.
—No has cambiado —dijo.
—Tú tampoco mientes mejor.
Tomás rió y buscó a Nicolás.
—¿Sigue con nosotros?
—A veces —respondió él.
Sobre la mesa esperaba el último cuaderno. Contenía el resultado de las investigaciones posteriores al incendio. Dos médicos fueron condenados por secuestro y falsificación. El notario Valdés murió antes del juicio. Los demás colaboradores se dispersaron. Ninguno habló de vampiros.
—La justicia llegó con treinta años de retraso y una venda en los ojos —dijo Tomás—. No es una metáfora elegante, pero se ajusta a mi experiencia.
Aurora pasó las páginas. Tomás había anotado el destino de Elisa, de los humanos rescatados y de varias familias. También había copiado la noticia de la muerte de Iago en 1896. Un derrumbe cerró la mina mientras él sacaba a dos trabajadores. Nadie comprendió por qué el cuerpo no apareció.
—Sigue vivo —dijo Nicolás—. Escribió desde A Coruña hace un año.
Tomás sonrió.
—Entonces puedo corregirlo.
Aurora le dio la dirección. El médico trazó una línea sobre la palabra muerto y escribió desaparecido. Su letra temblaba, aunque el nombre quedó claro.
—Quédatelo —dijo, entregándole el volumen—. He terminado de guardar vuestros secretos.
—Podemos volver en primavera.
Tomás cerró la mano sobre la de Aurora.
—Prefiero que no. He pasado media vida esperando que llegarais con otra herida, otro nombre o una noticia que no pudiera explicar. Quiero emplear lo que queda en aburrirme.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Y perderme la oportunidad de verte entrar con la misma cara después de cuarenta y cuatro años.
Nicolás dejó sobre la mesa una botella de vino.
—Es bueno —dijo.
—Usted nunca supo distinguirlo.
Tomás aceptó la botella. Aurora lo abrazó con cuidado. Esta despedida no necesitaba una mentira sobre Francia ni una promesa de regreso.
Respetarían su petición.
Elvira enviaba cartas desde Marsella. Leonor había muerto en 1891, después de seis años en una casa frente al mar. Nunca recuperó su historia, pero tocaba sobre una mesa la misma melodía cada tarde. Elvira había aprendido a acompañarla.
Amalia Cueli seguía en Avilés. Sus hijos conocían a Catalina como la mujer que salvó a su madre durante el cólera. La versión era incompleta y suficiente.
Aurora limpió hojas húmedas de la tumba.
—Catalina me hizo prometer que no convertiría su muerte en una escena triste —dijo.
—También me hizo prometer que evitaría que corrigieras la lápida con un cuchillo.
Aurora ya había sacado la tenaza.
—Esto no es un cuchillo.
—Conservas una interpretación creativa de las promesas.
Nicolás se sentó en el borde de una tumba vecina. Seguía aparentando la misma edad, aunque Aurora encontraba cambios que ningún espejo mostraría. Había aprendido a quedarse quieto sin parecer ausente. Ya no consultaba la página arrancada de su cuaderno. La guardaban con las cartas de Ramona.
—Anoche recordé algo —dijo.
Aurora dejó la tenaza.
—¿De 1855?
—Estábamos junto a un río. Había pan aplastado y dijiste que yo arruinaría una librería porque regalaría los libros.
—Eso ocurrió.
—No sé si el recuerdo volvió o si me lo contaste en la playa de Gijón.
—¿Importa?
Nicolás pensó la respuesta.
—Antes habría dicho que sí.
Aurora se sentó a su lado. Habían pasado catorce años sin que él volviera a beber de ella.
En algunas noches el deseo aparecía entre ambos, reconocido y sin convertirse en amenaza.
Aurora tampoco quería recuperar los fragmentos perdidos bebiendo de Nicolás.
La relación había aprendido a convivir con habitaciones cerradas.
—Recuerdo que llovía —dijo ella—. Tú habías olvidado un cuchillo y usaste la tenaza. El pan quedó hecho una pasta.
—En mi recuerdo no llueve.
—Tal vez esa parte era de Gijón.
—Entonces hemos mezclado dos cenas malas.
—Una mejora razonable.
Las campanas de la Catedral sonaron a lo lejos.
Aurora pensó en Jacinta, Teresa, Gaspar, Ramona y Catalina.
Durante años creyó que recordar sus nombres era una forma de impedir que murieran.
Ahora sabía que la memoria no resucitaba a nadie.
Servía para responder por lo que uno hacía con la vida recibida.
Nicolás abrió su cuaderno. Las páginas nuevas ya no reunían muertos. Había anotado lugares, personas rescatadas, errores que no querían repetir y pequeñas escenas que temía confundir con recuerdos ajenos.
En la última página escribió:
Oviedo. Catalina Llaneza. Una falta en la lápida. Aurora ha traído una tenaza al cementerio.
—Añade que pienso arreglarla —dijo ella.
Nicolás obedeció.
—¿Adónde iremos después?
—Elvira habla de una casa en Marsella.
—Demasiado sol.
—Galicia.
—Demasiada familia de la que inventar parentescos.
Aurora señaló el cielo gris.
—Podríamos quedarnos una temporada.
Nicolás miró la ciudad. Ninguno de los dos necesitaba fingir que aún pertenecía a ella. Podían quererla como se quiere un lugar que ha conocido todas las versiones de uno mismo y no conserva ninguna completa.
—Una temporada —aceptó.
Antes de abandonar el cementerio, Aurora abrió la carta de Catalina que había llevado doblada durante siete años. Leyó la posdata y contempló la cedilla.
—Sabía que regresaríamos.
—Conocía tu incapacidad para tolerar un error escrito —dijo Nicolás.
—No es un error si lo hizo a propósito.
—Entonces puedes dejar la piedra intacta.
Aurora guardó la tenaza con cierta decepción.
—Una cosa no conduce a la otra.
Nicolás escribió una línea más en el cuaderno: Catalina ha ganado la última discusión.
Aurora no protestó. Se quedó sentada mientras el viento movía las flores. El duelo ya no se parecía a una cuenta pendiente. Catalina había conseguido convertirlo en una conversación que continuaba sin exigir que nadie fingiera una presencia.
Aurora guardó la tenaza. Sacó el pañuelo y lo dejó bajo las flores de Catalina durante unos segundos. La sangre había perdido casi todo el color. Las letras seguían legibles.
Aurora Hevia.
Nicolás leyó el nombre y levantó la vista hacia ella.
El nombre no produjo un reconocimiento súbito ni necesitaba hacerlo. Nicolás la conocía.