Tu nombre en mi sangre Capítulo 22. La memoria del fuego #2
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Capítulo 22. La memoria del fuego #2

—Treinta años para quemar un almacén —dijo—. Podíamos haber traído más aceite.

Aurora la abrazó.

—Tú ya hiciste suficiente.

—Eso decidiré yo.

Los guardias encontraron el vagón al amanecer. Nicolás y Aurora habían regresado antes. El cielo clareaba y la piel de ambos empezaba a arder.

Aldara seguía inmóvil. Elvira entró con Leonor. La anciana tarareaba la melodía del recuerdo.

Por fin, Aldara miró el rostro que había vaciado durante décadas.

—Leonor —dijo.

—No te reconoce —respondió Elvira.

—Puedo recuperarla.

—Matándome.

—Te hice para eso.

Elvira inclinó la cabeza. Ya no buscaba una respuesta distinta.

—Y yo he vivido para impedirlo.

Nicolás tomó una lámpara. Aldara miró a Aurora.

—Dentro de cien años, él querrá terminar.

Aurora sostuvo la mano de Nicolás. Había recuerdos de 1855 que ya no podía encontrar. Otros habían quedado duplicados en él. La pérdida dolía, aunque no la había vaciado.

—Dentro de cien años tendrá que preguntármelo.

Nicolás arrojó la lámpara.

El fuego cubrió el suelo del vagón y alcanzó el vestido de Aldara. La plata le impedía moverse. No gritó. Miró a Leonor hasta que las llamas borraron su expresión.

Elvira condujo a la anciana hacia la sombra. Tomás y Catalina se habían marchado antes de que los guardias descubrieran otra parte de la historia. Aurora y Nicolás corrieron hacia un cobertizo, cubiertos con mantas.

No llegaron directamente. Junto a la salida, el jefe de estación intentaba explicar el incendio a dos agentes. El empleado al que Nicolás había dejado vivir señaló el vagón.

—Había un hombre —dijo—. Le dispararon y siguió caminando.

Aurora cambió de dirección. Entró en la oficina de mercancías por una ventana rota y encontró los manifiestos que había consultado.

Si los agentes relacionaban los envíos con las personas rescatadas, quizá descubrieran una parte de la red.

También podían seguir los nombres falsos de Nicolás y los escondites de Elvira.

—¿Qué conservamos? —preguntó.

—Los consignatarios humanos —respondió Nicolás—. Las direcciones de los cautivos ya las tiene Tomás.

Arrancaron seis hojas y quemaron el resto dentro de un cubo. Aurora dejó sobre la mesa la carta del tío de Amalia y la relación de pagos de Gaspar. Treinta años atrás, esos documentos no bastaron para condenar a los responsables. Unidos a los manifiestos podían hacerlo.

—El capitán Junquera está muerto —dijo Nicolás.

—Otros no.

—Aldara ya no puede protegerlos.

—Entonces conocerán una clase de justicia menos rápida que la nuestra.

Un guardia entró. Aurora se escondió detrás de la puerta. Nicolás permaneció junto al escritorio, cubierto de sangre, sin espacio para fingir.

El hombre levantó el fusil.

—¿Qué demonios es usted?

—Un testigo —respondió Nicolás.

Aurora lo golpeó con la culata de una pistola antes de que disparara. Lo dejaron inconsciente y salieron por la ventana.

En el patio, Catalina hablaba con el jefe de estación. Había transformado el incendio en una trama de contrabando, secuestros y corrupción. La historia era cierta salvo por los muertos que caminaban, y esa parte resultaba tan improbable que nadie necesitaba negarla.

—Mi sobrina encontró los documentos y esos criminales se la han llevado —decía—. Si la policía no llega, iré yo misma al gobernador.

Aurora pasó detrás de ella sin ser vista. Catalina alzó la voz para cubrir sus pasos.

Tomás condujo a los rescatados hasta dos carros. La muchacha recién convertida se llamaba Elisa. Había atacado a un donante y se encontraba atada, aterrorizada por lo que acababa de hacer.

—No me deje con ellos —pidió a Aurora.

—Irás con Elvira. Puede enseñarte.

—¿A hacer qué?

—A detenerte. A decidir dónde vivir. A cometer errores que no terminen con una persona muerta.

Elisa miró a Nicolás.

—¿Él la convirtió?

—Él me dio su sangre.

—¿Sigue siendo su dueño?

Aurora pensó en Aldara, en Isabel y en la cadena de palabras con las que los vampiros justificaban la posesión.

—Nunca lo fue.

Dejó a Elisa con Elvira y corrió hacia el cobertizo. La luz empezaba a quemarle las mejillas. Nicolás la cubrió con su abrigo. Ambos alcanzaron la sombra cuando el primer guardia entraba en el vagón incendiado.

Esperaron allí durante el día. La luz entraba por las grietas y trazaba líneas peligrosas sobre el suelo.

Desde el cobertizo oyeron cómo la versión humana de la noche tomaba forma.

Llegaron funcionarios, un juez y dos médicos.

Catalina repitió los nombres de los consignatarios hasta que alguien los escribió.

Olvido declaró que había encontrado irregularidades en los manifiestos y ocultó su participación en el cambio de agujas.

Tomás consiguió que los rescatados fueran tratados como víctimas de secuestro.

Elvira se marchó con Leonor, Elisa y los otros vampiros antes del mediodía. Dejó una nota bajo una piedra. No sabemos aún adónde iremos. Esa es la parte buena.

Baltasar tomó un camino distinto. Conservaba la página arrancada del archivo y la carta de Alonso, recuperada del libro antes del incendio. No se la mostró a Nicolás.

—Vendrá cuando quiera compartirla —dijo Aurora.

—O la quemará.

—También puede hacerlo.

Nicolás observó el hilo de luz que avanzaba por el suelo.

—Sé que la carta no decía que me perdonaba.

—Sabes lo que Baltasar contó.

—Le creo.

—Entonces no necesitas el papel.

—Lo deseo.

Aurora entendía la diferencia. Desear una memoria no desaparecía al renunciar a poseerla. Solo dejaba de mandar.

Cuando los agentes sacaron los restos de Aldara, encontraron la bayoneta derretida dentro del pecho. La anotaron como pieza de un arma antigua. Nadie pudo explicar por qué los huesos parecían pertenecer a una mujer muerta siglos atrás.

El juez ordenó detener a tres consignatarios y al antiguo notario Valdés. Dos ya habían huido. El tercero se presentó convencido de que Aldara pagaría su silencio. Aurora escuchó cómo pedía hablar con la señora de Tineo hasta que comprendió que nadie acudiría.

La muerte de Aldara no deshizo la red. En Santander, Burdeos y Madrid quedaban colaboradores, archivos y personas convertidas para guardar recuerdos.

Sin ella, algunos intentarían ocupar el centro.

Otros huirían. La victoria consistía en haber roto la certeza de que todos los caminos regresaban a una sola dueña.

Aurora abrió el cuaderno y escribió tres tareas. Localizar a las familias. Avisar a quienes figuraban en los manifiestos. Preguntar a cada superviviente qué deseaba conservar.

Nicolás añadió una cuarta: Aprender lo que falta sin beberlo.

—Esa puede llevarnos más tiempo —dijo ella.

—Disponemos de una cantidad indecente.