Capítulo 22. La memoria del fuego
La memoria del fuego
Aldara reconoció la cinta.
Durante el instante que tardó en mirarla, Aurora agarró la bayoneta y atacó. La punta rozó el costado de Aldara. Ella retrocedió y golpeó la muñeca de Aurora. El arma cayó cerca de la puerta abierta.
El vagón había salido del almacén. Avanzaba despacio por una vía secundaria, empujado hacia la línea principal. Nicolás seguía colgado del borde. Agarró la bayoneta con la mano libre.
Aldara pisó sus dedos.
—Siempre fuiste un experimento decepcionante.
—Y usted una madre peor —dijo Aurora.
Aldara se volvió. Aurora utilizó la cuerda cortada para rodearle el cuello. No podía vencerla por fuerza, así que tiró hacia un lado y se dejó caer por el otro. Aldara perdió el equilibrio.
Nicolás subió al vagón. Clavó la bayoneta entre los omóplatos de su creadora.
La punta no alcanzó el corazón. Aldara gritó y lo lanzó contra las cajas. El metal quedó dentro de su espalda.
Aurora conocía su forma de luchar. Durante años, Nicolás le había descrito los ataques de Aldara y Elvira le había mostrado las cicatrices que dejaron.
La inmortal protegía el lado izquierdo, anticipaba golpes al cuello y utilizaba el peso del contrario para derribarlo.
También giraba hacia la derecha al sentir una herida en la espalda.
—A tu derecha —avisó.
Nicolás obedeció. Cuando Aldara giró, él agarró la empuñadura y empujó la bayoneta. La hoja atravesó el pecho.
La inmortal cayó de rodillas.
El tren aumentó velocidad. Faroles y almacenes pasaban al otro lado de la puerta. Aurora encontró el freno manual y tiró. El mecanismo se resistió.
Nicolás sujetó la palanca. Entre ambos consiguieron moverla. Las ruedas chirriaron. El vagón se detuvo antes de incorporarse a la vía principal.
Aldara yacía en el suelo, paralizada por la plata. Sus ojos seguían conscientes.
—Sacaremos a los demás —dijo Aurora.
—Si retiráis el arma, os mataré.
—Lo sabemos.
Nicolás levantó a Aurora. Ella apenas podía caminar. Salieron del vagón y regresaron al almacén. Una columna de humo ascendía por el hueco de la plataforma. El aceite de la lámpara había prendido las cajas, aunque el agua impedía que el fuego se extendiera a la galería.
Tomás atendía a los humanos en el patio. Catalina había llegado con cuatro guardias y una historia sobre contrabandistas que escondían enfermos. Los hombres aceptaron la explicación porque podían arrestar a alguien sin admitir que habían visto criaturas encadenadas.
Elvira esperaba junto a la entrada subterránea. Las heridas seguían abiertas.
—¿Aldara? —preguntó.
—En el vagón —respondió Nicolás—. Inmovilizada.
—¿Has recordado?
—Lo suficiente.
Elvira miró a Aurora. Comprendió el resto por su debilidad.
—Necesita sangre.
Tomás se acercó con una botella.
—Es de uno de los detenidos. La ha ofrecido después de que le explicara que puede salvar a la mujer que abrió su celda.
Aurora bebió despacio. La sangre humana devolvió calor a los músculos y cerró parte de las heridas. Ningún recuerdo la acompañó porque el donante estaba vivo y lejos de la muerte.
—Quedan siete vampiros abajo —dijo Elvira—. Cuatro pueden salir si se alimentan. Los otros llevan años mutilados.
—Preguntaremos qué desean —respondió Aurora.
Descendieron. El agua alcanzaba los tobillos.
Las cadenas se abrían con la llave de Gaspar.
Nicolás liberó a una mujer que recordaba su nombre y a dos hombres que habían sido convertidos durante guerras distintas.
El cuarto era una muchacha llegada en uno de los ataúdes de la estación.
Apenas controlaba el hambre, aunque aceptó beber de una botella.
Elvira abrió la celda de Baltasar. La argolla de plata se había incrustado en el cuello y la cerradura no respondía a la llave. Nicolás utilizó la bayoneta para separar el metal. La piel empezó a cerrar con lentitud.
—Alonso pensó en usted —dijo el cautivo.
Nicolás se quedó inmóvil.
—Aldara me ofreció su sangre.
—Lo sé. Oí la copa romperse.
Baltasar se abrió la muñeca con una uña.
—Puede beber ahora. No le pediré nada.
La sangre cayó al agua. Nicolás miró a Aurora. Ella no podía decidir por él ni convertir una renuncia en prueba de amor. Baltasar también tenía derecho a ofrecer lo que llevaba dentro.
—¿Quiere que conozca ese recuerdo? —preguntó Nicolás.
—Quiero dejar de ser la única persona que lo guarda.
—Puede contármelo.
—Las palabras no contienen cómo pronunció su nombre.
Nicolás se acercó. Aurora vio el deseo. No era igual al hambre que sentía por ella. Aquel recuerdo pertenecía a un hermano muerto y no exigía la vida del portador. Beber una pequeña cantidad podía liberar a Baltasar de la soledad sin dañarlo.
—¿Cuánto? —preguntó Nicolás.
—Lo que quepa en una copa.
Elvira entregó un recipiente. Baltasar llenó menos de la mitad. Nicolás bebió.
La memoria cambió su cara. Cerró los ojos. Durante unos segundos respiró como si el pecho pudiera devolverle un latido.
—¿Qué ha visto? —preguntó Aurora cuando volvió.
—Alonso estaba en la escalera. Le pidió a Baltasar que dejara la puerta abierta por si yo regresaba. Dijo que siempre llegaba tarde porque esperaba que alguien fuese a buscarme.
—¿Lo perdonó?
Nicolás miró al cautivo.
—No habló de perdón. Quería verme.
Baltasar sonrió.
—Ahora ya no está solo conmigo.
Nicolás cerró la herida de su muñeca. El recuerdo había cambiado de cuerpo sin violencia y sin acercar a nadie a la muerte. Aldara utilizó el mismo don para apropiarse de vidas. Allí, dos personas acababan de compartirlo con límites claros.
—¿Vendrá con nosotros? —preguntó Aurora.
Baltasar negó.
—Quiero ver arder el libro donde mi vida ocupa dos líneas. Después decidiré.
El agua subía. Ayudó a liberar a los humanos.
Había cinco, sedados en una sala que comenzaba a inundarse.
Uno llevaba uniforme ferroviario. Otra era una mujer embarazada de pocos meses, elegida porque había visto a un médico ocultar un cadáver.
Tomás y los guardias de Catalina los esperaban en la escalera.
La mujer despertó mientras Aurora la cargaba.
—Mi hijo —murmuró, tocándose el vientre.
—Sigue con usted.
—No sabe nada de mí.
—Sé lo necesario para sacarla.
Aurora recordó la historia de Isabel. Aldara también había sido una mujer embarazada y una madre aterrada. La maternidad no impidió su crueldad ni la convertía en explicación suficiente. Aquella mujer viva merecía salir sin que nadie utilizara al hijo como resumen de su valor.
Tomás la recibió arriba. Su pulso temblaba por el esfuerzo, aunque las manos seguían firmes.
—Hay otro humano en la sala del fondo —dijo—. Un niño asegura que su tía está dentro.
Nicolás regresó por él. Encontró a la tía muerta y al muchacho escondido debajo de una mesa. Tenía once años, una herida en la ceja y un trozo de papel apretado en la mano.
—Me hicieron aprender una dirección —dijo—. Querían que pensara en ella si venía la señora.
—No tiene que decírmela —respondió Nicolás.
El niño lo miró con desconfianza.
—¿Entonces para qué me saca?
—Porque está vivo.
Lo llevó hasta Catalina. Ella envolvió al muchacho en su propio mantón y le pidió el nombre.
—Daniel Abad.
—Bien, Daniel. Yo soy Catalina y esta noche todos vamos a fingir que los monstruos son contrabandistas. Es importante que no contradigas a los adultos hasta que estemos lejos.
—Mi tía no se mueve.
Catalina miró a Nicolás. Él negó con una inclinación mínima.
—La traeremos —dijo ella—. Tú vas a salir primero.
No prometió que la mujer estuviera viva. Daniel permitió que un guardia lo llevara al patio.
Aurora encontró a la tía. Había muerto horas antes, sin marcas de mordedura. Aldara la había utilizado para dirigir el recuerdo del sobrino. Tomás cubrió el cuerpo y anotó el nombre que figuraba en una medalla: Teresa Abad.
La dirección que Daniel había aprendido era la misma que Teresa dejó en 1874. Aurora le entregaría solo las palabras que su tía autorizó, sin contarle lo que ella quiso mantener fuera del archivo.
—El niño querrá despedirse —dijo.
—Cuando sea seguro.
—Los guardias harán preguntas.
—Dígales que murió durante el secuestro. La verdad humana basta.
El fuego del piso superior empezaba a ganar fuerza. El humo descendió por la galería. Baltasar entró en la sala de archivos. Arrancó la página con su nombre, la dobló y la guardó.
—Creía que quería verla arder —dijo Nicolás.
—Quiero elegir el momento.
La respuesta habría irritado a Aurora años atrás. Ahora entendía que un nombre podía salir del archivo sin convertirse en propiedad de quien lo rescataba.
Los cuatro vampiros capaces de caminar siguieron a Elvira. La muchacha recién convertida tropezó al oír los corazones del patio. Aurora se colocó delante.
—Míreme. Hay sangre en la botella y personas detrás. Elija una vez.
La joven bebió del vidrio. Después dio otro paso. Tendría que repetir la decisión muchas noches, igual que Sabela, Iago y Aurora. Nadie podía prometer que siempre lo lograría.
En las celdas interiores encontraron tres cuerpos dañados. Uno había perdido la vista y la lengua. Otro no podía recordar el idioma que hablaba. La última era una mujer muy vieja que repetía la misma melodía con los labios cerrados.
Elvira la reconoció.
—Leonor.
Se arrodilló delante de ella. La mujer tocó su cara y comenzó a mover los dedos sobre un piano invisible.
—Aldara dijo que habías muerto —susurró Elvira.
Leonor sonrió. No pareció reconocerla.
Elvira miró a Aurora.
—Quiero sacarla.
—La ayudaremos.
Los otros dos cautivos pidieron morir. Nicolás se ocupó de uno. Aurora del otro. Le preguntó el nombre antes de romperle el cuello.
—Martín Peñalba.
—Lo recordaré.
—No —dijo él—. Es mío. Déjelo terminar conmigo.
Aurora aceptó. La petición contradecía la costumbre que había dirigido su vida, aunque respetar un nombre también podía significar no apropiarse de él.
Incendiaron las estanterías cuando los vivos estuvieron fuera. Tomás había copiado los nombres humanos y las direcciones que podían servir para devolverlos a sus familias. Los registros de memorias, los frascos y las muestras de sangre quedaron en las llamas.
Catalina observó el fuego desde el patio.