Tu nombre en mi sangre Capítulo 21. Tu nombre en mi sangre #3
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Capítulo 21. Tu nombre en mi sangre #3

Otra escena llegó antes de que pudiera sostener la anterior. Caminaban detrás de la Catedral la noche previa al contagio. Aurora llevaba un trozo de pan para su madre y Nicolás fingía que el frío le molestaba. Ella le preguntó qué haría si pudiera envejecer.

Me quejaría de las rodillas, había respondido.

Aspiras a muy poco.

He vivido bastante para respetar las ambiciones alcanzables.

Aurora se rio y él pensó que amarla consistía en desear años que su cuerpo ya no podía mostrar.

La memoria entró en Nicolás y salió de Aurora. Ella dejó de saber en qué calle mantuvieron la conversación. Conservó la sensación de caminar bajo el frío, aunque la voz se perdió.

Llegó otro fragmento: Nicolás vigilando desde un tejado mientras Aurora visitaba la ventana de Ramona en 1874. Él la vio agarrada a una chimenea para no bajar y nunca se lo contó. Aurora había recibido aquel recuerdo durante la conversión. Ahora el tejado, la ventana y la pena cambiaban de dueño.

La devolución no funcionaba como una copia. Cada imagen que Nicolás recuperaba abría una ausencia en ella. Aldara había descrito una transferencia limpia porque nunca consideró importante lo que dejaba de existir en el convertido.

Aurora vio el depósito desde los ojos de Nicolás.

Se vio descalza, sosteniendo una tenaza, furiosa ante el cuerpo de Jacinta.

Sintió la sorpresa de él al descubrir que no huía.

La escena cambió. Catalina amenazaba con lejía.

Tomás cerraba una puerta. Aurora saltaba desde una ventana entre los brazos de Nicolás.

Los recuerdos regresaban a su origen y al mismo tiempo abandonaban el cuerpo de Aurora. Cada uno dejaba un espacio helado.

La casa sin espejos. El cuaderno. La cocina. El cuello ofrecido. El beso. La lluvia. El vestido azul.

Nicolás bebió más.

Aurora golpeó dos veces el asiento.

Él no se detuvo.

Aldara observaba con una expresión de triunfo que ya no intentaba disimular.

Aurora perdió el recuerdo de Ramona en el dormitorio. Vio a Nicolás recibirlo: una madre arreglando una manta, un abrazo que él no quiso mirar. La ausencia dolió de un modo físico. Intentó llamarlo y solo consiguió un gemido.

Nicolás se apartó un centímetro. Volvió a morder.

Recibió el momento de la conversión. Su propia mano escribiendo Aurora Hevia. El miedo a perderla. La voz de ella pidiendo que no convirtiera el nombre en despedida.

Aurora sintió que el corazón, quieto desde 1855, podía morir de otra manera. La fuerza abandonó sus brazos.

—Mírame —dijo.

Nicolás siguió bebiendo.

—No busques a la mujer de aquella noche. Mírame a mí.

La voz alcanzó a Nicolás detrás de los recuerdos. Durante el instante anterior había querido continuar. La verdad seguía allí, vergonzosa y feroz. Podía beber unos segundos más y recibir el beso en la cocina, la confesión de Aurora, cada pensamiento que lo había convertido en el hombre de 1855.

Miró la mano de ella. Llevaba el pañuelo atado cuando Aldara la capturó. En el vagón solo quedaba una marca pálida alrededor de la muñeca.

Nicolás recordó una noche de 1857, después del olvido. Aurora servía sangre de conejo en Gijón y fingía no observarlo. Esa escena siempre había sido suya. No necesitaba matar a nadie para alcanzarla.

Se aferró a ella como a una cuerda.

Él abrió los ojos.

Aurora no sabía qué quedaba en su cara. Había perdido gran parte de las primeras semanas, aunque conservaba León, Bayona, la playa, las cartas y las discusiones que nacieron después. Conservaba al hombre que la conoció sin memoria.

—Si terminas, solo tendrás una historia —murmuró—. La nuestra necesita dos.

Nicolás la soltó.

Cayó de rodillas. La sangre le cubría la barbilla. Aurora se desplomó sobre el asiento.

Aldara lanzó un grito.

—¡La tenías!

Nicolás se volvió hacia ella.

—La tengo.

—Recuerdas cómo la amabas.

—Recuerdo fragmentos.

—Termina.

Nicolás se interpuso entre ambas.

—No necesito conocer cada día para saber a quién elijo.

Aldara atacó. Nicolás recibió el cuchillo en el abdomen y le agarró la muñeca. Chocaron contra la pared del vagón. Aurora trató de levantarse. Su cuerpo no respondía.

La locomotora tiró de los vagones. El suelo tembló. Afuera, los hombres gritaban órdenes.

Aldara arrojó a Nicolás por la puerta abierta. Él alcanzó el borde con una mano. Ella se volvió hacia Aurora.

—Los hijos siempre regresan a su madre —dijo.

Aurora miró el pañuelo caído en el suelo. La sangre de Aldara había humedecido las letras. Se arrastró hasta él y lo levantó.

Junto al nombre de Isabel, en el registro del vagón, Aldara había dibujado una caja y una tabla marcada. Presentaba la bayoneta como otro objeto destinado a dirigir recuerdos, segura de que Aurora no tendría fuerzas para alcanzarla.

Aurora había leído esa entrada mientras fingía atender el discurso de Aldara. No necesitaba heredar su memoria. Bastaba con que la mujer hubiera anotado, por soberbia, el lugar donde escondía su propia muerte.

La tabla más oscura estaba junto al asiento.

Aurora clavó la tenaza entre las juntas y levantó la madera.

Aldara avanzó.

Debajo apareció una caja alargada.

Aurora la abrió.

La bayoneta esperaba envuelta en la cinta roja de Isabel.