Capítulo 21. Tu nombre en mi sangre #2
Aldara no respondió. Aurora insistió porque el silencio era la primera cosa que la otra mujer no había preparado.
—Lope recuperó recuerdos a través de su sangre. ¿Cuáles perdió?
—Una casa.
—Eso es un lugar.
—La voz de mi padre. El nacimiento de Isabel. Una mañana junto al mar. Lope decía que todo seguía existiendo en él.
—Pero dejó de existir en usted.
La cuerda cedió otra hebra. Aurora mantuvo las manos juntas.
—Cuando lo maté, bebí hasta vaciarlo —continuó Aldara—. Recuperé la casa, el mar y la voz. También recibí sus recuerdos de mí. Durante años no supe si me odiaba con mi propio odio o con el suyo.
—Por eso escribe los nombres.
—Los escribo porque la sangre miente cuando cambia de cuerpo.
Aurora miró el suyo en el pañuelo.
—Mi nombre también ha cambiado de cuerpo. Nicolás lo escribió con su sangre. Yo lo llevé durante treinta años. Ahora usted cree que la tela le pertenece porque la robó.
—Él lo escribió para no olvidarte.
—Lo escribió cuando aún podía hacerlo. Después tuvo que aprenderlo sin sangre.
Aldara tomó el pañuelo y pasó el pulgar sobre las letras secas.
—Tu nombre en su sangre es la única verdad que no puedes discutir.
—Puedo discutir cualquier verdad que intente hablar por mí.
—Incluso ahora esperas que te elija.
—Sí.
La admisión sorprendió a Aldara.
—Quiero que me elija y temo que no lo haga. También quiero vivir aunque él elija el recuerdo. Desear ambas cosas no me da derecho a sujetarle la boca contra mi cuello.
—Sería más fácil si lo hicieras.
—Para usted.
Aurora sintió la cuerda casi rota. El nombre no la protegía. Tampoco obligaba a Nicolás. Era un rastro de una elección antigua que solo conservaría valor si podían contradecirla en el presente.
Soltó una mano y la mantuvo oculta detrás del libro. Si Nicolás entraba convertido en instrumento de Aldara, pelearía. Si entraba dispuesto a escuchar, elegirían juntos cuánto podían perder.
Los dedos le sangraban por la plata. Aurora los cerró alrededor de la cuerda rota y esperó. No necesitaba parecer indefensa para que Nicolás decidiera ayudarla. Tampoco fingir fuerza para merecer que llegara.
Podía desear que abriera la puerta sin convertir ese deseo en una deuda. La diferencia era pequeña y había necesitado treinta años para aprenderla.
Tal vez olvidara esa lección al beber. Por eso debía poder decirla antes.
Aldara no podría borrarla sin oírla.
Aurora quería que Nicolás también la oyera antes de acercarse. Después, cualquiera de los dos podía detener la escena.
La confesión no pidió compasión. Explicaba el centro de su crueldad. Aldara no quería liberar a nadie del mecanismo. Quería asegurarse de no volver a ser la persona atada.
—Lope la convirtió porque la amaba.
—Lope me convirtió porque temía olvidar lo que yo sabía de él.
—Entonces nunca fue amor.
—Eso dije durante cincuenta años. Después comprendí que todo amor contiene el deseo de conservar lo que la otra persona nos hace sentir.
—Contener un deseo no obliga a obedecerlo.
Aurora había debilitado la cuerda. Le faltaba una hebra gruesa. Cuando Nicolás entrara, podría utilizar la mano o fingir que seguía atada. La elección dependería de cómo llegara él, no de la escena que Aldara había escrito.
El silbato de la locomotora sonó fuera. Aldara miró hacia la puerta. Aurora aprovechó para frotar la cuerda contra el borde metálico del asiento.
—¿Cómo se llamaba su hija? —preguntó.
—No intentes utilizar lo que Nicolás te contó.
—Isabel.
Aldara volvió la cabeza.
Aurora recibió una imagen que no pertenecía a su experiencia. Nicolás había bebido de Aldara mucho antes de conocerla, y alguna memoria había llegado a Aurora a través de él. Una niña escondía una cinta roja dentro de una caja de música. Tenía fiebre y preguntaba si las estrellas podían morir.
—Guardó una cinta en la caja del dormitorio —continuó—. Usted nunca la encontró.
Aldara la abofeteó.
—Esos recuerdos son míos.
—Eran de Nicolás cuando me los entregó. Antes fueron de usted y antes de Isabel. Lleva siglos llamando propiedad a todo lo que teme perder.
La puerta del vagón se abrió de golpe.
Nicolás subió. La ropa mojada se pegaba a su cuerpo y una herida le cruzaba el cuello. Llevaba sangre en las manos.
Aldara colocó un cuchillo de plata bajo la barbilla de Aurora.
—Has aceptado el trato —dijo.
—Para llegar hasta aquí.
—Siempre has necesitado una mentira noble.
Nicolás miró a Aurora. Ella vio hambre, miedo y el deseo de recuperar lo perdido. Ninguno quedaba oculto.
—Elvira ha liberado a los cautivos —dijo él—. Tomás está fuera. Catalina trae guardias.
—En unos minutos el vagón saldrá de Oviedo. Si intentan detenerlo, mis hombres incendiarán el almacén con todos dentro.
—Sus hombres están bebiendo su sangre del agua —respondió Nicolás—. Ahora mismo solo la obedecen a usted a ratos.
Aldara hundió la plata. Una gota de sangre corrió por el cuello de Aurora.
—Bebe de ella. Recupera todo. Después podrás matarme si aún te importa.
Nicolás no se movió.
—Suéltala.
—Si no bebes, la abriré y la dejaré morir aquí. Tendrás el mismo final sin el recuerdo.
Aurora sostuvo los ojos de Nicolás.
—Hazlo.
Él negó.
—Confía en mí.
—Confío. Bebe.
Aldara sonrió. Retiró el cuchillo y cortó la cuerda del cuello de Aurora. Nicolás se acercó. Ella podía oír el esfuerzo con que evitaba mirar la sangre.
—Dos golpes —murmuró Aurora.
—No bastarán.
—Entonces escucha mi voz.
Nicolás le sostuvo la cara. Durante un instante pareció el hombre de la cocina de 1855. Después Aurora reconoció al que había escrito siete cartas malas, al que respetó su marcha, al que no utilizó la muerte de Ramona para pedir sangre.
Él mordió y el vagón desapareció.
En la imagen que ocupó su lugar, Aurora dormía en la casa sin espejos.
Nicolás estaba sentado en el pasillo, oyendo su respiración.
Acababa de confesar las muertes cometidas junto a Aldara y esperaba que ella se marchara al despertar.
Aurora abrió la puerta, dejó una manta sobre sus hombros y volvió a la cama sin hablar.
Él comprendió que el perdón no había sido ofrecido. Solo compañía.