Tu nombre en mi sangre Capítulo 21. Tu nombre en mi sangre
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Capítulo 21. Tu nombre en mi sangre

Tu nombre en mi sangre

Aurora despertó en un vagón detenido dentro del almacén.

Tenía las muñecas atadas y una herida abierta en el cuello. Aldara permanecía sentada frente a ella. El tren se movería en cuanto una pequeña locomotora de carga terminara la maniobra. A través de la puerta entreabierta, Aurora veía raíles, faroles y hombres que no sabían qué transportaban.

—Nicolás vendrá —dijo Aldara.

—Lleva repitiéndolo toda la noche. Empiezo a pensar que es usted quien lo espera.

Aldara le mostró el pañuelo.

—Guardaste tu nombre como una reliquia.

—Es útil cuando una vive demasiado y conoce gente maleducada.

—Él no recordaba haberlo escrito.

—Aun así cumplió la promesa.

—Porque obedece a sus culpas.

Aurora probó las cuerdas. Estaban mojadas en una solución de plata. La piel ardía donde rozaban.

—Usted confunde obediencia con amor desde hace siglos.

Aldara se inclinó.

—He visto morir más amores de los que puedes imaginar. Los esposos suplican, los hijos prometen y todos acaban deseando conservar una parte. Cuando les ofrezco el recuerdo, pagan.

—Gaspar pagó por una mentira.

—Pagó por oír a su hijo llamarlo padre. Durante un momento fue feliz.

—Usted apuñaló ese momento cuando dejó de servirle.

Aldara se levantó y abrió una caja situada bajo el asiento. Contenía pequeños objetos envueltos en papel: una medalla, un mechón de pelo, dos alianzas, una llave y el zapato infantil que Iago había dejado en la quinta.

—Los humanos hacen lo mismo —dijo—. Guardan cosas para engañar a la muerte.

—Un zapato no muerde a nadie.

—Depende de lo que una esté dispuesta a hacer para recuperarlo.

Tomó la medalla y la acercó a Aurora. Dentro había un retrato minúsculo de Isabel. La cara estaba desvaída y una mancha cubría uno de los ojos.

—No la recuerdo —admitió Aldara—. Sé que es mi hija porque lo escribí. Sé que la parí, que tuve miedo y que la convertí. Los hechos son una habitación sin luz. ¿De qué sirve respetar la vida de quien guarda la lámpara?

—Deja que esa persona tenga una vida propia.

—Lo dices porque estás llena. Llevas tus recuerdos, los de Nicolás y partes de otros que él recibió. Con el tiempo se mezclarán. Olvidarás cuál fue tu madre y cuál la suya. Despertarás hablando con la voz de muertos. Yo puedo liberarte.

—Matándome.

—Vaciándote. La palabra muerte pertenece a los cuerpos que no vuelven.

Aurora observó los objetos. Aldara había vivido rodeada de pruebas porque ya no confiaba en lo que sentía. Su archivo no protegía recuerdos. Protegía la posibilidad de recuperarse a sí misma.

—¿Qué hará cuando recuerde a Isabel? —preguntó—. ¿Volverá a convertirla en otro cuerpo? ¿Beberá cuando ese cuerpo deje de parecerse a la niña? Lleva siglos repitiendo el momento de perderla.

Aldara guardó la medalla.

—Tú aún crees que has escapado a la repetición porque Nicolás se enamoró dos veces.

—No fueron dos veces.

—¿Qué fueron?

Aurora pensó en la casa sin espejos, la cocina de Gijón, León y las noches en que el deseo de Nicolás por recordar vivía entre ambos.

—Una historia que cambió de idioma y tuvo que aprender a hablar otra vez.

—Una frase hermosa no cambia la sangre.

—Tampoco un archivo cambia la muerte.

Aldara abrió un compartimento de la pared del vagón. Dentro había un libro estrecho, encuadernado en cuero rojo. Lo dejó sobre las rodillas de Aurora.

—Lee.

Las cuerdas de plata le quemaban las muñecas. Aurora abrió el volumen con dificultad. En la primera página estaba su nombre. Debajo figuraban fechas, ciudades y observaciones escritas durante treinta años.

Respuesta estable tras conversión. Memoria doble sin pérdida de identidad. Afecto del creador reconstruido sin recuperación.

—Me ha seguido toda la vida —dijo.

—He estudiado un resultado.

—Entraba en mis casas, robaba cartas y marcaba a mi madre.

—Necesitaba saber qué vínculos sobrevivían.

Aurora pasó la página. Había nombres de donantes, lugares donde ella y Nicolás durmieron y personas rescatadas de la red. Rosario Valcárcel figuraba como cooperadora voluntaria, prescindible. Roque y Brígida tenían una cruz junto a 1862.

—¿Los mató?

—Murieron de fiebre con pocos meses de diferencia. No todas las cruces me pertenecen.

El alivio resultó pequeño y vergonzoso. Seguían muertos. Al menos no habían pagado con la vida por ayudarla.

—¿Qué ocurrió con Rosario?

—Vendió telas hasta los setenta años. Nunca habló de ti. Una mujer con talento para guardar un secreto y cobrar por él.

Aurora encontró una nota de 1878. Ramona sospecha. No intervenir. La duda produce una memoria más útil que la certeza.

—La dejó vivir para observarla.

—Tu madre me interesaba menos que la forma en que la evitabas.

—Era una persona, no una variable.

—Y tú eras una hija que entraba en su casa mientras ella compraba una costura. Ninguna palabra elegante cambia lo que hiciste.

Aurora cerró el libro. La acusación dolía porque contenía verdad. Aldara construía prisiones con las partes de una culpa que nadie podía negar.

—Yo no necesito llamarlo elegante. Tuve miedo y elegí mal muchas veces. Mi madre murió sabiendo más de lo que me atreví a contarle.

—¿Eso te perdona?

—No. Me permite dejar de necesitar que usted me castigue por ello.

Aldara apoyó la mano sobre el volumen.

—Los humanos mueren antes de comprender cuánto daño hicieron. Nosotros tenemos siglos para repasarlo.

—También para hacer otra cosa.

Aurora volvió a abrir. Las últimas páginas contenían transcripciones de recuerdos que Nicolás podía recuperar de ella.

Aldara había reconstruido escenas mediante objetos, cartas y testimonios.

La cocina, la casa sin espejos, la enfermedad, la conversión.

Cada una tenía un cálculo de sangre necesaria.

—¿Cómo sabe cuánto debe beber?

—Probé con otros.

—¿Cuántos murieron?

—Los necesarios para conocer el umbral.

—Diga sus nombres.

Aldara sonrió.

—Eso te gusta. Crees que nombrar convierte una cifra en responsabilidad.

—A usted le gusta lo contrario.

Aurora recorrió las notas. Uno de los casos era Elvira. Aldara había bebido de ella tres veces y se detuvo antes de recuperar a Leonor. Las cantidades aumentaban. Elvira perdió primero una canción, después una tarde y luego el rostro de la mujer.

—Elvira ya no recuerda a Leonor.

—Recuerda que la amó.

—Usted le quitó la cara.

—Para comprobar si podía recuperarla sin matar el recipiente. Me detuve. Debería agradecerlo.

—Confunde detenerse con tener piedad.

La frase anticipaba la prueba de Nicolás. Aurora comprendió que Aldara esperaba que él repitiera el experimento, alcanzara un punto donde aún pudiera parar y regresara después por el resto. No necesitaba que la matara aquella noche. Le bastaba con convertir la memoria en una adicción compartida.

—Aunque se detenga, volverá a querer más —dijo Aldara—. Tú ya viste lo que ocurrió con la cocina.

—También lo vio detenerse durante cinco años.

—Cinco años no significan nada.

—Para mi madre habrían significado mucho. Para Catalina también. Que usted no envejezca no le da derecho a despreciar la medida de los demás.

Aldara pasó a la última página. Había una lista de objetos dentro del vagón. El pañuelo, la medalla de Isabel, la llave de Gaspar, la cinta roja, el zapato de Mateo y la tenaza. Había reunido los restos de cada historia para dirigir los recuerdos del clímax.

Aurora vio su propia herramienta junto a la caja del suelo.

—¿Por qué la tenaza?

—Nicolás la guardó porque fue lo primero que le diste.

—Se la clavé.

—El amor suele empezar con una herida que alguien decide interpretar como atención.

—Eso explica sus relaciones, no la mía.

Aldara tiró del pañuelo. La tela rozó el nombre escrito en sangre.

—¿Qué crees que ocurrirá cuando recupere el momento en que te vio? Recordará una versión de ti que ya no existe. Te comparará durante el resto de la eternidad.

—Ya lo hizo sin recordar. Los dos tuvimos que dejar de buscar a esas personas.

—Y ahora volverán.

Aurora pensó en la joven que seguía un carro descalza, en el hombre que anotaba nombres y en quienes habían sido después. El pasado no era inocente. También podía llegar con hambre.

—Si vuelve, tendrá que convivir con nosotros —dijo.

—Hablas como si fueran cuatro personas.

—Algunas noches parecemos más.

Aldara guardó el libro. Aurora había visto suficiente para entender el diseño del vagón.

Las paredes estaban revestidas de plata en puntos precisos.

El asiento de Nicolás quedaría frente a ella.

Los objetos provocarían recuerdos en un orden calculado.

Incluso la posición de las lámparas reproducía la luz de la casa sin espejos.

—Ha construido una escena —dijo.

—He preparado el camino de regreso.

—Un recuerdo obtenido aquí siempre contendrá este vagón. Nunca será igual.

La observación irritó a Aldara. Podía controlar sangre, objetos y preguntas. No podía impedir que el acto de recuperar cambiara lo recuperado.

Aurora frotó la cuerda contra el borde del asiento. Una hebra cedió. La plata le abrió la piel y el olor de su sangre llenó el vagón.

Los ojos de Aldara se movieron hacia la herida.

—También usted tiene hambre —dijo Aurora.

—He aprendido a gobernarla.

—Ha aprendido a llamarla investigación.

Aldara se acercó. Aurora volvió a tirar de la cuerda. Aún no podía liberar la mano. Necesitaba tiempo.

—Cuénteme quién fue Lope —dijo.

La inmortal se quedó quieta.

—Nicolás ha encontrado el nombre.

—Baltasar habla demasiado para un hombre sin lengua completa.

—¿Lope la convirtió?

—Lope me enseñó que la memoria puede sobrevivir al cuerpo.

—¿Lo mató para recuperar algo?

Aldara miró la medalla de Isabel.

—Lo maté para que dejara de beber de mí.

Aurora reconoció el origen que Aldara llevaba siglos escondiendo. También había sido un archivo. Su creador recuperaba recuerdos a través de ella, vaciándola en fragmentos. Al destruirlo, conservó el método y decidió ocupar su lugar.

—Sabe exactamente qué siente Elvira —dijo.

—Sé lo que ocurre cuando una deja que el creador termine.

—Y aun así lo repitió.

—Decidí estar al otro lado.

—¿Y qué quedó de usted cuando terminó?