Tu nombre en mi sangre Capítulo 20. La mujer que guarda a los muertos #3
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Capítulo 20. La mujer que guarda a los muertos #3

Aldara golpeó a Nicolás. La silla volcó. La plata de las correas entró en contacto con su cuello y la visión se le oscureció.

—Se llamaba Isabel —continuó desde el suelo—. Dibujaba una A como una rama. Le gustaba esconderse debajo de tu falda cuando había visitas.

Aldara lo levantó con una mano.

—Cállate.

—Yo la recuerdo porque me obligaste a beber de ti después de matarla. Me diste una parte de su muerte que no soportabas.

La expresión de Aldara perdió toda cortesía.

—Tú también usarás a Aurora.

—No la tocaré.

—Ya lo hiciste. Bebiste y recuperaste una noche. Desde entonces comparas cada beso con otro que no recuerdas. ¿Cuánto tardarás en culparla por tener lo que te pertenece?

Nicolás pensó en cinco años de deseo. Aldara no mentía. Esa era su herramienta más afilada.

Un golpe resonó detrás de la pared. El agua había alcanzado la galería oriental.

—Sácala de allí —dijo.

—Acepta el trato.

—¿Qué quieres?

—Convertirás a los humanos del archivo. Al hacerlo, les entregarás tus recuerdos de cada uno y yo estudiaré el resultado. Cuando necesite esa memoria, beberé. Tú recuperarás a Aurora. Podéis seguir juntos después. Ella habrá desaparecido, aunque la conservarás entera.

—Eso no es seguir juntos.

—Es la única eternidad posible. Todo amor termina convertido en recuerdo. Yo solo he eliminado la espera.

Nicolás oyó romperse una rejilla. Aurora estaba cerca.

—Acepto —dijo.

Elvira cerró los ojos.

Aldara sonrió. Cortó las correas y retiró la aguja de plata. Nicolás no podía mantenerse en pie.

—Bebe —ordenó, ofreciéndole la copa con sangre de Elvira.

Él obedeció. La herida empezó a cerrar. También recibió una imagen: Elvira bajo un piano, niña, mientras una mujer llamada Leonor tocaba una melodía. Aldara observaba desde una puerta con la mano apoyada en el vientre. Isabel aún no había nacido.

La memoria contenía un detalle que Aldara ignoraba. Debajo del piano, Elvira escondía una llave de latón.

Nicolás abrió los ojos.

—La melodía sigue en ella —dijo Aldara—. ¿Comprendes ahora?

—Comprendo que nunca supiste dónde guardaba Leonor la llave del gabinete.

Aldara perdió la sonrisa.

Nicolás lanzó la copa contra la lámpara. El aceite ardió sobre la mesa. Aprovechó el movimiento para clavar la aguja de plata en el cuello de uno de los guardianes.

La pared oriental estalló. Una corriente de agua entró en la galería y arrastró cajas, sillas y cuerpos. Aurora apareció entre los cascotes, empapada y con la tenaza en una mano.

—Tu plan ha durado cuatro minutos —gritó.

—Me pareció suficiente.

Aldara se movió hacia ella.

Nicolás intentó interponerse, aunque la plata seguía debilitándolo. La corriente lo derribó. Aurora golpeó a Aldara con la tenaza y alcanzó la herida antigua de su mano.

La sangre de Aldara cayó al agua.

Todos los vampiros de la sala reaccionaron al olor.

Los cautivos tiraron de las cadenas. Elvira arrancó la argolla de la pared. En medio del caos, Aldara agarró a Aurora y desapareció por la plataforma ascendente.

Nicolás llegó demasiado tarde. Las poleas ya subían.

En el suelo encontró el pañuelo con el nombre de Aurora. Aldara se lo había quitado.

La sangre seca se mezcló con la de la mano herida.

Nicolás lo guardó y comenzó a subir por el hueco.

La plataforma se había detenido a medio camino.

Trepó por la cadena, clavando los dedos entre los eslabones.

Debajo, Elvira liberaba cautivos mientras el agua seguía entrando.

No podía ayudarlos sin perder a Aurora. La elección se parecía demasiado a las que Aldara diseñaba: dos vidas colocadas en extremos para que cualquier movimiento produjera culpa.

Subió.

Al alcanzar el almacén encontró a tres hombres cerrando el vagón. Uno llevaba uniforme ferroviario. Los otros ocultaban pistolas bajo las chaquetas.

—La señora ha ordenado que nadie se acerque —dijo el empleado.

Nicolás siguió caminando.

El primer disparo le atravesó el hombro. La bala era corriente. La herida cerró mientras agarraba al tirador y lo lanzaba contra unas cajas. El segundo hombre sacó una hoja de plata. Nicolás le rompió el brazo antes de que atacara y lo dejó consciente.

El empleado ferroviario intentó huir. Nicolás lo alcanzó junto a la locomotora.

—¿Dónde va el vagón?

—Santander.

—¿Quién conduce?

—Nadie todavía. Lo engancharán al tren de mercancías.

—¿Cuánto falta?

—Diez minutos.

Nicolás lo dejó marchar. El hombre conocía poco y matarlo solo habría añadido un recuerdo inútil.

Oyó la voz de Aurora dentro del vagón. Discutía con Aldara.

Las palabras no llegaban completas, aunque el tono sí.

Incluso después de recuperar la escena de la cocina, aquella voz pertenecía sobre todo a los años posteriores.

A la mujer que lo dejó en Gijón, lo recibió en León y evitó que el pasado se convirtiera en una orden.

Pensó en las dos historias. La perdida tenía una intensidad cerrada por la tragedia. La nueva incluía dieciocho años de errores, reconciliaciones, ciudades y silencios aprendidos. Aldara le ofrecía una juventud conservada a cambio de destruir todo lo que ocurrió después.

Subió al vagón sin saber qué elegiría cuando probara la sangre.