Capítulo 20. La mujer que guarda a los muertos #2
Nicolás siguió el sonido de la cadena hasta que Baltasar se alejó de la puerta. Había renunciado a Alonso. La pérdida no se sintió noble. Se sintió como llegar tarde otra vez.
Aldara limpió la copa.
—Has aprendido las palabras de Aurora.
—Ella aprendió las mías. Luego eligió cuáles no utilizar.
—¿Crees que eso os vuelve iguales?
—No. Nos obliga a hablar.
Aldara pasó a otra sección. Mostró nombres de personas a las que Nicolás mató durante sus primeros años. Algunas entradas conservaban solo una fecha. Otras incluían el recuerdo tomado, la orden y el pago.
—Veintisiete por mí —dijo—. Once durante el hambre. Seis que llamaste culpables para dormir mejor. Te gusta fingir que el cuaderno nació de la compasión. Empezó como una cuenta.
Nicolás conocía los números. Verlos escritos por ella devolvía una estructura a crímenes que había tratado como noches separadas.
—No finjo inocencia.
—Finges que Aurora puede amarte después de conocerlos.
—Ella decide qué puede amar.
—Decide con tus recuerdos dentro. Siente tu culpa como propia. La has construido para comprenderte.
La acusación alcanzó un miedo que Nicolás nunca dijo en voz alta.
Aurora había recibido su versión de cada encuentro, incluso la mirada con la que aprendió a verse junto a ella.
Tal vez el segundo amor tampoco estuviera libre del primero.
Tal vez todo lo que Aurora eligió después creciera sobre una intimidad introducida por la fuerza de la conversión.
Aldara vio la duda.
—Cuando te dejó en Gijón, ¿cuánto tardaste en seguirla?
—No la seguí.
—Dejaste direcciones en cada lugar al que podía ir. Preparaste la ruta y llamaste libertad a que ella eligiera una de tus casas.
Nicolás recordó las siete cartas, la vivienda de León y las pistas entregadas a Iago. Había intentado protegerla. También había diseñado caminos que terminaban cerca de él.
—Volvió porque quiso.
—Todos vuelven por algo que otro dejó preparado.
El agua golpeó la compuerta. Aurora avanzaba por el túnel. Nicolás la imaginó arrastrándose entre barro, convencida de que él cumplía el plan. No sabía que Aldara ya había capturado la ruta.
—¿Qué quieres demostrar? —preguntó.
—Que tu amor actual utiliza métodos más corteses y el mismo deseo. Quieres que Aurora elija mientras esperas que te elija a ti.
—Desear una respuesta no da derecho a imponerla.
—La eternidad desgasta esa diferencia.
Aldara ordenó traer otra caja. Dentro había cartas interceptadas durante años. Nicolás reconoció la letra de Aurora, la de Catalina y la suya. Algunas nunca llegaron. Una llevaba la dirección de la pensión de Gijón. Otra contenía el primer borrador que Aurora destruyó en León.
—No pudo enviar esa carta —dijo.
—La arrojó a un brasero. Mi hombre recogió los trozos.
Aldara le mostró las líneas quemadas. Aurora había escrito que quería regresar y que temía hacerlo antes de saber si deseaba al hombre presente o al recuerdo.
—No la lea —dijo Nicolás.
—Lleva veintiocho años guardada.
—Sigue siendo suya.
Aldara acercó el papel a una llama. Nicolás pudo pedir que parara. Pudo memorizar las palabras visibles. Cerró los ojos.
Olió cómo ardía la carta.
—La curiosidad es otra forma de hambre —dijo Aldara—. Tú la controlas cuando alguien te mira.
—Por eso las personas importan más que los recuerdos.
—Hasta que mueren.
Nicolás abrió los ojos. Las cenizas caían sobre el libro. Aldara había conservado la carta para destruirla en el momento que produjera más dolor. Nada de aquello protegía una memoria. Guardaba oportunidades de dominio.
—¿Cuántos archivos como este existen? —preguntó.
—Los suficientes.
—Si mueres, tus colaboradores se quedarán con ellos.
—Si muero, se matarán por lo que saben.
—Entonces ha construido una herencia que solo funciona mientras todos la temen.
Aldara cerró el libro.
—También las familias.
Nicolás oyó un golpe en el túnel. Aurora estaba más cerca. Necesitaba mantener hablando a Aldara.
—¿Quién te convirtió?
La pregunta alteró la habitación. Uno de los guardianes levantó la cabeza. Baltasar golpeó la puerta de su celda.
—Ese nombre no te pertenece —dijo Aldara.
—Entonces existe.
—Murió.
—¿Lo mataste?
—Aprendí de él que ningún creador debe conservar poder sobre su sangre.
Nicolás comprendió que la red había nacido antes de Isabel. Aldara también fue convertida por alguien que utilizó memoria y hambre. Había reemplazado al dueño sin destruir la cadena.
—Se llamaba Lope —dijo Baltasar desde la celda.
Aldara atravesó la puerta y lo golpeó. La cadena resonó. Cuando regresó, tenía sangre en el guante.
—Lope me enseñó a sobrevivir —dijo.
—Y usted lleva siglos intentando demostrar que sufrir lo mismo la convirtió en heredera, no en víctima.
Aldara lo abofeteó. Nicolás saboreó su propia sangre. Había conseguido lo que necesitaba. La atención de ella estaba lejos del túnel.
—Cuando te convertí no conocíamos las reglas —dijo Aldara—. Ahora sí.
—Isabel sí pagó por conocerlas.
Aldara cerró el libro.
—Mi hija murió por una equivocación.
—Te pidió que pararas.
—Estaba asustada.
—Y tú querías recordar más de lo que querías verla.
La inmortal apoyó ambas manos en la mesa. Las cicatrices de una mano aparecieron bajo el guante. Nicolás comprendió que se las había hecho Isabel durante el último intento de apartarla.
—El amor sin memoria no existe —dijo Aldara.
—Entonces nunca la amaste. Solo amas conservarte a ti cuando estabas con alguien.
Por un instante, Nicolás creyó que lo mataría. Aldara respiró, un gesto innecesario que utilizaba cuando quería recuperar el control.
—Veremos si repites esa frase después de probar a Aurora.
Aldara abrió una puerta. En la sala contigua había doce hombres y mujeres encadenados. Algunos eran vampiros. Otros seguían humanos, sedados y marcados para la conversión. Elvira colgaba de una argolla, con cortes en brazos y piernas. Al ver a Nicolás, negó.
—No bebas —murmuró.
Aldara se acercó a ella y recogió sangre en la copa.
—Leonor tocaba el piano —dijo—. Elvira recuerda todas las noches que la escuché. Si la vacío, recuperaré la música.
—También la matarás.
—La música durará más.
Nicolás vio en aquella frase el futuro que Aldara había diseñado para Aurora. Una persona reducida al contenido que otro deseaba recuperar.
—No has superado la muerte de tu hija —dijo.
La copa se detuvo.
—No pronuncies esa palabra.
—Ni siquiera recuerdas su nombre.