Tu nombre en mi sangre Capítulo 20. La mujer que guarda a los muertos
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Capítulo 20. La mujer que guarda a los muertos

La mujer que guarda a los muertos

Nicolás entró en el almacén solo.

La llave de Gaspar abrió una puerta lateral y activó una campanilla en algún lugar subterráneo. No intentó evitarla. Aldara conocía su llegada desde que permitió que Elvira devolviera el hierro ensangrentado.

Aurora avanzaba por un túnel de desagüe. Tomás esperaba con los carros junto a la salida oriental. Catalina había ido a buscar a dos antiguos guardias dispuestos a creer en contrabando, aunque no en vampiros. El plan exigía que Nicolás mantuviera a Aldara lejos de Aurora durante media hora.

Duró menos de cinco minutos.

El almacén contenía cajas vacías y raíles para mover cargas. Nicolás siguió el olor a sangre hasta una plataforma que descendía mediante poleas. Abajo se abría una galería nueva, sostenida por vigas de ferrocarril.

Aldara estaba sentada a una mesa. Había dos copas y una botella.

—Llegas tarde —dijo.

—Elvira.

—Viva. Siempre ha tenido talento para perder sangre sin morirse.

—¿Dónde está Aurora?

Aldara llenó las copas. El contenido no era vino.

—En el túnel oriental, con el doctor. Catalina busca hombres armados. Tu plan conserva esa clase de sencillez que confunde esperanza con sorpresa.

Nicolás no tocó la copa.

—Déjalos marchar.

—He esperado treinta años para verte pedirlo.

Una compuerta se cerró al fondo. Se oyó agua. Aldara había desviado el cauce hacia el túnel.

Nicolás corrió. Dos vampiros cayeron desde las vigas. Derribó al primero y recibió una hoja de plata en el hombro. El segundo le colocó una cadena alrededor del cuello. Nicolás rompió la muñeca que la sujetaba, aunque Aldara ya estaba junto a él.

Le clavó una aguja larga entre las costillas. Plata líquida, mezclada con sangre. La debilidad fue inmediata.

—Llevas siglos pensando que te dejé escapar —susurró—. Te permití marcharte para ver qué hacías con lo que te di.

Nicolás cayó de rodillas. Los guardianes lo ataron a una silla con correas forradas de metal.

—Aurora vendrá —dijo.

—Por supuesto. Esa es la razón de que el agua suba despacio.

Aldara bebió de su copa. Nicolás reconoció el olor de Elvira.

—¿Qué guardabas en ella?

—Leonor. Una mujer de la que ya no recuerdo el rostro.

—Elvira no es Leonor.

—Lo sé desde hace tiempo. Ella tardó en aceptarlo.

—La convertiste para conservar a otra persona.

—Todos convertimos por egoísmo. Tú preferiste olvidar a Aurora antes que sufrir su muerte.

—Ella eligió.

—Una moribunda siempre elige la puerta que parece abierta.

Nicolás tiró de las correas. La plata le quemó las muñecas.

—¿Por qué reunir el archivo en Oviedo?

—Porque la ciudad cambia. Los caminos se vuelven raíles, los secretos viajan más deprisa y la gente aprende a registrar cada existencia. Los papeles de Aurora amenazaron mi trabajo más que cualquier sacerdote. Quiero un archivo capaz de moverse.

—¿Vampiros dentro de ataúdes?

—Recuerdos dentro de personas obedientes.

Aldara abrió un libro encuadernado en piel. Había dividido las páginas por ciudades. Lisboa, Burdeos, Madrid, León, Oviedo. Junto a cada nombre figuraban símbolos de sangre, herencia, crimen o afecto.

—Los reyes queman archivos cuando pierden guerras —dijo—. Los notarios falsifican fechas. Los hijos destruyen cartas para proteger apellidos. Yo he conservado verdades que el mundo decidió enterrar.

—Y las vendiste.

—Algunas. Otras me permitieron evitar matanzas, retirar a un hombre cruel de un cargo o devolver tierras. Durante décadas creí que necesitaba una justificación. Luego observé a los humanos. Todos utilizan lo que saben.

—No todos matan para saberlo.

—Porque no pueden beber.

Pasó varias páginas hasta encontrar el nombre de Nicolás. La entrada comenzaba en 1692 y terminaba en 1855. Había huecos donde Aldara había olvidado hechos que él conservaba.

—Tú eres mi archivo más antiguo —dijo—. Cuando te marchaste, te llevaste semanas de mi vida. La forma en que te encontré, el lugar donde bebiste, lo que dije la noche de tu despertar. Tu recuerdo me pertenece.

—Era tuyo. Me lo entregaste al convertirme.

Aldara pasó otra página. Había anotado la muerte de Alonso, el hermano de Nicolás. La fecha era correcta. También el nombre del criado que lo acompañó durante la última semana.

—Llegaste tarde al entierro —dijo ella—. Nunca supiste qué quiso decirte.

Nicolás tiró de las correas. La plata mordió las muñecas.

—¿Bebiste de él?

—No. Alonso murió antes de que llegara. El criado, Baltasar, vivió treinta años más.

Abrió una puerta pequeña. Un hombre encadenado salió conducido por uno de los guardianes. Parecía de cincuenta años, aunque los ojos tenían una quietud antigua. Le faltaban varios dedos y llevaba una argolla de plata alrededor del cuello.

—Baltasar bebió de tu hermano al final —continuó Aldara—. Lo convertí después para impedir que el recuerdo desapareciera con su muerte.

El hombre levantó la cabeza. Nicolás reconoció el nombre del cuaderno, no la cara.

—¿Qué recordaba Alonso?

Aldara acercó una copa al brazo de Baltasar. Él retrocedió hasta que la cadena lo detuvo.

—Puedes descubrirlo. Una cantidad pequeña bastará. El recuerdo no te pertenece por conversión, así que no necesita acercarlo a la muerte.

—Déjalo.

—Lleva ciento cuarenta años esperando que alguien pregunte por la última tarde de tu hermano.

Baltasar habló con esfuerzo.

—No quiero que beba.

Aldara le abrió la muñeca. La sangre cayó en la copa.

—También decía eso cuando llegó.

Nicolás miró el líquido. El olor contenía cera, humedad y una emoción que no podía nombrar. Podía beber y ver a Alonso viejo. Podía saber si lo perdonó, si maldijo a su hermano inmortal o si murió esperando un regreso.

—¿Qué quieres a cambio? —preguntó.

—Que admitas que conservar un recuerdo puede justificar una vida incómoda.

—¿Incómoda?

Baltasar mostró las manos mutiladas.

—Se las corté cuando intentó huir. Volvieron a crecer dos veces. Después aprendí a utilizar plata.

Nicolás apartó la copa con el pie. La sangre se derramó.

—No beberé.

Aldara observó la mancha.

—Tu hermano pensó en ti.

—Eso ya lo sabía.

—No sabes si te perdonó.

—Tampoco él supo si yo lamentaba haberme marchado. La muerte deja preguntas en ambos lados.

Aldara agarró a Baltasar por el pelo.

—Entonces su espera no ha servido para nada.

—Su vida no necesitaba servirme.

Baltasar levantó la cabeza antes de que el guardián cerrara la puerta.

—Alonso me hizo jurar que no iría a buscarlo —dijo.

Aldara tiró de la cadena.

—Ya ha hablado suficiente.

—También me pidió que quemara una carta. No lo hice.

Nicolás olvidó por un instante la plata de las correas.

—¿Dónde está?

—La señora la guarda en el libro de Oviedo. Dice que una desobediencia vale más cuando puede enseñarse al hombre perjudicado.

Aldara sonrió.

—Tu hermano escribió que te perdonaba. Baltasar creyó que conservar la frase sería un acto de bondad.

—No escribía esa clase de palabras —dijo Nicolás.

No sabía cómo podía estar seguro. Quizá conservaba el ritmo de Alonso en cartas perdidas, o tal vez Aldara había construido una falsedad que coincidía con lo que deseaba rechazar.

Baltasar golpeó la argolla contra el marco.

—No decía perdón.

El guardián le hundió un extremo de la cadena en el cuello. La plata quemó la piel. Baltasar no dejó de hablar.

—Decía que la puerta quedaría abierta.

Nicolás miró a Aldara. Ella había cambiado una frase concreta por una absolución porque sabía qué versión dolería más. El archivo no solo conservaba. Interpretaba hasta convertir cada memoria en una herramienta.

—¿Por qué no quemó la carta? —preguntó Nicolás.

—Porque quería leerla otra vez. Después ella me convirtió y olvidó dónde la escondí. Lleva un siglo preguntándome.

—Podría habérselo dicho.

—Podía. Cada día elegí no hacerlo.

Baltasar no era un recipiente pasivo. Había resistido dentro de los límites horribles que le quedaban. Sus dedos mutilados, su cuello abierto y su memoria intacta no le pertenecían a Nicolás como recompensa por llegar.

—Cuando salgamos, usted decidirá qué ocurre con la carta —dijo.

Aldara rió.

—Ya hablas como si fueras a liberarlo.

—Hablo como si continuara siendo una persona aunque no lo consiga.

Baltasar sostuvo sus ojos. Durante un instante, Nicolás creyó reconocer a Alonso en la forma de inclinar la cabeza. El deseo de beber regresó, más fuerte porque podía disfrazarse de afecto familiar.

—No utilice su cara para recordarlo —dijo Baltasar—. A él le habría molestado.

La precisión rompió el parecido. Nicolás sonrió pese a la plata.

—Eso sí suena a mi hermano.

El guardián cerró la celda. Aldara arrancó del libro la carta de Alonso y la sostuvo cerca de una vela.

—Pídemela.

—Es de Baltasar.

—Está dirigida a ti.

—Él eligió conservarla. Usted eligió robarla. Ninguna de las dos cosas me convierte en dueño.

Aldara dejó la hoja entre las páginas. Nicolás no alcanzó a leer una sola línea. La pérdida fue deliberada y le perteneció. Si salían, preguntaría. Si no, moriría sin la última voz de Alonso. Por fin comprendía que aceptar esa posibilidad era distinto a fingir que no la deseaba.

Baltasar golpeó dos veces la pared de la celda. Nicolás respondió del mismo modo. No era un juramento de rescate. Confirmaba que ambos seguían allí y que Aldara no había conseguido convertir su deseo en una orden.

Uno de los guardianes se burló del intercambio. Nicolás memorizó su paso, la distancia entre la mesa y la llave que llevaba en el cinturón. Renunciar a la sangre no significaba renunciar a salir. Empezó a tensar una correa contra el borde de la silla mientras mantenía a Aldara hablando.

La plata abrió otra herida en su muñeca.

Nicolás dejó que la sangre cayera bajo la silla.

El rastro alcanzaría el canal del túnel y avisaría a Aurora de que seguía en la sala.

Aldara observaba su cara, no el suelo. Incluso un archivo construido durante siglos tenía puntos ciegos cuando su dueña solo miraba aquello que quería poseer.

Al otro lado de la pared, dos golpes respondieron. Aurora había encontrado el rastro.

Nicolás siguió hablando para no delatarla.

La conversación se convirtió en otra clase de arma.