Capítulo 19. El archivo del Norte #3
Aurora recorrió la consulta. En la sala superior dormían dos antiguos pacientes de Tomás. En el patio esperaban los carros. Todo estaba preparado y, aun así, el plan dependía de una mujer cuya sangre Aldara consideraba un depósito.
Catalina dejó una taza frente a Aurora.
—No puedes beberla. Tampoco necesitas caminar como si el suelo fuera a darte una respuesta.
—Elvira nos ha ayudado durante treinta años sin pedir que la salvemos.
—Eso no significa que no lo espere.
Nicolás abrió la puerta de la calle. Había olido sangre. Encontraron una línea oscura sobre el umbral y tres gotas que conducían hacia la esquina. La marca terminaba junto a un carro vacío.
En el asiento, alguien había dejado una partitura mojada. Las notas pertenecían a la melodía que Elvira recordaba de Leonor. Debajo, con otra tinta, aparecía una frase de Aldara: La música termina cuando muere quien la escucha.
—Está viva —dijo Aurora.
—Quiere que lo creamos.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Guardó la partitura. El papel olía a Elvira y a un sedante. Aldara la había capturado cerca de la estación y se tomó el tiempo de preparar el mensaje.
Tomás comparó la letra con sus notas antiguas. En 1855, Iago había descrito una caja de música vinculada a Isabel. En 1874, un detenido oyó a Elvira y Aldara discutir sobre Leonor. La melodía unía ambos archivos.
—Leonor no es solo un recuerdo personal —dijo el médico—. Puede conocer el origen de la red.
—Vivió antes de que Aldara convirtiera a Nicolás —respondió Aurora—. Quizá sepa quién convirtió a Aldara.
Nicolás miró la partitura.
—O quizá ya no recuerde nada.
—Elvira quiere encontrarla aunque sea así.
La frase le pertenecía también a él. Había buscado a la Aurora perdida sin aceptar durante años que la mujer actual necesitaba ser conocida de otro modo.
Se repartieron las copias de los nombres. Si uno caía, otro podría sacar a los cautivos. Catalina guardó la suya dentro del forro. Tomás escondió otra entre recetas. Aurora entregó a Nicolás la relación de ataúdes.
—Si me captura —dijo ella—, no cambie el plan para seguirme.
—No aceptarás la misma condición.
—Por eso sé que es difícil.
—También sé que ninguno la cumplirá.
Aurora dobló el pañuelo sobre la muñeca.
—Entonces al menos intentaremos tardar más de cuatro minutos en desobedecerla.
Esperaron el amanecer en silencio. La ausencia de Elvira ocupaba una silla vacía. Cuando la primera claridad tocó las contraventanas, algo rozó la puerta.
La llave de Gaspar apareció debajo. Estaba cubierta de sangre. Elvira no regresó.
Atado al ojo de hierro había un hilo violeta y una nota.
Esta noche. Trae a Nicolás. Los trenes no esperan ni siquiera a los inmortales.
Trazaron el plan sobre el reverso de un cartel ferroviario. Nicolás entraría por la puerta lateral con la llave. Aldara esperaba una negociación y lo conduciría hacia Aurora si creía que él aceptaba el trato.
—Me utilizarás como cebo —dijo Aurora.
—No entrarás hasta que localice a Elvira.
—Si esperas a localizarla, Aldara controlará el tiempo.
Tomás intervino antes de que repitieran una discusión conocida.
—Hay un conducto de desagüe bajo el almacén. Lo construyeron para evitar que el agua de lluvia inundara los cimientos. Puede abrirse desde una compuerta del patio.
Aurora examinó el plano.
—Si entramos por aquí, llegaremos detrás de las celdas.
—El túnel es estrecho —advirtió Tomás—. Si abren la compuerta, se llenará.
—Eso puede ser una salida y un arma —dijo Aurora—. El agua romperá una pared debilitada.
Nicolás negó.
—También arrastrará a los cautivos.
—Solo la abriremos cuando Elvira haya quitado las cadenas.
—Dependes de que siga viva.
—Dependo de que desee encontrar a Leonor. Ha sobrevivido cuarenta años con esa idea.
Catalina golpeó el cartel con el bastón.
—Yo traeré a los guardias a la entrada principal cuando vea humo. Creerán que hay contrabando y obligarán a los humanos de Aldara a salir.
—Dijiste que no entrarías —recordó Aurora.
—Y no voy a entrar. Desde la calle puedo causar más problemas que vosotros en un sótano.
Tomás prepararía carros, sangre y vendas junto a la salida oriental. No llevaba armas. Su tarea comenzaría cuando terminara la pelea y alguien tuviera que mantener vivos a quienes los demás rescataban.
Elvira había dejado una mancha de sangre en la llave. Nicolás la tocó.
—Puedo beber una gota y quizá ver dónde está.
—También puedes recibir lo que Aldara quiera enseñarte —dijo Aurora.
—Conozco el riesgo.
Guardó la llave sin probarla.
Aurora le entregó la tenaza.
—La necesitarás para abrir el mecanismo.
—Creía que era tuya.
—Me la devolverás.
Nicolás la colocó dentro de la chaqueta.
—Cuando entre, no sabremos si actúo por el plan o por lo que quiero recordar.
—Yo tampoco sabré si intento detenerte por miedo o porque sigue siendo lo correcto.
—No parece una base firme.
—Es la que tenemos.
Se besaron sin utilizarlo como despedida. Aurora notó los dientes de Nicolás detrás de los labios y el recuerdo de la cocina entre ambos. El deseo no borraba el peligro. Lo volvía imposible de ignorar.
Al separarse, Catalina abrió la puerta.
—Son las once. Si pensáis salvar a alguien, convendría empezar antes de que el último tren salga sin vosotros.