Capítulo 19. El archivo del Norte #2
El jefe leyó la hoja. El miedo a resultar cómplice venció al deseo de expulsarla. Le permitió consultar los manifiestos bajo vigilancia.
Los ataúdes con vampiros entraban con ciento veinte kilos y salían con menos de la mitad. Aldara los alimentaba en Oviedo y después transportaba frascos, papeles o restos. Tres envíos llegarían esa semana. El último saldría la noche siguiente hacia Santander dentro de un vagón reservado.
Aurora copió números, horarios y el nombre de la locomotora. Al devolver el libro, vio un hilo violeta enganchado en el cajón.
—¿Quién ha consultado esto? —preguntó.
—La señora de Tineo. Es propietaria de la carga.
—¿Cuándo?
—Esta mañana, después de que usted huyera.
Aldara sabía que Aurora encontraría el patrón. La investigación seguía dentro de un recorrido preparado.
En la consulta, Tomás comparó los horarios con los registros de desapariciones.
—El vagón reservado saldrá durante el cambio de guardia —dijo—. Tendrán doce minutos para moverlo sin inspección.
—Suficiente para sacar el archivo —respondió Nicolás.
Catalina se llevó una mano al pecho. El gesto duró poco, aunque Aurora lo vio.
—¿Qué ocurre?
—He subido demasiadas escaleras.
Tomás quiso examinarla. Catalina lo apartó.
—No voy a morirme antes de terminar esto solo para que tengáis otra culpa que ordenar.
Aurora la condujo hasta una silla.
—Te quedarás aquí mañana.
—Llevo treinta años quedándome mientras vosotros viajáis.
—Has cuidado a mi madre, escondido a Amalia, falsificado cartas y guardado la llave.
—Por eso no pienso perderme el final.
Aurora entendió que prohibírselo sería repetir el error con el que Nicolás intentaba protegerla. Aceptó que Catalina buscaría a los guardias y no entraría en el almacén.
—Si notas dolor, te detienes.
—Si notas hambre, haces lo mismo.
—No es comparable.
—La gente siempre cree que su forma de destruirse es especial.
Nicolás sonrió. Tomás negó con la cabeza y anotó el horario del vagón.
La tarde anterior al asalto, Catalina llevó a su nieta Olvido a la consulta. La joven tenía diecinueve años, el pelo recogido con lápices y la costumbre de leer cualquier papel que quedara abierto. Aurora la reconoció por los ojos de su abuela.
—Esta es la sobrina francesa —dijo Catalina.
Olvido examinó la cara de Aurora.
—Se parece a la señora Hevia del retrato.
—Las familias repiten errores —respondió Aurora.
—Mi abuela dice que usted necesita ayuda con unos manifiestos.
Catalina no le había contado nada sobre sangre, vampiros ni personas encerradas. Le explicó que una sociedad utilizaba el ferrocarril para secuestrar trabajadores y falsificar muertes. Era cierto y bastaba.
Olvido trabajaba en una escribanía. Conocía los sellos nuevos, las abreviaturas ferroviarias y los horarios que Catalina había aprendido de oídas.
—Este número no pertenece a una locomotora —dijo al revisar las copias—. Es una vía de apartado. Los vagones esperan allí cuando no figuran en la composición oficial.
—¿Dónde está? —preguntó Aurora.
La joven marcó un tramo detrás del almacén de curtidores.
—Si enganchan el vagón durante la maniobra, puede salir sin que aparezca hasta León. Allí cambian los documentos.
Tomás abrió uno de sus cuadernos.
—Eusebio Merás habló de ese método en 1874.
—Eusebio es mi padrino —dijo Olvido—. Dejó el ferrocarril después de desaparecer dos noches. Nunca quiso contar qué ocurrió.
Aurora comprendió que los rescatados de Aldara seguían viviendo dentro de historias familiares incompletas. Eusebio había elegido el silencio y, aun así, una parte de lo aprendido llegó hasta la mesa.
—¿Puede conseguir el horario de la vía? —preguntó.
—Puedo copiarlo esta noche. El jefe guarda las llaves en el cajón izquierdo y cree que las mujeres solo entramos para limpiar.
Catalina sonrió con orgullo.
—La educación mejora en cada generación.
—No la pondremos en peligro —dijo Aurora.
Olvido la miró con una paciencia que también pertenecía a Catalina.
—Ya estoy dentro. Si no hago nada, el vagón seguirá saliendo por la vía que conozco. Eso también es una elección.
Nicolás permanecía junto a la ventana. Aurora sabía qué pensaba porque habían repetido aquella discusión durante treinta años. Proteger a alguien no daba derecho a borrarlo del plan.
—Entrará, copiará y se marchará —decidió—. Si ve a la señora de Tineo, no intentará seguirla.
—¿Cómo es?
—Pelo blanco, guantes rojos y la clase de cortesía que hace pensar en una puerta cerrada.
Olvido anotó la descripción. Antes de salir, reparó en el pañuelo de Aurora.
—Mi bisabuela bordaba esas iniciales.
—Lo hizo una amiga de la familia.
La mentira salió con facilidad. Aurora vio a Catalina apartar la mirada. Cada generación exigía una versión nueva y aumentaba el número de personas a quienes no podía explicar por qué seguía igual.
Olvido regresó dos horas después con la copia del horario y una noticia. La señora de Tineo había alquilado un despacho en la estación. Recibía allí a funcionarios, médicos y hombres de negocios. Uno de ellos era el notario Valdés hijo, heredero de las falsificaciones de 1855.
—He oído que firmarán una venta esta noche —dijo—. Hablan de contenido perecedero.
—Personas —murmuró Tomás.
—¿Cuántas? —preguntó Olvido.
Nadie respondió deprisa. Catalina puso una mano en el hombro de su nieta.
—Más de las que caben en un vagón.
La joven aceptó el límite. Entregó las llaves copiadas en cera para que Nicolás pudiera reproducirlas y se marchó antes del toque de la cena.
—Se parece a ti —dijo Aurora.
—Pobre muchacha.
—Podríamos contarle una parte.
—¿Para qué? ¿Para que pase el resto de su vida mirando a las personas jóvenes y preguntándose cuál lleva un siglo respirando por educación?
—Tiene derecho a conocer el riesgo.
—Conoce el riesgo humano. Si ve algo más esta noche, decidirá después.
Aurora aceptó. Catalina había aprendido de su error con Ramona. Ocultar la verdad podía proteger y también robar una elección. La diferencia dependía del momento en que una estuviera dispuesta a devolverla.
Nicolás utilizó la impresión de cera para preparar dos llaves. Una abría el portón ferroviario. La otra, el mecanismo del vagón reservado. Tomás comprobó vendas y botellas de sangre. Catalina dibujó la ruta que seguirían los guardias cuando ella denunciara el contrabando.
Elvira debía regresar antes de medianoche. Cuando las campanas dieron las doce, Aurora fue a la puerta. No había nadie.
—Puede estar esperando que dejemos de vigilar —dijo Nicolás.
—O Aldara la ha descubierto.
—Acordamos no entrar detrás de ella.