Tu nombre en mi sangre Capítulo 19. El archivo del Norte
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Capítulo 19. El archivo del Norte

El archivo del Norte

La estación del Norte olía a carbón, hierro caliente y madera mojada.

Aurora observó desde el andén cómo los viajeros descendían con baúles, sombrereras y niños medio dormidos.

El ferrocarril había reducido distancias que ella aprendió a medir mediante caballos agotados, posadas inseguras y horas de sol escondida.

También había ofrecido a Aldara una red más rápida que cualquier cochero.

—Tres ataúdes —dijo Nicolás a su lado—. Vagón de mercancías, sellados como material médico.

Aurora siguió la dirección de su mirada. Dos mozos descargaban cajas largas. Un empleado comprobó el documento y señaló un carro.

—¿Oyes corazones?

—Uno. Débil.

—Los otros pueden contener tierra o documentos.

—También cuerpos sin pulso.

Se separaron. Aurora subió a la pasarela y bajó por el otro extremo para acercarse al carro.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y un vestido gris semejante al uniforme de una administración.

Los hombres solían apartarse si una mujer caminaba con papeles y expresión de estar a punto de señalar un error.

—Esos bultos deben pasar por inspección —dijo al empleado.

—Ya están autorizados.

—La autorización anterior a julio no incluye material procedente de hospitales.

El hombre miró el documento. Aurora señaló una línea sin leerla.

—Necesito la firma del responsable de la estación.

—La señora de Tineo ha pagado el transporte.

La mención produjo el efecto contrario al que esperaba. Aurora cerró la carpeta.

—Entonces será mejor que no la hagamos esperar.

El carro salió hacia el norte. Nicolás lo siguió desde una calle paralela. Aurora permaneció en la estación para revisar el libro de llegadas. Había aprendido que perseguir todos los carros ofrecía resultados pobres. Los horarios, pesos y destinos mentían con menos imaginación.

Encontró doce envíos de material médico a nombre de A. Tineo. Ocho habían llegado desde León y Valladolid. Cuatro salieron de Oviedo hacia Santander. El peso de los ataúdes variaba en viajes de ida y vuelta.

—¿Busca algo, señora?

El jefe de estación la observaba desde la puerta de su oficina.

—Una equivocación en la cuenta.

—Ese libro no está abierto al público.

Aurora arrancó la hoja que necesitaba y echó a correr.

El hombre gritó. Dos guardias aparecieron junto a la salida. Aurora saltó a las vías y cruzó delante de una locomotora inmóvil. Subió al andén opuesto mientras el jefe ordenaba que cerraran las puertas.

Una mujer de pelo corto esperaba junto a la taquilla.

—Sigues entrando en lugares sin preparar la salida —dijo Elvira.

—Confiaba en que aparecerías.

—Eso empeora el plan.

Elvira abrió una puerta de servicio. Salieron a una calle lateral y caminaron sin prisa hasta perder a los guardias.

—¿Qué había en los ataúdes? —preguntó Aurora.

—Una muchacha convertida, tierra de la quinta y el cuerpo de un hombre muerto hace semanas. Aldara está trasladando el archivo a Oviedo.

—¿Dónde?

—Ha comprado terrenos junto a la vía. Un almacén figura a nombre de una sociedad de curtidores.

—La misma tapadera de 1855.

Elvira asintió.

—Quiere que la reconozcáis.

Llegaron a la consulta de Tomás. El médico había cerrado al público y los esperaba con Catalina. Nicolás apareció media hora después. Había seguido el carro hasta el almacén, donde desapareció bajo una nave conectada con un túnel.

Tomás extendió sus cuadernos sobre la mesa. Treinta años de anotaciones ocupaban seis volúmenes. Su mano temblaba y tuvo que utilizar ambas para abrir el último.

—Los envíos empezaron en marzo —explicó—. Cinco personas desaparecidas en Oviedo. Tres llegaron desde otras ciudades con síntomas atribuidos a enfermedades distintas. Todos pasaron por médicos relacionados con la sociedad.

Aurora colocó la hoja de la estación junto al listado.

—Aldara los reúne aquí. ¿Por qué ahora?

—La línea permite sacarlos si algo sale mal —dijo Nicolás.

Catalina golpeó el suelo con el bastón.

—O quiere marcharse y antes piensa terminar lo que empezó con vosotros.

Sacó una llave de una bolsa de labor. Era la de Gaspar.

—Me la diste la noche de la quinta —recordó a Aurora—. Dijiste que la guardara donde ninguna criatura inmortal pudiera encontrarla.

—Yo creía que se había perdido en el incendio.

—Aún no sabías lo desconfiada que soy.

Elvira tomó la llave y examinó las muescas.

—Abre algo más que la puerta roja. Los creadores de la red utilizaban llaves maestras para las cerraduras de sangre. Aldara cambió algunas, pero conserva las antiguas en los lugares que considera suyos.

—El almacén —dijo Aurora.

Tomás negó.

—Necesitamos saber cuántos hay dentro.

—Puedo entrar —ofreció Elvira—. Aldara aún cree que busco su perdón.

—La traicionaste en 1855 —recordó Nicolás.

—Ella no cree en la traición. Cree que cualquier huida termina cuando el miedo supera al orgullo.

Aurora miró las cicatrices de sus muñecas. Elvira nunca había contado qué recuerdos conservaba para Aldara ni qué parte de su vida perdió su creadora al transformarla.

—¿Qué guarda en ti? —preguntó.

Elvira se puso los guantes.

—A una mujer llamada Leonor. Me confundió con ella durante cuarenta años. Cuando comprendí que jamás miraba mi cara, dejé de intentar que me quisiera.

Nicolás conocía esa clase de pérdida. No dijo nada.

—Entrarás sola —decidió Aurora—. Si no sales antes del amanecer, no iremos detrás de ti. Buscaremos otra entrada.

—Qué poco romántico.

—Funciona mejor cuando todas sabemos qué se ha acordado.

Elvira guardó la llave de Gaspar y se marchó.

Una hora más tarde, Olvido llegó con un sobre que un mozo había dejado en la carpintería. A sus diecinueve años ya no parecía la niña del almanaque. Llevaba tinta en los dedos y una navaja en el bolso.

—El hombre que lo entregó tenía mi edad y hablaba como si hubiera vivido demasiado —dijo.

Dentro había un billete ferroviario sin usar y una sola línea: La compuerta oriental responde a la campana. Tres golpes la cierran. Dos la abren.

Nicolás reconoció el olor.

—Lázaro.

—¿El muchacho al que dejasteis marchar? —preguntó Catalina.

—No sabemos qué hizo después —respondió Aurora.

El billete procedía de Santander. En el reverso figuraba el número de un ataúd trasladado aquella semana. Olvido buscó la cifra en su copia del manifiesto.

—Llegó vacío y regresaba con ciento veinte kilos más.

—Una persona —dijo Tomás.

—O varias cajas de sangre —corrigió Nicolás.

Aurora guardó la instrucción. Lázaro había pagado una segunda vez la salida de 1874, pese a asegurar que no lo haría. Eso no demostraba arrepentimiento. Podía estar conduciéndolos hacia una emboscada o ajustando una deuda propia con Aldara.

—¿Confiaremos en él? —preguntó Olvido.

—Comprobaremos la compuerta antes de utilizarla —dijo Aurora—. La confianza no siempre tiene que ser completa para que una información resulte útil.

Olvido quiso participar en la entrada. Catalina se negó antes de que Aurora respondiera.

—Ya has robado manifiestos, mentido a dos empleados y traído un mensaje de un vampiro. Esta noche te toca hacer algo sensato.

—¿Qué?

—Quedarte en la estación. Si sale un tren no previsto, cambias la aguja siete y envías la locomotora a la vía muerta.

Olvido sonrió.

—Eso no es sensato.

—En esta familia es lo más parecido.

El billete de Lázaro les dio la señal que faltaba. La información no cerró ninguna deuda. Abrió otra posibilidad de salir vivos.

Aurora añadió el nombre de Lázaro al plan, no entre los aliados, sino entre quienes todavía podían elegir un lado distinto.

Olvido dibujó un signo junto a él: una puerta abierta. Nadie discutió la elección.

El plan ya contenía demasiados nombres para pertenecer a una sola persona. Esa debilidad podía salvarlos.

También impediría que alguien heredara el control completo.

Catalina abrió uno de los cuadernos antiguos. Entre las páginas había una carta de Amalia Cueli fechada en 1882. Había vivido en Avilés bajo el apellido de su tía, se había casado con un calafate y tenía tres hijos.

—Preguntaba por ti —dijo Catalina—. Le respondí que habías muerto durante la epidemia.

Aurora leyó la letra insegura. Amalia agradecía a la mujer del registro que se negara a convertirla en una palabra dentro de una lista.

La historia que parecía abierta desde 1855 había continuado lejos de ellos, con pañales, cuentas, inviernos y discusiones que Aldara nunca llegó a poseer.

—Hicimos algo bien —murmuró.

—Bastantes cosas —corrigió Catalina—. El problema es que solo guardáis inventario de las malas.

Nicolás miró a Aurora. El recuerdo de su cuaderno de nombres pertenecía a ambos, aunque él no sabía cuándo se lo había enseñado.

—Cuando termine esto —dijo—, escribiré una lista distinta.

—Si termina —replicó Catalina.

—Cuando termine —insistió Aurora.

Nicolás había olido la llave antes de entregársela a Elvira. En las muescas quedaba un rastro más antiguo que no pertenecía a Gaspar.

—Hay otra vampira —dijo—. Puede ser Leonor.

—¿La mujer que Aldara conserva en Elvira? —preguntó Catalina.

—La mujer real. Si sigue viva, ha debido de mantenerla en el archivo durante décadas.

La pista podía ser una advertencia o un camino dispuesto por Aldara.

Aurora envolvió la llave y volvió a la estación con una autorización falsificada por Catalina.

Durante años, su amiga había comprado telas, vendido propiedades y tratado con funcionarios que creían que una viuda debía agradecer cualquier ayuda.

Había aprendido a imitar sellos mientras ellos la ignoraban.

—No preguntes de dónde lo saqué —dijo al entregarle el documento.

—No pensaba hacerlo.

—Mientes igual que tu madre.

Aurora regresó al despacho de mercancías. El empleado al que había engañado la reconoció y llamó al jefe. Ella dejó la autorización sobre la mesa.

—El capitán Junquera ha ordenado revisar los envíos de la sociedad —dijo.

—El capitán Junquera murió hace once años.

Aurora lamentó el gusto de Catalina por utilizar sellos antiguos.

—Precisamente por eso investigamos quién sigue firmando en su nombre.