Tu nombre en mi sangre Capítulo 18. Las cartas de Francia #3
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Capítulo 18. Las cartas de Francia #3

—Que mire —dijo—. También verá que seguimos vivos.

Esa noche enterró junto a la tumba una de las cartas falsas que Ramona había guardado. Conservó las demás, la carta de su madre y los zapatos sucios.

De regreso en la tienda, Catalina colocó una caja sobre la mesa.

—Estas no las ha leído nadie —dijo.

Había diecisiete cartas dirigidas a Francia. Ramona las escribió después de cada respuesta de Aurora, aunque nunca las envió. Algunas llevaban sellos comprados y direcciones inventadas. Otras no estaban terminadas.

Aurora abrió la primera. Su madre describía una gotera, el precio del hilo y una vecina que aseguraba haber visto al rey. No había reproches. La ausencia de ellos resultaba peor.

—¿Por qué las guardaste? —preguntó.

—Porque me lo pidió.

—También te pidió que me dijeras que no cargara con su nombre.

—Una persona puede desear dos cosas incompatibles. Tu madre dominaba ese arte.

Nicolás permaneció cerca de la puerta.

—¿Quieres que me marche?

Aurora estuvo a punto de decir que no. Él podía sostenerla, leer las cartas cuando las palabras se volvieran borrosas y recordar detalles que ella olvidara. Esa utilidad era precisamente el peligro.

—Sí.

Nicolás salió sin mostrar herida. Catalina esperó a que la puerta se cerrara.

—Lo has castigado por no ser tu madre.

—Le he pedido intimidad.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Aurora abrió otra carta. Ramona hablaba del retrato enviado en 1871. Había sabido que Catalina mentía sobre el viaje.

No lo manda porque teme que Aurora me vea vieja. Dile que una cara no es una deuda. He utilizado la mía todos los días y no me avergüenza.

La siguiente mencionaba a Esteban.

Tu marido escribe con tu letra cuando cree que no miro. No sé si existe. Si lo has inventado para que deje de esperar, podrías haber elegido un hombre menos torpe.

Aurora levantó la vista.

—Lo sabía.

—Desde hacía años.

—¿Sabía que yo seguía cerca?

—Sabía que había una verdad que no podías contarle. Eligió no perseguirla porque temía que la respuesta te llevara más lejos.

Aquello no era perdón. Tampoco ignorancia. Ramona había aceptado un límite sin conocer su forma, una generosidad que Aurora nunca le atribuyó porque necesitaba imaginarla engañada para justificar las cartas.

Leyó hasta el amanecer. En la última hoja, escrita pocos días antes de morir, Ramona había dejado una lista de nombres: Catalina, Tomás, Amalia, el enfermero extranjero, Esteban. Junto a cada uno anotó una pregunta.

Al lado de Aurora no había ninguna.

Solo una frase: Mi hija siempre regresará tarde porque antes tiene que salvar a quien encuentra en el camino. Procura que alguien le guarde una silla.

Catalina empujó la suya hacia Aurora.

—Esta es bastante incómoda, pero sirve.

Aurora se sentó. No lloró. Leyó la frase otra vez hasta que dejó de parecer una absolución y pudo recibirla como lo que era: la opinión obstinada de una mujer que la conocía.

Nicolás llamó a la puerta cuando oscureció. No entró hasta que Aurora respondió. Ella le mostró la caja cerrada.

—No voy a darte las cartas.

—No las he pedido.

—Tampoco quiero contarte todo lo que dicen.

—Está bien.

—Mi madre sabía que Esteban no existía.

Nicolás consideró la revelación.

—Le caía mejor que yo.

Aurora rió, sorprendida por el sonido. Le tendió la última carta, cubriendo con los dedos las líneas anteriores. Nicolás leyó solo la frase de la silla.

—Puedo guardártela —dijo.

—No necesito que lo hagas.

—No he dicho la carta.

Nicolás acercó una silla y se sentó a su lado. La relación había sobrevivido cinco años de deseo callado y una memoria peligrosa. Aquella noche no resolvieron nada. Compartieron una mesa mientras Aurora elegía qué cartas abrir.

Guardó tres sin leer. Nicolás no preguntó cuáles. Catalina protestó porque una caja cerrada atraía humedad, ratones y familiares curiosos. Terminó envolviéndola en tela encerada.

—Cuando quieras abrirla, vuelve —dijo.

—Puedes enviármela.

—He esperado veintitrés años para darte una silla. No pienso conformarme con el correo.

Aurora aceptó regresar. La promesa ya no intentaba cambiar el pasado. Reservaba una noche futura entre personas que aún podían decidir cómo emplearla.

Antes de cerrar la caja, introdujo el dedal de Ramona. Luego lo retiró. El objeto podía acompañarla sin quedar convertido en llave de una memoria. Se lo guardó en el bolsillo y sintió el peso mínimo durante todo el viaje.

Nicolás le ofreció el brazo al bajar la escalera. Esta vez Aurora lo aceptó. Catalina fingió interesarse por las cortinas para no mirar.

En la calle, Aurora soltó el brazo y volvió a tomarlo unos pasos después. Nicolás no preguntó cuál de los dos gestos decía la verdad. Ambos la decían en momentos distintos.

El dedal golpeó suavemente contra el cuaderno dentro de su bolsillo.

Aurora no necesitó abrir ninguna carta para recordar la mano de Ramona. La imagen podía desgastarse con los años y aun así seguir siendo suya. Si un día desaparecía, no bebería a otra persona para obligarla a regresar. Podría contar que había existido y aceptar el límite de las palabras.

No todos los recuerdos necesitaban sangre.