Capítulo 18. Las cartas de Francia #2
Nicolás se levantó, aunque no se acercó.
—Escribiste durante veintitrés años.
—A una mujer que vivía a dos días de viaje.
—Aldara vigilaba la casa.
—Siempre había una razón.
Aurora abrió un cajón y sacó las copias de sus cartas.
Guardaba cada una porque, con el tiempo, las mentiras resultaban difíciles de coordinar.
En ellas había construido una vida en Burdeos: una casa con contraventanas azules, trabajo en un taller de costura, un marido llamado Esteban y una vecina que enfermaba demasiado.
Ramona había conocido a personas inexistentes mejor que a la hija real.
Arrojó las copias al fuego.
Nicolás la sujetó antes de que metiera la mano entre las llamas para empujar la última.
—Suéltame.
Él obedeció.
Aurora vio cómo ardía la letra. Esperaba sentir alivio, quizá castigo. Solo quedó ceniza.
—Recuerdo cómo olían sus manos —dijo—. Las mías y las tuyas. La última noche, mientras la abrazaba, yo quería memorizarla. Tú miraste hacia otro lado porque te avergonzaba presenciarlo. Ahora ese recuerdo vive en mí desde dos lugares y ella no tuvo ninguno de los dos.
Nicolás se sentó frente al fuego.
—Podría decirte que la protegiste. También podría decirte que tuviste miedo y elegiste una ausencia larga. Las dos cosas son ciertas.
—No intentas consolarme.
—No creo que quieras consuelo.
Aurora se sentó al otro lado. Nicolás no mencionó la cocina recuperada ni la posibilidad de alcanzar recuerdos de Ramona bebiendo de ella. Durante años había temido que utilizara el duelo como argumento. Su silencio resolvió una duda que el deseo no había podido cerrar.
—Quiero ir a Oviedo —dijo.
—Iremos.
—Aldara seguirá vigilando.
—Buscaremos la forma.
Viajaron durante semanas, ocultándose al amanecer en posadas y graneros. Entraron en Asturias por caminos secundarios. Catalina los recibió de noche en una casa distinta. Había vendido la tienda y vivía con una nieta que no sabía nada de Aurora.
El baúl azul esperaba en un desván.
Aurora levantó la tapa. Dentro estaban las cartas originales, atadas por años.
Ramona había guardado también el primer vestido de su hija, un peine roto, los zapatos manchados que Aurora abandonó al seguir el carro de Jacinta y un recorte donde se mencionaba a los trabajadores del hospital durante la epidemia.
Debajo había una carta sin sello.
Aurora, decía.
Catalina cree que no entiendo por qué no vuelves. Se equivoca. Una madre aprende a reconocer la mentira antes que la letra. No sé dónde estás ni qué te ocurrió. Sé que sigues escribiendo porque cada carta tiene una mancha de tinta en el mismo lugar que dejabas en la mesa de niña.
Aurora tuvo que interrumpir la lectura.
Catalina estaba sentada en un arcón, con las manos sobre el bastón.
—Nunca me dijo que lo sabía —murmuró.
—A mí tampoco. Encontré la carta después de enterrarla.
Aurora siguió.
Si te fuiste para salvarte, hiciste bien. Si te quedaste lejos para salvarme, te perdono aunque no te lo haya pedido. No conviertas mi espera en una razón para desperdiciar tu vida. Las madres también tenemos derecho a que nuestras hijas nos desobedezcan.
La firma ocupaba media línea. Ramona Hevia.
Nicolás permaneció en la puerta del desván. Aurora fue hacia él y apoyó la frente en su pecho. No buscó un latido. Buscó la quietud de alguien que podía sostenerla sin explicar lo que sentía.
—Aldara tenía razón en algo —dijo Aurora—. Todos los humanos a los que quiero morirán.
—Acabarán muriendo.
—Tú también podrías matarme para recordar.
—Podría.
Aurora levantó la cabeza.
—Gracias por no mentir.
—No quiero tus recuerdos si para tenerlos debo perderte.
—Ya probaste uno.
—Y llevo cinco años deseando más.
La confesión dolió, aunque también limpió el espacio entre ambos.
—¿Cómo soportas el deseo?
—Recordando que la mujer de la cocina eres tú y que la mujer que tengo delante también. Una no paga la vida de la otra.
Aurora lo besó. A su espalda, Catalina se levantó con esfuerzo.
—Voy a bajar —anunció—. A mi edad, una aprende a evitar espectáculos que ya no puede imitar.
Aurora rió contra la boca de Nicolás. La pena no desapareció. Encontró sitio junto a algo vivo.
Tomás los acompañó al cementerio después de medianoche. Catalina llevaba una linterna cubierta y caminaba despacio, negándose a aceptar el brazo de Aurora. La tumba de Ramona era sencilla. Alguien había colocado un dedal sobre la tierra.
—Lo trajo una clienta —explicó Catalina—. Tu madre le cosió el vestido de boda y luego el de luto.
Aurora se arrodilló. Tocó la tierra húmeda y pensó en excavar, en abrir el ataúd y comprobar una muerte que conocía por una carta. El impulso le produjo vergüenza.
—Estuve con ella al final —dijo Tomás—. No sufrió mucho.
—¿Preguntó por mí?
—Habló de ti. No preguntó. Había comprendido que nadie podía darle la respuesta que deseaba.
—¿Qué dijo?
Tomás miró a Catalina. Ella asintió.
—Que de niña copiabas palabras de los periódicos para corregir la letra de tu padre. Que siempre habías creído que escribir un nombre impedía perderlo. Me pidió que te dijera que no cargaras con el suyo.
Aurora tomó el dedal. Tenía pequeñas abolladuras de años de uso.
—Llegó tarde.
—Las madres suelen hacerlo —dijo Catalina—. Las hijas tampoco destacan por su puntualidad.
Nicolás permanecía cerca de la entrada. El respeto de su distancia conmovió a Aurora y la enfadó. Lo llamó con un gesto.
—Ella te habría detestado —dijo cuando llegó.
—La impresión habría sido mutua, según mis notas.
—Habría terminado alimentándote porque no soportaba ver a nadie sin cenar.
Nicolás miró la tumba.
—Me habría gustado conocerla.
Aurora podía ofrecerle los recuerdos que conservaba, contarle la voz, las manos y los reproches. Por entonces aún confundía compartir una memoria con salvarla. Se limitó a entregarle el dedal durante unos segundos.
—Esto era suyo.
Nicolás lo sostuvo y se lo devolvió. Ninguna imagen apareció. El objeto conservó su tamaño, su metal frío y la historia que Aurora decidiera contar.
Al salir del cementerio, encontraron un hilo violeta atado a la verja. Nicolás lo olió.
—Aldara.
Catalina sacó unas tijeras y lo cortó.