Capítulo 18. Las cartas de Francia
Las cartas de Francia
La herida de Aurora cerró antes del amanecer. La distancia con Nicolás duró cinco años.
No dejaron de viajar juntos ni de compartir cama. Siguieron destruyendo rutas de Aldara y buscando a quienes salían marcados en los registros. Desde fuera, poco cambió. Dentro de la relación apareció una pregunta cada vez que Nicolás miraba su cuello.
Aurora dejó de ofrecerle sangre. Él no se la pidió.
En Burdeos, durante el invierno de 1877, alquilaron un cuarto encima de un taller de encuadernación. Una noche, Aurora encontró a Nicolás copiando el recuerdo recuperado de la cocina. Había dibujado la ventana, la mesa y la posición exacta de la taza rota.
—¿Qué haces?
Él cubrió el papel. El gesto resultó absurdo. Ella ya lo había visto.
—Temo olvidarlo otra vez.
—Lo recuperaste de mí. Si lo conviertes en una reliquia, Aldara seguirá decidiendo para qué sirvió.
—Es mío.
La palabra abrió la discusión que ambos evitaban.
—También era mío —dijo Aurora—. Ahora hay una habitación vacía donde antes estaba esa noche.
—¿La has olvidado entera?
—Recuerdo que ocurrió. No puedo entrar en ella.
Nicolás apartó el dibujo.
—No sabía que la devolución te quitaba los recuerdos.
—Tampoco yo. Aldara eligió bien qué parte de la regla ocultarnos.
—Debiste contármelo.
—Habrías convertido tu culpa en otra manera de vigilarme.
Nicolás se levantó. Durante un instante miró el cuello de Aurora. Ella vio el deseo y esperó la pregunta. Él rasgó el dibujo en cuatro partes y las arrojó al brasero.
—No quería que hicieras eso —dijo.
—Yo sí.
—Estás tratando el recuerdo como si fuera una droga.
—Lo es.
Nicolás salió. Regresó al amanecer con sangre de animal en la ropa y una caja de madera. Dentro había hojas en blanco.
—Escribiremos lo que ocurra desde ahora —dijo—. Sin dibujar habitaciones perdidas.
Aurora tomó una hoja.
—¿Qué ponemos sobre esta noche?
—Que discutimos.
—Eso no ayudará a distinguirla.
Nicolás miró el taller a través de las tablas del suelo. El encuadernador cantaba mientras trabajaba y repetía mal el mismo verso.
—Que un hombre destrozó una canción durante tres horas y consiguió que nuestra discusión pareciera agradable.
Aurora lo escribió. A partir de entonces compartieron un cuaderno para recuerdos comunes. No pretendía impedir el olvido. Les permitía elegir qué parte de la vida merecía ser contada por ambos.
Durante los dos años siguientes llenaron treinta páginas.
Anotaron una habitación en Toulouse donde el techo goteaba sobre la cama, una mujer que vendía sangre para pagar las clases de su hija y una discusión sobre si robar a un colaborador de Aldara seguía siendo robo.
Dejaron otras noches fuera. El cuaderno no debía convertirse en una autoridad.
Nicolás nunca volvió a dibujar la cocina. Aurora dejó de preguntarle por el fragmento. La abstinencia no eliminó el deseo. Lo volvió una presencia doméstica, como una puerta que ambos evitaban abrir aunque cada uno conservase la llave.
En el verano de 1878 viajaron hasta Asturias. Tomás había enviado una carta sobre tres desapariciones. Aldara no parecía implicada. Aun así, Aurora utilizó la investigación como motivo para acercarse a Oviedo.
Catalina los alojó en una bodega bajo la tienda. Tenía cincuenta y cinco años y se negaba a bajar las escaleras con ayuda.
—Tu madre pregunta menos —dijo mientras encendía una lámpara—. Eso es peor.
—¿Está enferma?
—Está cansada de esperar una respuesta distinta.
Aurora había escrito desde Bayona la semana anterior. Describió un verano lluvioso y una clienta francesa. Ramona respondió con cuatro líneas. Cuídate. Come. Escribe cuando puedas. Aquí seguimos.
—Quiero verla —dijo Aurora.
—Entonces ve.
—Aldara puede vigilar la casa.
—Hace cuatro años que no encontramos una marca.
—Eso no significa que se haya marchado.
Catalina apoyó el bastón en la pared.
—Siempre habrá una razón para mirar desde la esquina. Tu madre tiene setenta años. El tiempo no negocia con el miedo.
Nicolás no intervino. Había prometido dejar que Aurora decidiera y cumplía con una quietud que también podía sentirse como distancia.
—¿Qué harías tú? —le preguntó ella.
—Quieres que te dé una orden para poder culparme.
—Quiero una opinión.
—Entraría. También he vivido suficiente para saber que mi deseo no paga el riesgo de otra persona.
Aurora pasó el día en la bodega. Al anochecer salió con un velo de viuda. Nicolás esperó dos calles más lejos. Catalina había pedido a Ramona que preparase una costura urgente en la tienda y dejó la casa vacía.
Aurora entró. Todo olía igual y tenía otro tamaño. La mesa de la cocina conservaba la mancha de tinta que hizo a los doce años. Sobre una silla había un chal que Ramona remendaba. Aurora lo tomó y vio el desgaste en los bordes.
Había venido para dejar una carta. En lugar de eso buscó una aguja, eligió hilo parecido y reparó el chal. Sus manos recordaban cómo cosía la madre, aunque nunca tuvieron su paciencia.
En el dormitorio encontró las cartas de Francia atadas por años. Ramona había añadido notas en los márgenes. Junto a una descripción de Nicolás como hombre paciente escribió: Un marido que no trae a su esposa a ver a su madre tiene una paciencia interesada.
Aurora sonrió y sintió deseos de llorar. Los vampiros podían hacerlo. A ella las lágrimas le llegaban tarde, cuando la emoción ya había aprendido a sostenerse sin ayuda.
La puerta se abrió y Ramona entró con Catalina.
Aurora se ocultó detrás de la cortina antes de que la vieran. Catalina se quedó inmóvil. No podía advertirla sin revelar la presencia.
—He olvidado el chal —dijo Ramona.
—Mañana lo recoges.
—Mañana puedo estar muerta.
—Llevas veinte años utilizando esa amenaza y cada vez resulta menos convincente.
Ramona encontró la prenda sobre la cama. Tocó la costura nueva.
—Has sido tú.
Catalina no respondió.
—Esta puntada la hacía Aurora —continuó—. Siempre dejaba el hilo demasiado tirante.
Aurora contuvo la respiración. Su madre avanzó hacia la cortina.
En la calle, un hombre gritó el nombre de Nicolás. Después sonó una pelea. Aurora comprendió que él provocaba el ruido para sacarlas de la habitación.
Catalina corrió a la ventana. Ramona la siguió. Aurora salió por la puerta y atravesó el patio.
Encontró a Nicolás discutiendo con dos borrachos. Había elegido a los únicos hombres capaces de insultarlo sin recordar la cara. Recibió un puñetazo, fingió dolor y los persiguió hasta la esquina.
Aurora lo alcanzó bajo un soportal.
—Casi me vio.
—Lo sé.
—Podía haber hablado con ella.
—También lo sé.
—¿Por qué provocaste la pelea?
—Oí otro corazón en el patio. Alguien observaba la casa desde el cobertizo.
Aurora miró atrás.
—¿Aldara?
—Un humano. Se ha marchado cuando salieron a la ventana.
El peligro devolvió una justificación al miedo. Aurora la odió por lo fácil que resultaba aceptarla.
Nicolás sacó del bolsillo un hilo violeta que había encontrado en el patio.
—Nos sigue vigilando.
Regresaron a la bodega. Catalina llegó furiosa.
—Ramona cree que has estado en la casa.
—Ha visto la costura.
—También ha visto una sombra salir por el patio. Me ha preguntado si su hija conserva la misma edad.
Aurora se sentó.
—¿Qué le has dicho?
—Que el dolor hace ver lo que una desea.
—Le has mentido.
—Me pediste que lo hiciera hace veintitrés años.
La cifra cayó entre ambas. Catalina había sostenido la mentira durante casi la mitad de su vida adulta. Aurora escribía las cartas. Su amiga cargaba con las preguntas, las sospechas y los inviernos.
—Puedes dejar de hacerlo —dijo.
—Eso no te absuelve de decidir.
Aurora escribió una carta en la bodega. Esta vez no inventó un trabajo ni una enfermedad. Dijo que había elegido una vida que le impedía volver, que seguía queriendo a su madre y que no esperaba perdón. No explicó la sangre.
Catalina la leyó.
—Si la envías, sabrá que te despides.
—Puede ser la verdad.
—La verdad también puede utilizarse para que una se sienta valiente.
Aurora rompió la carta. Redactó otra más sencilla. Pienso en ti todos los días. Volveré cuando pueda.
—También es mentira —dijo Catalina.
—Todavía no sé si lo es.
La enviaron. Aurora y Nicolás abandonaron Asturias antes del amanecer. Las tres desapariciones pertenecían a una banda humana que secuestraba trabajadores para robar salarios. Tomás entregó pruebas a la autoridad y dos hombres fueron detenidos.
Durante el viaje de regreso, Aurora habló poco. Nicolás no intentó convertir la visita fallida en una razón para acercarse. En una posada, ella abrió el cuaderno común.
—¿Qué escribimos? —preguntó.
—Que arreglaste un chal y casi destruiste veintitrés años de mentiras con una puntada.
—Suena demasiado limpio.
—Añade que elegí borrachos incapaces de golpear.
Aurora escribió ambas cosas. Después anotó el hilo violeta. La amenaza no ocuparía más espacio que el gesto de su madre reconociendo una costura.
En diciembre llegó una carta de Ramona. No hablaba de sombras ni de la casa. Incluía un trozo del hilo que Aurora utilizó en el chal.
La próxima vez no tires tanto. La tela se frunce.
Aurora guardó el mensaje sin saber si su madre había comprendido. Nicolás no pidió leerlo.
En febrero de 1879, una carta de Catalina llegó a la casa que ocupaban cerca de Bayona. El sobre llevaba luto.
Aurora reconoció la noticia antes de abrirlo.
Ramona murió el día nueve, en su cama, después de una fiebre breve. Conservó todas tus cartas. Hasta el final creyó que vivías en Francia y que tu marido era un hombre paciente, aunque algo inútil para conseguirte un viaje a Asturias.
Nicolás estaba reparando una silla junto al fuego. Aurora leyó el resto sin sentarse.
No preguntó por qué nunca tuviste hijos. Decía que algunas mujeres nacen para otra clase de vida. Me hizo prometer que, si regresabas, te entregaría el baúl azul. No sé qué contiene. Cuando sea seguro, ven.
Aurora dobló la carta y la guardó en el sobre.
—Ha muerto mi madre.
Nicolás dejó la herramienta.
—Lo siento.
—No digas eso.
—¿Qué quieres que diga?
—Que deberíamos haber vuelto. Que fui cobarde. Que la dejé morir con una mentira.