Capítulo 17. El primer fragmento #3
Quedaban cuatro personas rescatadas en la casa.
Una mujer llamada Felisa recordaba su nombre, pero no el rostro de su marido.
Un desertor había perdido los tres días anteriores a la detención.
El impresor, Abelardo Coto, repetía una dirección que ya no existía.
La última cautiva se negó a hablar y pidió papel.
Aurora se lo dio.
La mujer escribió: No quiero que nadie intente devolverme nada. Firmó Teresa Abad.
Tomás leyó la frase y dejó la hoja boca abajo.
—Puede no comprender lo que ha perdido.
—Lo comprende lo suficiente para pedir que paremos —dijo Aurora.
—Aldara pudo obligarla a escribirlo.
—También pudo obligar a los demás a pedir ayuda. Si convertimos toda voluntad en sospecha, solo creeremos las decisiones que nos convengan.
Nicolás permanecía junto a la puerta, con la memoria de la cocina recién recuperada. Había obedecido los golpes de Aurora, aunque demasiado tarde. Ella sabía que escuchaba la discusión como una acusación.
Teresa dobló su hoja y la guardó en el escote. Después señaló a Felisa.
—Su marido murió hace nueve años. Aldara le mostraba el retrato para que suplicara recordarlo. Cada intento la dejaba peor.
Felisa apretó los ojos.
—No diga su nombre.
Nadie lo dijo.
Catalina llevó a las mujeres a un cuarto separado. Tomás atendió al desertor. Aurora buscó a Nicolás en el patio. Él examinaba la tenaza como si contuviera una respuesta.
—Acabas de recuperar una parte de mí —dijo ella—. ¿Qué vas a hacer con ella?
—No lo sé.
—Eso ya es algo.
—En la cocina pensé que podía protegerte de todo. Lo sentí con una certeza que ahora me parece arrogante.
—Lo era entonces.
—También recuerdo que te gustaba.
Aurora recibió la frase como una herida precisa. Había deseado aquella clase de protección antes de comprender su precio.
—Me gustaban varias cosas que podían matarme.
—Yo era una.
—Lo sigues siendo.
Nicolás dejó la tenaza en el alféizar.
—El recuerdo no me ha devuelto al hombre anterior. Ha añadido su deseo al mío. Ahora puedo echar de menos una noche que ya conocía solo por tus palabras.
—Y yo ya no recuerdo la lluvia.
Aurora lo dijo en ese instante. Había intentado buscar el sonido sobre la ventana de la cocina y encontró silencio. Conservaba el beso, el miedo y el calor de la lámpara. La lluvia había pasado a Nicolás.
—Puedo describírtela —ofreció él.
—No.
—Era tuya.
—Ahora sería tu versión entrando en el hueco. Déjalo vacío un tiempo.
Nicolás aceptó. El respeto resultaba más difícil cuando podía ofrecer exactamente lo que ella había perdido.
Aurora escribió en su cuaderno: La lluvia no está. No sustituir. Debajo anotó los nombres de Felisa y Teresa con sus límites. El primer fragmento recuperado no había reparado una historia. Había demostrado que incluso el amor podía convertirse en traslado.
A la mañana siguiente, Teresa Abad pidió irse. Tomás quiso retenerla por debilidad. Aurora consiguió un coche y le entregó dinero. La mujer dejó una dirección por voluntad propia.
—Tengo un sobrino llamado Daniel —dijo—. Si alguna vez encuentran mi nombre en otro archivo, entréguenselo sin contarle qué me hicieron.
Aurora añadió la condición. Once años después, Daniel aparecería en un almacén ferroviario buscando a una tía que había muerto sin recuperar el rostro de su familia.
Antes de irse, Teresa rompió la copia de su nombre que Tomás conservaba. El médico no protestó. Aurora recogió los pedazos y se los entregó para que pudiera quemarlos fuera.
—¿Y si Daniel viene a preguntar? —dijo Tomás cuando el coche partió.
—Le daremos la dirección que ella dejó y las palabras que autorizó. Solo eso.
—Puede odiarnos por eso.
—Tendrá derecho.
La ética del archivo no ofrecía finales agradecidos. Permitía que una persona siguiera controlando su historia incluso cuando los demás creían poder completarla.
Felisa pidió lo contrario. Quería que Tomás anotara el nombre del marido en un sobre cerrado por si alguna vez decidía buscarlo. El médico preparó la carta sin pronunciarlo. Teresa observó la escena y no cambió de opinión.
Dos mujeres habían salido de la misma celda con deseos incompatibles. Aurora comprendió que ningún código podía convertir el cuidado en una respuesta idéntica para todos.
Tomás preparó dos sobres distintos. Escribirlos le llevó menos tiempo que aceptar que su conocimiento médico no le otorgaba la última palabra. Cuando terminó, entregó los sellos a cada mujer para que ellas decidieran dónde guardarlos.
Escogieron lugares distintos y las dos conservaron la llave.
—Si el ferrocarril atraviesa Pajares sin interrupción —dijo—, Aldara tendrá una ruta distinta.
—Tardará años —respondió Nicolás.
—Nosotros disponemos de ellos —dijo Aurora.
La frase dejó a Tomás en silencio. Para él, una década tenía peso. Para Aurora y Nicolás empezaba a convertirse en una distancia corta.
—Yo guardaré los cuadernos —decidió el médico—. Cuando completen la línea, os avisaré.
Aurora comprendió que le pedía una promesa de regreso y se la dio. De ese modo, el plan de 1885 comenzó en una consulta, con un ferroviario asustado y tres personas fingiendo que once años no cambiarían nada importante.