Capítulo 17. El primer fragmento #2
Elvira bajó del tejado por la ventana. Llevaba a un hombre inconsciente sobre el hombro.
—Buscaban esto —dijo.
Era el hermano de Abelardo. Tenía heridas en el cuello y las manos quemadas. Elvira lo había encontrado en un carruaje cerca de la fortaleza.
—Aldara lo dejó para que lo siguiera —explicó—. Me cansé de obedecer la dirección y lo saqué por el techo.
Los hermanos se abrazaron. Catalina protestó porque la consulta ya no podía esconder a más personas. Aun así, preparó una cama.
El hombre despertó con fiebre. Había hablado. Aldara conocía la ubicación de la plancha.
—Está bajo el suelo de la imprenta vieja —dijo.
Aurora reconoció el lugar. La imprenta de su padre, el primer refugio de Nicolás. Aldara devolvía la persecución a una casa que ya había marcado.
—La habrá recogido —dijo Nicolás.
—O espera que vayamos.
—¿Qué nombres contiene? —preguntó Aurora.
Abelardo enumeró seis. Dos figuraban en la lista de pagos de Gaspar. Otro pertenecía a un militar que ayudaba a Aldara con los traslados.
—Si publicamos la plancha, obligaremos a sus colaboradores a desconfiar entre ellos —dijo Aurora.
—También condenaremos a hombres que quizá cambiaron de bando para sobrevivir —respondió Tomás.
La información era un arma antes de que alguien la imprimiera. Aurora pensó en el archivo de la quinta y en la facilidad con que Aldara convertía una verdad en una sentencia.
—La recuperaremos y la destruiremos —decidió—. Ya sabemos qué nombres necesitamos investigar.
Nicolás la observó. Había escuchado a la mujer que en 1855 quería conservar todos los registros elegir otro límite.
—Iré con Elvira —dijo—. Tú te quedarás aquí.
Aurora estuvo a punto de discutir. La habitación giró y tuvo que agarrarse a la camilla.
—Esta vez sí —aceptó—. No porque lo ordenes.
—Lo escribiré para no confundir la ocasión.
Nicolás y Elvira salieron. Regresaron antes del amanecer con la plancha rota en cuatro pedazos. Aldara no apareció. Había dejado una frase grabada en el plomo: Ahora sabe a quién amabas.
Aurora sostuvo uno de los fragmentos. Las letras invertidas componían nombres que solo podían leerse al imprimirlos. El recuerdo funcionaba de modo parecido. Nicolás había necesitado su sangre para revelar una escena y la imagen correcta había quedado marcada a costa de otra superficie.
Catalina arrojó el plomo a una olla y lo fundió.
—Que haga algo útil —dijo—. Necesito pesas para las cortinas.
El gesto rompió la solemnidad. Aurora se rio y la herida del cuello volvió a abrirse. Tomás acudió con las vendas.
—La ha llevado cerca de la muerte —dijo al terminar.
—La plata estaba alcanzando mi corazón —respondió él.
—No le he preguntado por qué.
Aurora se abrochó la camisa.
—Yo se lo pedí.
Tomás guardó las vendas con demasiada fuerza.
—También le pediste que te convirtiera.
—Y sigo viva.
—No estoy seguro de que esa palabra signifique lo mismo.
La crueldad escapó antes de que pudiera corregirla. Tomás bajó la cabeza.
—Perdona.
Aurora tocó su mano.
—No tienes que entenderlo. Solo debes creerme cuando digo que elijo.
Tomás salió. Nicolás permaneció junto a la puerta.
—Tiene razón en desconfiar.
—También yo.
—Aurora…
—¿Cuánto deseabas seguir?
Nicolás miró la sangre seca en sus manos.
—Cuando apareció la cocina, olvidé el pasillo. Solo existía la mujer que habías sido. Quería la frase siguiente, el gesto siguiente, todo lo que faltaba. Oí tus golpes como si vinieran de otra habitación.
—Te detuviste.
—Tarde.
—Te detuviste —repitió Aurora—. No utilizaré eso para decir que el riesgo ha desaparecido.
Nicolás se sentó al otro lado de la camilla.
—Puedo marcharme.
—Aldara espera que el miedo nos separe. No quiero regalarle una solución tan limpia.
—¿Qué propones?
—No volveremos a alimentarnos el uno del otro. Si resultas herido con plata, buscarás a otra persona. Si no la hay, decidiré en ese momento y no antes.
—Acepto.
—Y me contarás cada recuerdo que vuelva.
Nicolás cerró los dedos sobre la tenaza.
—La cocina tenía una ventana pequeña. Llovía. Después de besarme, recogiste la punta de plata y fingiste que no te temblaban las piernas.
—No me temblaban.
—Ahora recuerdo que mentías mal.
Aurora casi rió. La frase llevaba dentro la voz del hombre anterior, pero también la del actual. Quizá no pudieran separar todas las versiones.
—Dormirás en casa de Catalina —dijo—. Yo me quedaré aquí.
Nicolás se levantó.
Antes de salir dejó la tenaza sobre la mesa. Aurora entendió el gesto. Era el objeto de su encuentro y también un arma. Él le entregaba ambas cosas.
Esa noche soñó con la cocina. Al despertar, faltaba la lluvia. Nicolás la había recuperado y ella empezaba a perderla.
Uno de los hombres liberados pidió hablar con ella al día siguiente. Se llamaba Eusebio Merás y trabajaba como guardafrenos. Aldara lo había retenido porque descubrió ataúdes cargados en un tren de mercancías antes de que existiera una línea directa entre León y Oviedo.
—Usaban el tren hasta Busdongo y carros para cruzar el puerto —explicó—. Al otro lado volvían a cargar las cajas. La señora decía que algún día cerrarían el enlace y ya no necesitaría esconderse en los caminos de Pajares.
Tomás anotó los nombres de dos consignatarios. Aurora observó la mano del hombre. Le faltaba una uña y tenía marcas de cuerda.
—¿Qué recuerda de las dos noches retenido?
—Una habitación blanca. Me hicieron beber algo. Una mujer de pelo corto discutía con la señora.
—Elvira —dijo Aurora.
—La llamó así. La joven respondió que Leonor seguía viva.
Nicolás, que había permanecido cerca de la puerta, entró en el cuarto.
—¿Oyó dónde?
—En el norte. Un lugar con olor a sal. La señora se rio y dijo que el mar no servía para esconder un recuerdo.
Elvira había acompañado a Aldara durante décadas porque creía que Leonor seguía en algún archivo. Su traición de 1855 no fue un gesto repentino. Llevaba años buscando.
—¿Qué harán conmigo? —preguntó Eusebio.
—Catalina lo llevará a casa de un primo —respondió Aurora—. Durante un tiempo no vuelva al ferrocarril.
—Es mi trabajo.
—Entonces aprenda qué ataúdes no debe abrir.
Eusebio se marchó con ropa prestada. Tomás guardó las notas entre las páginas del cuaderno de 1855.