Capítulo 17. El primer fragmento
El primer fragmento
La casa junto a la fortaleza estaba vacía cuando llegaron.
Aurora entró con Catalina por el patio. Nicolás y Tomás habían accedido a los túneles de servicio desde una vivienda contigua. Elvira aguardaba en el tejado. Había reaparecido dos días atrás con la noticia de que los detenidos seguían vivos y una bala de plata para cada guardián.
—No me fío de ella —susurró Catalina mientras forzaba una ventana.
—Ella tampoco se fía de nosotros. Nos mantiene educados.
—A mí me mantiene el cuchillo.
La habitación olía a yeso nuevo. Aldara había levantado paredes dentro de paredes, creando pasillos estrechos desde los que se podía observar cada cuarto. Aurora encontró una mirilla a la altura de los ojos. Al otro lado, seis hombres y una mujer estaban atados en una sala.
—Siguen vivos.
Catalina probó la puerta. Cerrada.
Aurora utilizó la llave de Gaspar. El hierro entró, aunque no giró.
—La llave es de la quinta —dijo Catalina.
—La marca tiene la misma forma.
—Quizá necesita tu sangre.
Aurora recordó la puerta roja. Se pinchó un dedo y tocó el símbolo. La cerradura cedió.
—Algún día entrarás en una casa por la puerta como una persona corriente —murmuró Catalina.
—No me reconocería.
Liberaron a los prisioneros. La mujer llevaba uniforme de enfermera y explicó que los habían alimentado bien. Aldara no buscaba recuerdos. Eran cebo.
Un disparo sonó en el pasillo.
Elvira cayó desde una trampilla. Una bala le había atravesado el hombro. Detrás de ella bajaron dos vampiros.
Catalina condujo a los humanos hacia el patio. Aurora disparó al primero. La plata entró en la cadera y lo derribó. El segundo esquivó la bala y la alcanzó antes de que recargara.
Chocaron contra la pared. El vampiro tenía la cara de un adolescente y la fuerza de alguien mucho mayor. Hundió los dedos en el cuello de Aurora.
—Aldara dice que no debo matarte —susurró—. Solo abrirte.
Elvira le clavó un cuchillo en la espalda. La hoja era de acero y la herida cerró enseguida, aunque bastó para que Aurora se soltara. Ambas lo empujaron hacia la habitación.
Nicolás apareció por el otro pasillo. Luchaba con un guardia corpulento que llevaba una cadena de plata alrededor del puño. Cada golpe quemaba la piel de Nicolás. Tomás intentó acercarse y recibió una patada en el pecho.
Aurora corrió hacia ellos.
El adolescente la interceptó. La agarró por el pelo y hundió los dientes en su hombro.
El dolor llegó acompañado por un tirón interior. No estaba bebiendo solo sangre. Buscaba los recuerdos, removiéndolos con una avidez que confundía las escenas. Aurora vio la cocina de Nicolás, el mercado de 1855 y el rostro de Ramona superpuestos.
Le clavó los pulgares en los ojos. El muchacho la soltó.
Nicolás rompió el cuello del guardia corpulento. La cadena le había abierto quemaduras profundas en brazos y pecho. Dio dos pasos hacia Aurora y cayó de rodillas.
—¡Nicolás!
Elvira disparó al adolescente. Catalina regresó desde el patio y ayudó a Tomás a cerrar la puerta con los atacantes dentro.
—Los detenidos están fuera —dijo—. Tenemos que irnos.
Nicolás no podía levantarse. Las quemaduras se extendían bajo la camisa. Aurora se arrodilló y le ofreció la muñeca.
—Bebe.
Él apartó la cara.
—Aldara preparó esto.
—Morirás si no lo haces.
—Sangre humana.
Tomás miró a los prisioneros. Ninguno estaba en condiciones de darla. Catalina se cortó el brazo.
—La mía.
Nicolás olió la sangre, pero negó.
—No bastará. La plata ha llegado al corazón.
Aurora lo entendió. Necesitaba sangre de un vampiro creado por él, sangre ligada a la suya.
—Mírame —dijo.
Nicolás levantó los ojos.
—Te doy permiso. Te detendrás cuando yo te golpee.
—Si empieza la devolución, no sé si podré.
—Sí podrás.
Aurora se abrió el cuello con la punta del cuchillo. Nicolás reaccionó al olor. Ella lo sujetó por la nuca y acercó su boca.
—Elige —le dijo.
Nicolás mordió.
La succión fue más fuerte que en otras ocasiones. El dolor se extendió por el hombro herido y la herida nueva. Aurora apoyó una mano en el suelo para mantenerse erguida. La piel quemada de Nicolás empezó a repararse.
Los ruidos del pasillo se alejaron. El cuerpo de Aurora perdió calor. Golpeó una vez el suelo para avisar. Nicolás no respondió.
—Basta.
Él bebió más. Aurora golpeó dos veces.
Nicolás se separó con un grito. Cayó hacia atrás, agarrándose la cabeza. Las quemaduras habían desaparecido.
—Una taza —murmuró.
Aurora presionó la herida.
—¿Qué?
—Una taza rota. Tú estabas en la cocina y tenías sangre en el vestido. Dijiste que necesitabas pensar en algo que no fuera mi boca.
Aurora reconoció la noche de 1855. Él la miraba con el asombro de quien acababa de despertar dentro de una vida perdida.
—¿Qué más recuerdas?
Nicolás cerró los ojos.
—Tu cuello. La punta de plata en un plato. Una ventana abierta. Después desaparece.
Catalina se arrodilló junto a Aurora.
—Tenemos que sacarla de aquí.
Tomás le dio una botella de sangre humana que había tomado de la enfermería. Aurora bebió. El pasillo recuperó sus formas.
Nicolás seguía mirándola.
—Yo estaba enamorado de ti.
—Lo sabías.
—Ahora lo recuerdo.
El matiz abrió una distancia nueva. Aurora se levantó con ayuda de Catalina.
—Ha sido un fragmento.
—Aldara dijo la verdad.
—También preparó la emboscada para obligarnos a probarlo.
Elvira abrió la salida. Los prisioneros escapaban hacia las calles cercanas. Antes de seguirlos, Aurora miró la habitación vacía y comprendió el diseño completo. Aldara no había intentado capturarla. Quería que Nicolás saborease el pasado.
Y Nicolás acababa de descubrir que tenía el sabor de Aurora.
Se refugiaron en la consulta de Tomás. Los prisioneros liberados ocuparon el piso superior hasta que Catalina consiguió ropa y lugares donde esconderlos. El médico atendió las heridas de Aurora y evitó mirar a Nicolás.
El caos de la huida impidió hablar del recuerdo durante varias horas.
Dos detenidos habían inhalado láudano. Una mujer llevaba la muñeca rota.
El impresor buscaba a un hermano que no estaba entre los rescatados.
Catalina entraba y salía con prendas, pan y direcciones. Elvira vigilaba desde el tejado.
Aurora ayudó a vendar a la mujer. Al tomar las tijeras, olvidó dónde las había dejado aunque seguían en su mano.
—Has perdido demasiada sangre —dijo Tomás.
—Ya he bebido.
—La cabeza no se repara al mismo ritmo que una herida.
Aurora buscó el recuerdo de la cocina de 1855. Encontró la mesa, la punta de plata y su propia voz diciendo que necesitaba pensar en otra cosa. Faltaba el color del vestido de Nicolás. Siempre había sido negro, pero en la escena no aparecía.
—Algo se ha movido —murmuró.
—¿Qué?
—El recuerdo que Nicolás recibió. Antes podía verlo entero.
Tomás dejó la venda.
—¿Se lo ha llevado?
—No lo sé.
Nicolás estaba en el pasillo, sentado lejos de todos. Miraba una taza de la consulta como si esperara reconocerla. Aurora se acercó.
—¿De qué color era tu camisa? —preguntó.
—¿Cuándo?
—En la cocina. La noche de la plata.
Nicolás cerró los ojos.
—Blanca. Tenía sangre en el costado y una quemadura cerca del cuello.
Aurora buscó la imagen. La camisa regresó al oírlo, aunque parecía un dato contado y no una memoria.
—La has tomado.
—No sabía que la perderías.
—Aldara sí.
Nicolás dejó la taza. El deseo de recordar desapareció de su cara, sustituido por culpa.
—No volveré a beber de ti.
—Eso ya lo hemos acordado.
—Aunque mi vida dependa de ello.
—Eso no lo decides ahora.
—Acabo de arrancarte una parte de tu vida.
—También era tuya.
—No mientras estaba dentro de ti.
Aurora se sentó frente a él. En el piso superior alguien gritó durante una pesadilla. Catalina subió las escaleras.
—Quiero saber qué ha cambiado —dijo Aurora—. Cuéntame todo lo que recuerdas.
Nicolás describió la cocina. La ventana abierta, la lluvia, el plato, el beso y el golpe de la punta al caer. Aurora confirmó cada detalle hasta que él mencionó algo que ella ya no conservaba.
—Dijiste que trabajar cinco años con escribientes te había dado una opinión desalentadora de los hombres.
Aurora conocía la frase porque Nicolás acababa de pronunciarla. No podía recordar haberla dicho.
—Esa parte se ha ido.
—Puedo devolvértela contándola.
—Puedes contarme un hecho. La voz con la que lo dije está en ti.
Nicolás apartó la mirada. Había deseado recuperar el pasado y descubría que cada fragmento exigía quitárselo a Aurora.
—Aldara llamó devolución a esto —dijo ella—. La palabra parecía limpia.
—Es un robo.
—También lo fue cuando lo recibí al convertirme. Ninguno eligió la transferencia.
—Tú elegiste vivir.
—No elegí cada consecuencia porque no las conocíamos.
La distinción importaba. Convertir su consentimiento en una aprobación eterna serviría para justificar cualquier daño posterior.
Nicolás sacó el cuaderno.
—Escribiré lo que recuerde.
—Ahora no. Si lo fija, pasaremos años tratando la escena como una reliquia.
—Puedo olvidarla.
—Quizá deba poder hacerlo.
El miedo apareció en él. Aurora comprendió que no solo deseaba recordar el amor perdido. Temía que cualquier memoria pudiera abandonarlo, incluso las nuevas.
—¿Cómo vive una persona sin guardar todo? —preguntó Nicolás.
—Como vive el resto del mundo. Mal y sin instrucciones.
El impresor bajó las escaleras. Se llamaba Abelardo y llevaba tinta en los puños. Su hermano no estaba entre los liberados.
—Lo separaron ayer —dijo—. La mujer de guantes preguntaba por unas planchas.
Aurora se levantó. La pérdida personal debía esperar.
—¿Qué planchas?
—Las que utilizamos para imprimir proclamas. Mi hermano escondió una con nombres de oficiales que cambiaron de bando. Si la encuentran, fusilarán a media docena.
—¿Dónde está?
Abelardo la miró con desconfianza.
—Por eso nos cogieron.
—No quiero la ubicación. Quiero saber quién la conoce.
—Mi hermano y yo.
—Entonces Aldara lo mantendrá vivo hasta que hable.
Nicolás se levantó. La debilidad había desaparecido, aunque aún llevaba sangre de Aurora en la boca.
—Volveremos a la casa.
—Es una trampa —dijo Tomás.
—Ya la han utilizado —respondió Aurora—. Puede quedar alguien dentro.