Tu nombre en mi sangre Capítulo 16. La oferta de Aldara #3
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Capítulo 16. La oferta de Aldara #3

—Entonces iré sola.

—Eso también puede esperarlo.

—No permitiré que convierta a mi madre en otro extremo de sus elecciones imposibles.

Catalina tomó una botella del armario.

—Ramona dormirá. Yo la acompañaré hasta la esquina y Nicolás vigilará desde otra calle. Ninguno entrará si tú no lo pides.

Aurora aceptó aquella estructura porque conservaba el centro de la decisión.

Durante el trayecto sintió la presencia de Nicolás lejos, saltando entre tejados sin acercarse.

El respeto podía parecer vigilancia desde fuera.

La diferencia residía en que ella sabía dónde estaba y podía ordenarle marcharse.

No lo hizo. Por esa noche, saber que estaba cerca no reducía su libertad. Le permitía entrar en la casa de Ramona sin llevar también el miedo de no encontrar una salida.

Catalina esperó en la esquina con una taza vacía entre las manos. Si alguien preguntaba, era una vecina que buscaba leche. Nicolás permaneció dos tejados más lejos. Aurora vio sus siluetas antes de entrar y comprendió que la soledad elegida también podía estar sostenida por otros.

El mensaje de Lázaro quedó guardado en la tienda. A la mañana siguiente ya no olía a él. Solo persistía la letra, otra prueba de que una elección podía sobrevivir a quien se negaba a prometerla.

Aurora no añadió el aviso al cuaderno público.

Lázaro había dado información, no permiso para que otros conocieran su rastro.

Nicolás aceptó la reserva, aunque dificultara encontrarlo.

El muchacho seguiría siendo responsable de sus crímenes sin convertirse otra vez en un objeto que todos podían perseguir.

La distinción era incómoda. Precisamente por eso decidieron conservarla.

Tres noches más tarde llegó otra noticia. Lázaro había abandonado Oviedo sin atacar a nadie en el camino. Aurora no lo anotó como redención. Solo como un hecho que dejaba abierta la decisión siguiente.

Nicolás preguntó si ella creía que regresaría.

—Todos regresamos a algún sitio —dijo—. Lo importante es quién elige la puerta.

Ella también tendría que elegir la suya al amanecer.

No permitiría que el miedo la eligiera antes.

Esperaría despierta y sola.

Esa noche fue a la calle del Rosal sin Nicolás. Catalina había dejado una llave debajo de una maceta y una taza con la infusión junto a la cama de Ramona. Aurora entró por la puerta. Quería concederse al menos esa normalidad.

La casa conservaba el reloj de su infancia. También la mesa en la que había aprendido a escribir y una quemadura en la pared causada por una lámpara. Los muebles parecían más pequeños. Aurora cruzó el pasillo con la sensación de haber crecido durante los años en que su cuerpo permaneció igual.

Ramona dormía de lado. El pelo blanco se extendía sobre la almohada y una mano descansaba fuera de la manta. Aurora se sentó en el suelo para no mirarla desde arriba.

Había preparado palabras durante diecinueve años. Ninguna soportó la habitación.

Tocó los dedos de su madre. La piel estaba caliente. Ramona abrió los ojos.

Aurora se quedó inmóvil.

—¿Catalina? —preguntó la anciana.

—Sí —respondió Aurora, bajando la voz.

Ramona cerró la mano alrededor de la suya.

—He soñado con mi hija.

—¿Cómo estaba?

—Joven. Demasiado joven. Se enfadaba conmigo por un vestido.

Aurora miró el baúl azul junto al armario. Contenía la prenda con la que Aldara la había contagiado. Ramona nunca permitió que la quemaran y Catalina había terminado desinfectándola y guardándola.

—La muchacha tenía razón —dijo Aurora.

—Siempre la tenía, según ella.

Ramona sonrió con los ojos cerrados.

—Francia queda lejos.

—Mucho.

—¿Es feliz?

Aurora podría haber respondido como Catalina. Habría descrito la casa de Burdeos y al paciente Esteban. La mano de su madre se aferró con más fuerza.

—Lo intenta —dijo.

—Eso no es ser feliz.

—A veces se parece bastante.

Ramona volvió a dormirse. Aurora permaneció allí hasta que la claridad empezó a filtrarse por las contraventanas. Se soltó con cuidado y dejó una carta sobre la mesa. Antes de salir, abrió el baúl azul. El vestido seguía doblado. En una esquina había una marca roja que nadie había visto.

Aurora cortó el trozo de tela y se lo llevó.

Aldara no solo había guardado su sangre. Había dejado una parte de la suya en la casa de Ramona, cerca de la única persona a la que Aurora no podía defender sin revelar lo que era.

Encontró a Nicolás esperando bajo un soportal. El sol todavía no alcanzaba la calle.

—Dijiste que no vendrías —dijo ella.

—Dije que podías ir sola. No prometí estar lejos.

Aurora le entregó la tela marcada.

—Aldara podía entrar cuando quisiera.

Nicolás la olió.

—La sangre es reciente. Menos de un año.

—Ha utilizado a mi madre para obligarnos a volver.

—La sacaremos de Oviedo.

—Se negará.

—Entonces la vigilaremos hasta terminar.

Aurora miró la ventana cerrada.

—Se ha despertado. Me ha confundido con Catalina.

Nicolás no preguntó qué habían hablado. Aurora se lo contó mientras regresaban. El enfado seguía entre ambos, aunque podían caminar dentro de él sin utilizarlo para herirse.