Capítulo 16. La oferta de Aldara #2
—Aldara ha liberado a los detenidos —dijo—. Quiere que creáis que su oferta es un trato, no una amenaza.
—Ya lo sabemos.
—También ha ordenado matar a Vidal Mera y a su familia antes del amanecer.
Catalina dejó la sartén.
—Están con mi hija.
—Entonces su hija también está en la lista.
Nicolás tomó la pistola.
—¿Cuántos?
—Dos humanos y el muchacho al que llama Lázaro. Parece de diecisiete años. Lleva más de ochenta convertido.
Tomás volvió a la habitación.
—Iré por la familia.
—Nosotros distraeremos a Lázaro —dijo Aurora.
Nicolás negó.
—Aldara quiere que utilicemos sangre. Preparará otra ocasión para que beba de ti.
—Y si dejamos morir a cinco personas, habrá demostrado que puede decidir nuestras prioridades.
Elvira se apoyó en la mesa.
—Aún discutís como si existiera una salida que no haya preparado. La única ventaja es elegir qué parte del plan le costará más.
Catalina dio a Tomás la dirección de su hija. Se marcharon por el patio. Elvira extendió un croquis de las calles.
—Lázaro esperará junto a la fortaleza. Los humanos irán a la tienda. Si los separáis, perderán la fuerza.
—¿Por qué nos ayuda? —preguntó Aurora.
—Aldara guarda a alguien que me pertenece.
—Las personas no pertenecen.
Elvira sonrió con la cicatriz.
—Ha aprendido una frase y quiere utilizarla con todo el mundo.
—¿Quién es?
—Leonor. Era música. Aldara la amó antes de que yo naciera. Me convirtió porque me parecía a ella y después me llenó de sus recuerdos. Durante cuarenta años desperté oyendo un piano que nunca toqué.
—¿Leonor sigue viva?
—Eso dice Aldara. La conserva en el norte.
—¿Y por qué la cree?
—Porque todavía no he encontrado una mentira mejor para seguir viviendo.
Nicolás entendía ese tipo de obediencia. Aurora lo vio en la forma en que evitó mirar el cuello de Elvira.
—Ayúdenos a sacar a la familia —dijo Aurora—. Después buscaremos a Leonor.
—No necesito una promesa.
—Mejor. Las nuestras suelen complicarse.
Salieron. Elvira condujo a Nicolás hacia la fortaleza. Aurora tomó el camino de la tienda con un velo oscuro. Los dos hombres de Aldara ya estaban allí. Uno intentaba forzar la puerta trasera y el otro vigilaba la calle.
Aurora llamó al vigilante.
—El capitán Junquera quiere verlo.
—Junquera está muerto.
—Entonces debería darse prisa. Los muertos pierden la paciencia.
El hombre la reconoció. Sacó una navaja. Aurora dejó que se acercara y lo golpeó con el bastón de Catalina, que llevaba oculto bajo la capa. El segundo salió del patio. Era más grande y llevaba una pistola.
Disparó. La bala rompió el escaparate. Aurora entró por la puerta principal. El hombre la siguió. Ella volcó un armario de telas y lo atrapó debajo. El primero recuperó el sentido y llegó a la entrada.
Una sombra cayó desde el tejado.
Lázaro aterrizó entre ambos. Tenía la cara de un muchacho, ropa de soldado y sangre en la barbilla.
—Aldara la quiere viva —dijo.
—Empiezo a pensar que debería pedirle una cita.
El vampiro atacó. Aurora esquivó el primer golpe. El segundo la lanzó contra el mostrador. Lázaro olió la herida de su labio y se detuvo.
—Su sangre huele a Nicolás.
—La suya huele a una mujer que no lo recuerda.
La crueldad funcionó. El muchacho perdió el control. Aurora utilizó la punta de plata para abrirle el brazo y corrió al patio. Lázaro la siguió.
Nicolás apareció por la pared del fondo con Elvira. Ella había fingido atacarlo para atraer al guardián. Lázaro vio a ambos y comprendió el engaño demasiado tarde.
Elvira le disparó en la pierna. Nicolás lo inmovilizó.
—¿Dónde está la familia? —preguntó.
Lázaro rió.
—La vieja los sacó antes de que llegáramos. La hija sabía utilizar un martillo.
Tomás asomó por la puerta del patio. Vidal, su esposa y dos niños esperaban en el carro. La hija de Catalina sostenía la herramienta mencionada y tenía sangre en la manga.
—¿Estás herida? —preguntó Catalina al llegar.
—El hombre de la ventana sí.
Catalina abrazó a su hija. Aurora apartó la mirada. Había visto a Ramona desde una sombra y envidiaba una relación que podía mostrarse en mitad de un peligro.
Nicolás interrogó a Lázaro. El muchacho se negó a hablar. Cuando Elvira levantó la pistola para terminar con él, Aurora la detuvo.
—Puede elegir irse.
Lázaro miró la calle.
—Aldara me encontrará.
—Nos encuentra a todos —dijo Elvira—. Eso no obliga a esperarla de rodillas.
El muchacho se arrancó la bala de plata y huyó por los tejados. Nicolás permitió que se marchara.
—Volverá con ella —advirtió Elvira.
—También puede recordar que tuvo una salida —respondió Aurora.
La familia de Vidal partió hacia Grado con documentos falsos. Catalina acompañó a su hija hasta casa. Tomás atendió a los dos humanos heridos de Aldara y los dejó cerca de una guardia para que explicaran por qué habían entrado armados en una tienda.
Elvira se despidió junto al mercado.
—No busquéis a Leonor todavía. La pista de los detenidos conduce a una red de trenes. Aún no llega hasta Oviedo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Nicolás.
—Años. Aldara sabe esperar.
Aurora pensó en Ramona. Los años tenían un precio distinto para cada persona que formaba parte de aquella guerra.
—Nosotros también —dijo, aunque no estaba segura de tener derecho a pronunciarlo.
Encontraron un mensaje de Lázaro dentro de la tienda. No había entrado. Había clavado el papel a la puerta con la bala de plata que Elvira le sacó de la pierna.
La mujer de los guantes visita una casa de ventanas verdes. No sé a quién busca allí. Esta advertencia paga la salida que me disteis. No habrá otra.
Nicolás olió el papel.
—Es suyo.
—Podría ser una trampa —dijo Catalina.
—También una elección —respondió Aurora.
El aviso no convertía a Lázaro en aliado ni borraba lo que había hecho. Demostraba que la puerta abierta unas horas antes produjo una acción que Aldara no había ordenado.
Catalina reconoció la descripción de inmediato.
—La casa de Ramona.
Aurora quiso correr. Nicolás se interpuso solo el tiempo necesario para que lo mirara.
—Si Aldara está allí, espera que lleguemos juntos.