Capítulo 16. La oferta de Aldara
La oferta de Aldara
Aldara olía a violetas.
Aurora la había asociado durante años al romero, al láudano y al humo de la quinta. Encontrarla perfumada, sentada en una iglesia y vestida como una viuda rica volvió inútiles todas las imágenes que había preparado.
Tomás cerró la mano sobre el sobre. Aldara apoyó un dedo en sus propios labios.
—El doctor debería marcharse —dijo—. Su corazón está cansado.
—El mío funciona —respondió Tomás—. El suyo parece tener otros problemas.
—Conserva el mal gusto de la juventud.
Nicolás avanzó por la nave. Aldara no se volvió hacia él.
—Ha utilizado la sangre de Aurora para marcar órdenes —dijo—. ¿Por qué?
—Sabía que terminarías oliéndola. Los hombres regresan antes a una ciudad si creen que la idea ha sido suya.
Aurora estudió las salidas. Dos figuras permanecían junto a la puerta principal. No parecían humanos. Una tercera esperaba cerca de la sacristía.
—¿Qué quiere? —preguntó.
Aldara se volvió. Sus ojos eran grises y tranquilos. La belleza de su cara carecía de un rasgo extraordinario. Aurora comprendió que esa normalidad le había permitido sobrevivir más que cualquier fuerza.
—Ver qué quedó de mí en ti.
—Nicolás me convirtió. No usted.
—Yo lo hice a él. Cada recuerdo que te entregó creció sobre los míos.
—No soy su descendencia.
—Todos necesitamos una palabra para la cadena. Él eligió enemigo. Tú elegirás otra cuando lleves un siglo viva.
Nicolás llegó junto al banco.
—Deje marchar a Tomás.
Aldara miró al médico.
—Puede irse. No tiene nada que yo necesite.
Tomás no se levantó.
—Yo decidiré cuánto vale lo que sé.
—Entonces decida lejos.
Aurora tocó su brazo. El médico entendió que su presencia ofrecía a Aldara una forma de dañarlos. Guardó el sobre y se dirigió hacia la sacristía. La figura que vigilaba esa salida se apartó por orden de Aldara.
Cuando quedaron solos, Aldara acarició el respaldo del banco.
—Me gusta esta iglesia. Nicolás vino a rezar aquí después de matar a su primer hombre.
—No lo recuerdo —dijo él.
—Claro que sí. Se llamaba Pelayo, llevaba una chaqueta amarilla y te suplicó que pensaras en tu madre.
Nicolás palideció. Aurora reconoció la herida antes de conocer la historia. Aldara no necesitaba beber recuerdos si podía utilizarlos como cuchillos.
—¿Por qué los detenidos? —preguntó Aurora.
—Para que siguierais las sábanas. Me aburre escribir cartas.
—¿Los matará?
—No si aceptáis conversar.
—Ya estamos conversando.
Aldara sonrió.
—La sangre que guardé de ti ha cambiado. Contiene dos memorias completas sobre la misma mujer. La tuya y la que Nicolás perdió. En casi trescientos años no había visto algo semejante.
—Puede estudiarla desde lejos.
—Quiero ofreceros una solución.
Nicolás se tensó.
—No quiero escucharla.
—Aún no sabes cuál es.
—Todas las soluciones de Aldara terminan con un cuerpo atado.
Ella retiró un guante. La piel de la mano estaba cruzada por cicatrices que no habían curado. Entre ellas se distinguían mordeduras antiguas.
—Puedo devolverte a Aurora.
El silencio de Nicolás confirmó que la frase había encontrado su lugar.
Aurora se puso en pie.
—Estoy aquí.
—Tú eres el recipiente —dijo Aldara—. Él puede recuperar lo que te dio. La sangre devuelve el recuerdo a su origen cuando el convertido se acerca a la muerte.
Nicolás agarró a Aldara por el cuello. Las figuras de las puertas avanzaron, aunque ella alzó la mano y las detuvo.
—Miente —dijo él.
—Lo sabes. Ya has sentido rastros cuando bebes de ella.
Nicolás la soltó.
Aurora recordó la noche de la herida de plata, antes de su conversión, y las veces posteriores en que se habían alimentado el uno del otro. Él nunca había mencionado recuerdos.
—¿Ha ocurrido? —preguntó.
—No —respondió Nicolás.
Aldara volvió a colocarse el guante.
—Una cantidad pequeña no basta. Debe llevarte al borde. Si termina, recuperará todo lo que sintió y tú dejarás de cargar con dos historias.
—Estaré muerta.
—Ese detalle suele preocupar más a los jóvenes.
Aurora miró a Nicolás. Él observaba el suelo de la nave.
—Dígale que no lo hará.
—No lo haré.
La respuesta llegó deprisa. Aurora habría querido que bastara.
Aldara sacó una tarjeta y la dejó en el banco.
—Dentro de tres noches trasladaré a los detenidos. Si venís a la casa de la fortaleza, los dejaré salir. También os permitiré comprobar que digo la verdad.
—¿Cómo? —preguntó Aurora.
—Nicolás beberá hasta que recuerde algo. Tú decidirás cuándo se detiene.
—No necesito comprobarlo.
—Él sí.
Aldara pasó junto a Nicolás. Al llegar a su altura, le arregló el cuello de la camisa con una intimidad estudiada.
—Pregúntale qué pensó mientras escribía su nombre.
Nicolás le agarró la muñeca. Aldara giró y lo arrojó contra una columna. La piedra recibió el golpe con un eco seco. Ella era más antigua, estaba mejor alimentada y había elegido el terreno.
Aurora recogió la punta de plata que llevaba oculta en el bolso de viuda. Uno de los guardianes se interpuso.
Aldara alzó la mano otra vez.
—Déjala. Me gusta que venga preparada.
Se acercó a Aurora.
—Tú crees que su renuncia te favorece. Dentro de cien años, cuando todos los que amas estén muertos y él siga mirando un vacío, desearás que beba.
Aurora sostuvo la plata entre ambas.
—Dentro de cien años seguiré sin pedirle consejo.
—Eso también lo dijo mi hija.
La calma de Aldara se quebró durante un instante. Debajo apareció una madre aterrorizada, vieja de una forma que su cara no podía mostrar.
Después sonrió y se marchó con sus guardianes.
Nicolás se levantó. Una grieta recorría la columna.
—¿Estás herido? —preguntó Aurora.
—Nada que no cierre.
—¿Sabías que los recuerdos podían volver?
—Había sospechado que algo ocurría cerca de la muerte. Nunca convertí a nadie antes que a ti.
—¿Y desde entonces?
—Tampoco.
Aurora guardó la plata.
—Cuando bebes de mí, ¿qué sientes?
—Tu sangre.
—Aldara ha dicho que ya sentiste rastros.
—Quiere separarnos.
—Eso no convierte cada frase en mentira.
Nicolás recogió la tarjeta. Figuraba una dirección y una hora.
—No irás.
—Los detenidos existen.
—Podemos sacarlos de otra forma.
—No iré para comprobar nada. Tú tampoco beberás de mí.
—Nunca te obligaría.
Aurora recordó la facilidad con que Aldara lo había lanzado contra la piedra.
—Quizá no pueda elegir.
Salieron por la sacristía. Tomás esperaba en un patio lateral. Nicolás explicó la parte de los detenidos y calló la oferta. Aurora dejó que lo hiciera. En la calle, ambos caminaron hacia direcciones distintas para despistar a los vigilantes.
Durante diecisiete años habían construido una vida sobre la decisión de no repetir el pasado. Aldara acababa de demostrar que el pasado todavía tenía hambre.
Se reunieron en la casa de Catalina. Tomás había llegado antes y mantenía la cortina apartada para vigilar la calle. Sobre la mesa estaban la tarjeta de Aldara, las órdenes de traslado y el retrato de Ramona.
—Ha dejado libres a los detenidos —informó—. Aparecieron en la fortaleza hace una hora. Ninguno recuerda las dos últimas noches.
—Ha cumplido una parte del trato sin esperar respuesta —dijo Nicolás.
—Quiere demostrar que puede ser generosa —respondió Aurora.
Catalina sirvió vino para Tomás. El médico bebió sin sentarse.
—También ha matado a un capitán. Lo encontraron en su despacho con el cuello abierto. Era uno de los nombres de las escrituras de Amalia.
—Está eliminando a los humanos que conocen la red —dijo Nicolás—. Planea abandonar esta parte de Asturias.
—¿Por qué anunciarlo? —preguntó Catalina.
—Porque quiere llevarnos con ella —respondió Aurora.
Nicolás dejó la tarjeta en el fuego. La dirección ardió.
—Nos marchamos esta noche.
Aurora lo miró.
—No podemos marcharnos aún.
—Aldara ha revelado el método para que yo lo pruebe. Cuanto más cerca estemos, mayor será la ocasión de obligarme.
—Podemos encontrarla antes.
—¿Y hacer qué? Es más fuerte que nosotros.
—No siempre estará alimentada. Tiene colaboradores, archivos y rutas. Todo eso deja rastros.
—No arriesgaré tu vida para recuperar algo que ya decidí perder.
Aurora se levantó.
—Ahí está el problema. Hablas de mi vida como si siguiera perteneciendo a la decisión que tomaste en 1855.
—La tomaste tú.
—Entonces respeta también la que tomo ahora.
Tomás y Catalina se retiraron a la cocina. Fingieron hacerlo por discreción, aunque escuchaban cada palabra.
—Quiero destruir la red —continuó Aurora—. No para entregarte recuerdos ni para demostrar que no tengo miedo. He visto lo que hace con personas vivas. Esa elección es mía.
Nicolás apoyó ambas manos en la mesa.
—Deseo recordar.
Aurora esperaba la confesión desde la iglesia. Oírla no la preparó.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para haber pensado en ello cada vez que bebí de ti.
—Dijiste que no sentías nada.
—No había recuerdos. Había una sensación de estar cerca de una puerta.
—Me mentiste.
—Te oculté esa parte.
La palabra fue más dura que una defensa.
—¿Por qué?
—Porque temía que empezaras a mirarme como a Aldara.
—Ahora te miro como a un hombre que me ocultó su hambre.
Nicolás aceptó el golpe sin moverse.
—Dormiremos en lugares separados —dijo Aurora—. No beberás de mí. Seguiremos investigando hasta saber cómo destruirla.
—Podemos marcharnos.
—Tú puedes. Yo me quedo.
Nicolás sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Me quedaré.
—No lo conviertas en una prueba de amor.
—Es una elección estratégica. Al parecer, tengo una opinión desalentadora de tu prudencia.
La frase pertenecía a su historia nueva, no a los recuerdos perdidos. Aurora sintió deseos de sonreír y no lo hizo. Todavía estaba enfadada.
Elvira apareció cuando Tomás y Catalina se retiraron. Entró por la ventana de la cocina y cerró detrás de sí. Llevaba un abrigo de hombre, el pelo más corto que en 1855 y una cicatriz que le atravesaba la boca.
Nicolás se colocó delante de Aurora.
—Si hubiera venido a matarla, no habría llamado con el cristal —dijo Elvira.
—No ha llamado.
—He golpeado tres veces.
Catalina regresó desde el pasillo con una sartén.
—Aquí se utiliza la puerta.
Elvira observó el arma doméstica.
—Me habían hablado de usted.
—Espero que mal.
Aurora cerró las cortinas. Elvira olía a sangre reciente y humo.