Capítulo 15. El año de los uniformes #3
Antes de separarse, Aurora acompañó a Catalina a buscar a la familia de Vidal. La hija de su amiga vivía sobre una carpintería. Manuel cepillaba una tabla junto a su padre y Olvido leía un almanaque cerca del fuego.
Catalina presentó a Aurora como la sobrina francesa. La niña examinó su ropa, su acento inexistente y la ausencia de equipaje.
—No es francesa —dijo.
—Y tú no eres discreta —respondió la abuela.
—La discreción sirve para que los mayores oculten errores.
Aurora tuvo que mirar hacia la ventana para que nadie viera su reacción. Olvido se parecía a Catalina en la clase de insolencia que no necesitaba levantar la voz.
La familia de Vidal llegó poco después. La esposa llevaba una maleta. Los niños no entendían por qué debían abandonar la casa. Catalina organizó colchones y comida. Su hija no hizo preguntas hasta que todos estuvieron dentro.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos noches —dijo Aurora.
Catalina la corrigió.
—El necesario.
—Entonces mi marido tendrá que saberlo.
—Cuantas menos personas… —empezó Aurora.
—En esta casa no escondo una familia sin contárselo al hombre que duerme a mi lado. Si no confías en él, busca otra puerta.
Aurora aceptó. Había pasado años tratando la verdad como una sustancia que solo ella podía dosificar. La hija de Catalina exigía compartir el peligro que afectaba a su hogar.
El carpintero escuchó, cerró el taller y sacó un martillo de debajo del banco.
—No sé pelear —dijo.
—Eso nunca ha detenido a esta familia —respondió Catalina.
Olvido arrancó una hoja del almanaque y dibujó las calles que comunicaban la casa con la salida hacia Grado. Conocía patios, pasadizos y una verja rota detrás del mercado.
—¿Quién te los ha enseñado? —preguntó Aurora.
—La abuela, cuando dijo que una mujer debe saber salir de cada lugar al que entra.
Catalina fingió no oír.
Aurora guardó el dibujo. Once años después, Olvido leería manifiestos ferroviarios para ella. En ese momento era una niña que había comprendido que los adultos mentían peor cuando tenían prisa.
—Si alguien llama, no abras —dijo Aurora.
—¿Aunque diga que viene de tu parte?
—Sobre todo entonces.
Olvido asintió. Catalina besó a sus nietos y acompañó a Aurora hasta el patio.
—Ya conoces una parte de lo que te perdiste.
—No será suficiente.
—Nunca lo es. Por eso conviene empezar antes de que solo queden cartas.
Aurora prometió regresar para escuchar el resto después de sacar a los detenidos. Catalina no le permitió utilizar la palabra promesa.
—Di que lo intentarás. Ya hemos aprendido la diferencia.
—Lo intentaré.
Olvido apareció en el patio con un papel doblado. Había copiado los nombres de los detenidos y marcado quién tenía familia en la ciudad.
—La mujer que escondió a su hermano se llama Clara —dijo—. No «la mujer».
Aurora corrigió la lista. El recordatorio procedía de una niña y alcanzaba el principio de toda la investigación.
—¿También escribes a quienes no tienen familia? —preguntó Olvido.
—Sobre todo a ellos.
—Entonces añade dónde quieren ir. Un nombre no sirve si todos deciden el camino por quien lo lleva.
Aurora trazó otra columna. Catalina disimuló una sonrisa.
—Ya puedes marcharte a tu reunión secreta —dijo a Aurora—. Aquí continuaremos mejorando tus métodos.
Aurora dejó a Olvido el cuaderno de los detenidos. La niña debía entregarlo a Tomás si ellos no regresaban. No pidió que guardara silencio sobre todo. Le explicó qué nombres podían decirse, cuáles exigían permiso y qué página debía quemar.
—Los secretos son más trabajo que leer —protestó Olvido.
—Por eso conviene aceptar pocos.
—La abuela acepta todos.
—Tu abuela los convierte en armas.
Catalina golpeó el suelo con el bastón.
—Y sigo en la habitación.
Olvido escondió el cuaderno bajo el almanaque. Aurora salió sabiendo que, si Aldara la esperaba en la iglesia, la lista aún tendría una guardiana capaz de discutir cada instrucción.
Catalina apagó la lámpara detrás de ella. La familia quedó preparada para huir sin dejar de ser una familia.
Al caer la tarde entraron en la iglesia por separado. Nicolás tomó los soportales. Aurora se cubrió con un velo de viuda y ocupó un banco lateral. Tomás apareció poco después y se sentó sin mirarla.
Había perdido pelo y ganado peso. Las manos conservaban la misma limpieza cuidadosa.
—Señora —saludó sin mirarla.
—Doctor.
—Catalina me advirtió que no te abrazara en público.
—Siempre tuvo más sentido que nosotros.
Tomás dejó un sobre en el banco.
—La tinta del símbolo contiene sangre. He comparado las muestras antiguas y las nuevas. Pertenecen a la misma persona.
—Aldara.
—Hay algo más. Encontré tu sangre en una de las órdenes.
Aurora abrió el sobre. La marca roja despedía un olor débil, conocido.
—No puede ser.
—Guardé una muestra de la noche en que enfermaste. No sabía para qué, entonces. Coincide.
Nicolás apareció al final de la nave. Había oído la conversación.
—Aldara conserva sangre de Aurora desde la conversión —dijo.
—¿Qué puede hacer con ella? —preguntó Tomás.
Nicolás no respondió. Una mujer se sentó en el banco situado detrás de ellos. Los guantes rojos descansaron sobre el respaldo.
—Recordar —dijo Aldara—. La sangre siempre encuentra el camino de vuelta.