Capítulo 15. El año de los uniformes #2
Un soldado salió por la puerta lateral con una manta enrollada. La tela era blanca. La arrojó al carro y regresó.
—Las grises están dentro —dijo Catalina—. Ya no necesitan ocultarlas durante el traslado. El uniforme hace el trabajo.
Aurora observó a los viandantes. Nadie miraba la casa. En 1855, el miedo a la enfermedad permitía mover cuerpos. En 1874 bastaba con llamar sospechosa a una persona y colocarle dos soldados alrededor.
—¿Quiénes son? —preguntó.
Catalina sacó una hoja de la bolsa.
—Un impresor acusado de repartir hojas republicanas. Dos desertores. Una mujer que escondió a su hermano. Tres hombres detenidos en una taberna. Falta uno.
—¿Cómo ha conseguido los nombres?
—Lavo la ropa de la esposa del sargento. Las mujeres seguimos existiendo cuando os marcháis.
La frase tenía razón y reproche. Aurora guardó la hoja.
—No debía dejarte sola con esto.
—No me dejaste. Elegiste vivir y después tuviste que aprender. Lo que me molesta es que regreses hablando como si yo hubiera esperado junto a una ventana.
Aurora miró el bastón. Catalina lo utilizaba para ocultar el dolor de una rodilla, aunque también lo había convertido en una forma de señalar errores.
—Cuéntame qué me he perdido.
—Diecinueve años no caben en un paseo.
—Empieza por algo pequeño.
Catalina eligió a su hija. Había vuelto de Gijón, se casó con un carpintero y tuvo dos niños. La mayor se llamaba Ramona por la madre de Aurora. Su marido murió de una pulmonía. Catalina vendió ropa para pagar el entierro y terminó comprando la tienda donde trabajaba.
—¿Por qué no me lo escribiste?
—Tus cartas pasaban por cuatro manos. No iba a entregar la vida de mi familia a cualquiera que supiera abrir un sobre.
—Podíamos haber establecido otra ruta.
—Podías haber preguntado cuando venías.
Aurora recordó visitas de dos noches, conversaciones dedicadas a Aldara y huidas antes del amanecer. Había convertido a Catalina en guardiana de su pasado y olvidó que también tenía presente.
—Lo siento.
—Bien. Ahora aprende los nombres de mis nietos.
Se llamaban Manuel y Olvido. Él tenía once años y quería trabajar con locomotoras. Ella tenía ocho, leía cualquier papel que encontraba y corregía la letra de los tenderos.
—Esa parte no es culpa mía —dijo Aurora.
—Ramona opina otra cosa.
Nicolás se acercó. Había oído movimiento en la casa.
—Sacan a alguien por el patio.
Rodearon la manzana. Dos soldados cargaban un cuerpo dentro de un coche cerrado. El hombre llevaba la manta gris y una venda sobre los ojos. Su corazón aún latía.
Aurora siguió el vehículo. Catalina la sujetó por la falda.
—A pie nos verán.
—Necesitamos saber adónde va.
—Yo tengo un carro detrás de la tienda.
—Tardaremos.
Nicolás tomó una calle lateral.
—Puedo seguirlo desde los tejados.
—Todavía hay luz —dijo Aurora.
—Los aleros bastarán.
Corrió antes de que ella protestara. Catalina y Aurora regresaron a la tienda. El carro era pequeño y la mula se movía con la convicción de que cualquier destino podía esperar. Catalina la golpeó con las riendas.
—Tu amigo inmortal tiene una ventaja injusta.
—Se queja de las desventajas con mayor entusiasmo.
Encontraron a Nicolás cerca del antiguo hospital. Tenía una quemadura en la mejilla. El coche había entrado por el patio que usaban para los cadáveres durante la epidemia.
—El edificio está cerrado —dijo Aurora.
—La mitad. Utilizan las salas del fondo.
Catalina ató la mula. Entraron por el antiguo lavadero. Las pilas estaban secas. En la pared quedaban marcas de humedad y un clavo donde Catalina colgaba su delantal.
—Aquí encontré la primera sábana —dijo.
Aurora tocó la piedra. Recordaba las manos rojas de las lavanderas, el agua sucia y la voz de Catalina burlándose de un vampiro al que acababa de conocer. El lugar conservaba menos de lo que ella llevaba dentro.
Avanzaron hasta la sala de registros. Los libros habían sido trasladados. Solo quedaban estanterías vacías y un escritorio cojo. Encima, alguien había dejado una hoja reciente.
El nombre de Aurora Hevia ocupaba la primera línea. Figuraba como fallecida en Burdeos en 1861.
—Yo no escribí esto —dijo Catalina.
—Aldara sabe que hemos vuelto —respondió Nicolás.
Debajo aparecían sus identidades utilizadas durante diecisiete años. Hermanos en Gijón. Viudos en Santander. Matrimonio en Bayona. Aldara había seguido sus pasos con más precisión de la que creían.
La última anotación decía: Oviedo. Octubre de 1874. Regreso previsto.
—Nos llamó antes de que Tomás enviara la carta —dijo Aurora.
Nicolás revisó la tinta.
—La fecha se escribió hace semanas.
Una puerta se cerró al fondo del pasillo.
Aurora guardó la hoja. Siguieron el sonido y encontraron una habitación preparada como enfermería. El detenido del carro yacía sobre una cama. Tenía dos heridas en el cuello, aunque seguía vivo.
Tomás estaba junto a él.
—Llegáis pronto —dijo sin levantar la vista.
—Creíamos que esperaba en San Tirso —respondió Aurora.
—Eso es lo que debían creer quienes vigilan mi consulta.
El médico había seguido el coche desde la casa de la fortaleza. Llegó antes y consiguió ahuyentar al hombre que preparaba la extracción fingiendo una inspección oficial.
—Se llama Vidal Mera —explicó—. Trabajó de escribiente para el capitán muerto. Cree que lo han arrestado por robar documentos.
Vidal abrió los ojos.
—La mujer quiere saber dónde están los libros de Junquera.
—¿Lo sabe? —preguntó Aurora.
—Los quemé cuando murió. Había nombres de jueces, militares y comerciantes. Si descubre que no existen, me matará.
—Entonces haremos que crea que siguen en alguna parte —dijo Catalina.
Tomás vendó el cuello del hombre.
—Necesita salir de la ciudad.
—Mi familia vive aquí.
—Aldara la utilizará —advirtió Nicolás.
Vidal miró la cara quemada del extraño y dejó de preguntar cómo conocía el nombre.
Aurora trazó un plan. Catalina escondería a la familia en la vivienda de su hija. Tomás declararía que Vidal fue trasladado por orden militar. Nicolás dejaría una pista falsa hacia Grado.
—¿Y los otros detenidos? —preguntó Vidal.
—Los sacaremos mañana —respondió Aurora.
—No tienen mañana. Esta noche los llevarán a la casa vieja.
La información aceleró todo. Dejaron a Vidal con Catalina. Tomás regresó por los soportales. Aurora y Nicolás tomaron caminos distintos hacia San Tirso, donde el sobre con la sangre los esperaba.