Capítulo 15. El año de los uniformes
El año de los uniformes
La ciudad les recibió con soldados en la plaza y el olor de las castañas asadas.
Aurora bajó del coche cerca del Fontán. Llevaba un vestido oscuro, un sombrero francés y la apariencia exacta de la joven que había huido diecinueve años atrás.
Nicolás caminaba a su lado. La gente los miraba menos de lo que ella había temido.
Oviedo había aprendido a convivir con rostros nuevos, viudas sin luto y hombres que regresaban de guerras con otro nombre para la misma pobreza.
—Catalina dice que entremos por la tienda —recordó Nicolás.
—Lo he leído.
—También dice que no te quedes mirando la casa de tu madre.
Aurora ya la estaba mirando.
La fachada de la calle del Rosal tenía las ventanas pintadas de verde.
Ramona vivía allí con una prima. Cada dos meses recibía una carta desde Francia.
Aurora había inventado trabajos, enfermedades, amistades y un marido que murió antes de llegar a existir.
Catalina añadía detalles para que las mentiras parecieran domésticas.
Una mujer abrió la ventana. Ramona tenía el pelo blanco y la espalda encorvada. Sacudió un paño y desapareció.
Aurora siguió andando.
Rodearon el antiguo hospital antes de dirigirse a la tienda. El edificio había cambiado de uso y parte de las salas estaban cerradas. En el patio, una mujer tendía sábanas blancas. Aurora buscó entre ellas el gris y se sintió ridícula cuando no lo encontró.
—La ciudad no conserva cada herida para recibirnos —dijo Nicolás.
—Tú sí.
—Conservo una cocina y una taza rota. No parece una colección impresionante.
Pasaron junto a la ventana por la que habían sacado a Amalia. La pared estaba reparada y el callejón alojaba un puesto de fruta. Un muchacho mordía una manzana en el lugar donde Nicolás aterrizó con Aurora en brazos.
—Recuerdo el salto —dijo ella.
—Yo recuerdo haber leído que ocurrió.
—Te enfadaste porque no confié en ti.
—Parece razonable por tu parte.
Aurora lo miró.
—Antes eras más arrogante.
—También más joven.
—Tenías ciento noventa y seis años.
—La juventud es una cuestión de perspectiva.
En la esquina de la fortaleza vieron a un grupo de detenidos escoltados por soldados. Uno llevaba una manta gris sobre los hombros. El símbolo rojo aparecía bordado cerca del borde.
Nicolás avanzó. Aurora lo detuvo.
—En plena calle no.
—Los trasladarán.
—Seguiremos a los soldados. Catalina sabrá dónde los encierran.
El hombre de la manta tropezó. Un guardia lo golpeó con la culata. Nicolás apretó los puños, pero permitió que el grupo continuara.
—Has aprendido a valorar las circunstancias —dijo Aurora.
—Lo detesto.
Siguieron la escolta hasta una casa adosada a la antigua fortaleza. Había barrotes nuevos en las ventanas y un carro sin distintivos en el patio. Un soldado entregó al responsable una lista sellada.
Aurora memorizó la puerta, los turnos y la posición de las luces.
—Ahora iremos con Catalina —dijo—. Ella sabrá quién abastece esa casa.
Nicolás miró hacia la ventana donde el detenido acababa de aparecer.
—Y después iremos a buscar a Tomás.
Aurora reconoció el patrón. La investigación de 1855 empezó con una persona desaparecida del registro. La de 1874 comenzaba con demasiadas personas convertidas en prisioneros públicos, invisibles por razones distintas.
—Podrías verla desde lejos esta noche —dijo Nicolás.
—Ya la he visto.
La tienda de Catalina vendía ropa usada y jabón. Una campanilla anunció su entrada. Detrás del mostrador, una mujer de pelo gris discutía con un proveedor. Aurora reconoció la voz antes que la cara.
—Si cree que voy a pagar ese precio por una tela que transparenta, pruébela usted en misa —decía Catalina.
El hombre se marchó con el fardo. Catalina cerró la puerta, se volvió y apoyó las manos en el mostrador.
—No habéis cambiado nada.
Aurora quiso decir que Catalina tampoco. La mentira habría sido insultante. Los años se encontraban en las arrugas de los ojos, en los nudillos gruesos y en la lentitud con que rodeó el mueble.
Se abrazaron.
—Pesas menos —dijo Catalina.
—Ya no meriendo.
—Maldita seas.
Lloró contra su hombro. Aurora no podía hacerlo. Había descubierto que los vampiros conservaban lágrimas, aunque llegaban pocas y en momentos caprichosos. Apretó a su amiga con cuidado.
Catalina saludó a Nicolás con un beso en la mejilla.
—Todavía no te soporto —le dijo—. Quiero que quede claro.
—Lo he echado de menos.
—Miente mejor que antes.
Subieron a la vivienda. Catalina había preparado sangre de cerdo en dos botellas de vino. También les entregó cartas, recortes y un cuaderno de Tomás.
—El doctor espera en San Tirso —explicó—. Hay hombres vigilando su consulta desde hace una semana.
—¿Aldara? —preguntó Aurora.
—Han vuelto las sábanas grises. Ya no sacan enfermos. Se llevan detenidos, desertores, personas que nadie reclamará en mitad de este desorden.
Nicolás abrió el cuaderno. Tomás había anotado heridas, horas y nombres desde 1855. Las últimas páginas incluían tres cuerpos encontrados sin sangre y una referencia a Elvira.
—¿La ha visto? —preguntó.
—Una mujer joven preguntó por vosotros. Pelo corto, abrigo de hombre. Le dije que habíais muerto.
—Podría ser ella.
—Respondió que os alegraría saber que Aldara no había conseguido matarla.
Aurora fue hasta la ventana. Desde allí se veía una parte del mercado, más grande y ruidoso que en su memoria. Las décadas podían transformar una plaza y dejar intacta una amenaza.
—¿Por qué vuelve ahora? —preguntó.
—Quizá nunca se fue —dijo Nicolás.
Catalina sirvió sidra para ella y agua para ambos vampiros, por mantener las apariencias ante una vecina que escuchaba detrás de la pared.
—Tomás cree que prepara otro traslado. Ha encontrado el símbolo en órdenes firmadas por un capitán.
—¿Dónde están los detenidos? —preguntó Aurora.
—En una casa junto a la antigua fortaleza. Los mueven mañana.
Nicolás negó.
—Es demasiado evidente.
—También lo era la quinta —respondió Aurora—. Aldara quiere que miremos.
—Y tú volverás a hacerlo.
—Para eso hemos regresado.
Habían recibido en Burdeos una carta de Tomás. Contenía una lista de siete nombres, el dibujo de la rama y una frase: La mujer de los guantes ha vuelto a preguntar por Aurora Hevia.
Durante diecisiete años evitaron Oviedo y destruyeron pequeños eslabones de la red en Santander, León, Valladolid y Bayona. Nunca encontraron a Aldara. Ella dejaba indicios de su paso, personas vaciadas y mensajes que demostraban conocer sus movimientos.
Catalina tocó el pañuelo que Aurora llevaba atado a la muñeca. La sangre se había oxidado hasta adquirir un tono pardo, aunque el nombre seguía legible.
—¿Todavía lo guardas?
—Me recuerda una deuda.
Nicolás cerró el cuaderno.
—No me debes nada.
—La deuda es conmigo.
Catalina los miró a ambos.
—¿Seguís enamorados o habéis convertido la relación en una discusión interminable?
—Las dos cosas —respondieron a la vez.
La risa de Catalina llenó la habitación. Aurora recordó otra risa en un mercado, un mantón sobre la cabeza de Amalia y una amenaza de lejía. Esa memoria era suya. No tenía que preguntarse desde qué ojos la había visto.
Durante la espera, Catalina sacó un retrato de una caja. Mostraba a Ramona sentada, con un vestido de domingo y una mano apoyada sobre un libro cerrado.
—Lo hicieron hace tres años —explicó—. Tu madre quería enviártelo a Francia. Le dije que el viaje lo estropearía.
Aurora sujetó la cartulina por los bordes. La mujer del retrato tenía sesenta y seis años. La costurera joven de su memoria había desaparecido dentro de ese rostro sin que Aurora presenciara la transformación.
—¿Está enferma?
—Los inviernos le cuestan. Sigue cosiendo para tres casas porque se niega a aceptar tu dinero.
—Cree que lo envía un marido.
—Cree que el tal Esteban tiene una imprenta. No sé por qué inventaste un oficio tan poco rentable.
—Era el de mi padre.
Catalina entendió y guardó la broma.
—Puedes entrar en su casa esta noche —dijo—. Le daré una infusión para que duerma. La verás sin que ella te vea.
Aurora observó el retrato. Durante el viaje había imaginado esa posibilidad. También había imaginado despertar a Ramona, contarle la verdad y pedirle que aceptara una hija que no envejecía.
—Si entro, querré hablarle.
—Entonces no entres.
—¿Te parece tan sencillo?
—Me parece terrible. También me parece que llevas diecinueve años castigándote cada dos meses con una carta. Decide si quieres protegerla o si quieres que te perdone. Son necesidades distintas.
Aurora devolvió el retrato.
—Esta noche tenemos que sacar a los detenidos.
—Y mañana inventarás otra urgencia.
Nicolás intervino desde la ventana.
—Yo puedo vigilar la casa. Si Aldara se acerca, Aurora tendrá tiempo de marcharse.
Catalina lo miró con severidad.
—No la ayudes a convertir cada deseo en una operación militar.
La frase dejó a ambos callados. Aurora decidió que visitaría la calle del Rosal después de ver a Tomás. No despertaría a Ramona. Aún no sabía si eso era cobardía o cuidado, y aceptó actuar sin una respuesta limpia.
Antes de acudir a San Tirso, Catalina los llevó al edificio donde retenían a los detenidos. Había comprado jabón a la mujer del responsable durante semanas y conocía la puerta del patio, el pozo y el horario en que los soldados cambiaban la guardia.
—¿Desde cuándo investigas? —preguntó Aurora.
—Desde que vi otra sábana gris. Vosotros podéis viajar por Francia y fingir que perseguís una red. Aquí alguien tiene que contar carros.
Nicolás examinó la casa desde un portal. El sol caía, aunque aún quedaba demasiada luz para acercarse.
—Hay siete corazones dentro —dijo—. Cuatro en la planta baja, tres arriba.
—Han entrado ocho detenidos —respondió Catalina.
—Uno puede estar muerto.
—O convertido —dijo Aurora.
Esperaron. Un vendedor de castañas colocó el puesto en la esquina. Catalina compró un cucurucho y obligó a Aurora a sostenerlo para parecer una sobrina de visita. Nicolás fingió interesarse por un escaparate. La escena habría resultado doméstica si no estuvieran contando prisioneros.