Capítulo 14. Lo que elegimos saber #3
—Está dirigida a un hombre que ya no soy.
—También era tu hermana.
—Y tú sabes lo que contiene.
Aurora negó.
—Reconozco el miedo. No las palabras.
Nicolás rompió el sello. Isabel describía las visitas de Aldara, la forma en que su madre vigilaba la casa y una habitación cerrada donde obligaba a varias personas a dormir.
Había visto a Alonso discutir con ella. La última línea estaba escrita con otra tinta: Si vuelves, no permitas que te enseñe lo que me hizo. Prefiero que me olvides entera.
Nicolás dejó la carta sobre un barril.
—Cumplí su deseo sin elegirlo.
—No te pidió que Aldara te arrebatara nada.
—Pidió no convertirse en un recuerdo utilizado contra mí.
El fuego habría protegido la petición. También destruiría la única voz de Isabel que ambos conservaban fuera de la sangre.
—Decide tú —dijo Aurora.
—La carta habla de mí. No me pertenece por eso.
—Isabel no puede retirarla.
—Precisamente.
Guardaron el papel sin copiarlo y sellaron el sobre dentro de una caja. Años después seguiría cerrado. La renuncia a saber se convirtió en una decisión que debían renovar cada vez que cambiaban de casa.
En el libro de aduanas encontraron una ruta hacia Burdeos y el nombre falso de Lázaro.
También hallaron pagos a un médico de Valladolid.
Quemaron las botellas después de comprobar que ninguna persona seguía unida a ellas y entregaron las cuentas al dueño de la fábrica.
El hombre denunció el contrabando para evitar que lo culparan.
Al salir, Nicolás se apoyó contra una pared. Llevaba horas sin alimentarse y la sangre derramada durante el incendio había despertado el hambre.
Aurora abrió su muñeca con la uña.
—No —dijo él.
—Te la ofrezco ahora.
—Y mañana podrías perder un recuerdo.
—No estoy muriendo.
—Tampoco conocíamos todas las reglas cuando te convertí.
Aurora cerró la herida con un pañuelo. Le molestó la negativa y, al mismo tiempo, la hizo confiar en él.
Encontraron un donante en el puerto. Nicolás bebió bajo la mirada de Aurora y se detuvo en la cantidad acordada. La intimidad de aquella noche no consistió en compartir sangre, sino en permitir que una tercera persona estableciera el límite.
Al regresar, Aurora escribió ambos nombres en el cuaderno y Nicolás firmó debajo. La línea que habían dejado vacía en Gijón recibió una frase: Ningún deseo convierte a la persona amada en remedio.
La norma resultó incómoda desde la noche siguiente.
Aurora despertó deseando la sangre de Nicolás y él conservaba todavía el hambre del incendio.
Se vistieron sin tocarse y caminaron hasta el puerto en busca de dos donantes.
Tener una regla no eliminaba la tentación de quebrarla.
Les daba un lugar desde el que hablar antes de hacerlo.
Durante el regreso discutieron porque Nicolás había pagado más de la cantidad acordada.
Aurora sostuvo que comprar gratitud también alteraba el consentimiento.
Él respondió que regatear con una persona que ofrecía sangre resultaba miserable.
Añadieron otra línea al cuaderno: el precio se fijaría antes y no cambiaría por culpa, deseo ni miedo.
Cada regla revelaba una forma de poder que antes habían llamado cuidado.
Reconocerlo no volvió menos real el afecto. Lo volvió responsable.
No dejaron de cuidarse. Empezaron a decir en voz alta quién pagaba cada gesto y qué podía responder la otra persona. La conversación quitó belleza a algunas costumbres. A cambio, les permitió conservarlas sin fingir inocencia.
Aurora se divirtió durante semanas hasta que recibió una carta de Ramona preguntando si ella también tendría nietos.
—Podríamos decir que tuvimos una hija y murió —propuso Nicolás.
—No voy a inventar una niña para matarla en una carta.
—Entonces di que no puedes tenerlos.
—¿Por qué debo asumir yo la incapacidad?
Nicolás redactó una respuesta en la que Esteban confesaba haber sufrido una enfermedad infantil. Ramona contestó con una receta de hierbas y el consejo de no perder la fe. Durante meses llegaron remedios dirigidos al marido inexistente.
—Tu madre se preocupa por mí —dijo Nicolás.
—Por Esteban. Tú le caerías mal.
—Empiezo a sentir celos de ese hombre.
La ligereza no borró el daño de mantenerla lejos, aunque les permitió hablar de él sin convertir cada carta en un funeral anticipado.
Los años cambiaron su relación sin devolverla a 1855.
Aurora aprendió a reconocer cuándo Nicolás ocultaba hambre por vergüenza.
Él dejó de utilizar la protección como argumento final.
Discutieron sobre víctimas, ciudades, dinero y la cantidad de libros que podían cargar en un coche.
Algunas noches durmieron separados. Otras se encontraron en habitaciones alquiladas con la urgencia de quienes no confiaban en el amanecer.
Cuando la carta de Tomás llegó en 1874, ninguno necesitó preguntar si regresaban a Oviedo. Habían pasado diecisiete años huyendo de Aldara y destruyendo los bordes de su red. La mujer de los guantes acababa de colocar el nombre de Aurora en el centro.