Capítulo 14. Lo que elegimos saber #2
Aurora le clavó la tenaza en el hombro. Él se apartó y la miró con una furia que ella nunca había visto. Durante unos segundos temió que atacara. Nicolás se arrodilló, cerró la herida del guardia y se encerró en un establo hasta controlar el hambre.
—Podrías haberme hablado —dijo al amanecer.
—No me oías.
—Podrías haber utilizado mi nombre.
—El tuyo tampoco te alcanzaba.
Nicolás tocó la herida del hombro, ya cerrada.
—Hiciste bien.
Aurora no necesitó su aprobación. Necesitaba saber que podría detenerlo aunque él la odiara durante unos minutos.
El guardia sobrevivió. Aurora insistió en llevarlo a una casa de socorro antes de marcharse de Valladolid. Nicolás esperó fuera del patio, cubierto por una capa y con la tenaza aún clavada en el hombro.
—Sáquela —dijo cuando Aurora regresó.
—Podría hacerlo usted.
—La pusiste tú.
—Y usted se la ganó.
Nicolás soltó una risa sin humor. Aurora agarró el hierro y tiró. La herida cerró alrededor del hueco.
—¿Qué recuerdo recibió? —preguntó.
—Ninguno. El hombre no estaba cerca de morir.
—Lo habría estado si continuaba.
—Lo sé.
—¿Por qué perdió el control?
—La sangre contenía láudano. Aldara sabía que entraríamos en la casa del médico. Había alimentado a sus guardias con una mezcla que vuelve más fuerte el olor y más difícil detenerse.
—Entonces fue una trampa.
—Eso no cambia que tenía la boca en su cuello.
Aurora limpió la tenaza.
—Tampoco cambia que se detuvo.
—Porque me apuñalaste.
—Puedo repetirlo.
Nicolás miró el arma con un cansancio que pertenecía al presente. Durante años, Aurora había recordado a un hombre que creía controlar el hambre mediante voluntad y preparación. El que estaba delante acababa de descubrir que ambas podían fallar.
—No quiero que seas mi vigilancia —dijo.
—Yo tampoco.
—Si sigues conmigo, terminarás contando cuánto he bebido, observando mis ojos y durmiendo con un arma.
—Ya hago las tres cosas.
—Puedes marcharte.
Aurora guardó la tenaza.
—Deje de ofrecerme la puerta cada vez que le da miedo quedarse.
—No quiero convertirte en responsable de lo que haga.
—Y yo no voy a convertirlo en responsable de todas mis decisiones. Eso incluye seguir aquí.
Alquilaron dos cuartos en una posada fuera de la ciudad. Nicolás se encerró en uno con sangre animal. Aurora ocupó el otro. Durante dos noches apenas hablaron. La separación impidió que el peligro se volviera intimidad y que la intimidad sirviera para perdonar demasiado deprisa.
La tercera noche, Aurora llamó a su puerta.
—El médico ha escapado —dijo—. Elvira afirma que irá hacia Salamanca.
—Podemos seguirlo mañana.
—No he venido por eso.
Nicolás abrió más. Había retirado todos los objetos cortantes y colocado una silla debajo de la ventana. Sobre la mesa descansaba una botella vacía.
—¿Ha comido?
—Lo suficiente.
—Miente.
—No pienso beber de ti.
—No se lo he ofrecido.
Aurora entró. Llevaba dos botellas compradas a un matarife. Las dejó sobre la mesa.
—No quiero vigilarlo. También me niego a fingir que no veo cuándo se está castigando.
—La sangre animal apenas sirve después del láudano.
—Entonces buscaremos a Rosario. Conoce personas que venden sangre y condiciones mejores que las suyas.
Nicolás bebió una botella. El color volvió con lentitud a sus labios.
—Has creado una red de donantes.
—Tres personas no son una red.
—Aldara empezó con menos.
Aurora sintió la comparación como una bofetada.
—Mis donantes conocen el riesgo, pueden negarse y conservan su nombre. Si alguna vez cambio una condición sin permiso, tendrá derecho a detenerme.
—¿Con la tenaza?
—Será mi primera propuesta.
Nicolás terminó la botella.
—No creo que seas como ella.
—Entonces no utilice su nombre cada vez que hago algo que le asusta.
El silencio se quedó entre ambos. Aurora habría podido marcharse y obligarlo a buscarla. En lugar de eso, se sentó junto a la mesa.
—Cuénteme lo que ocurrió con el guardia desde su lado.
Nicolás describió el olor, el golpe de hambre y el instante en que dejó de oír a Aurora. Ella contó la furia que vio al clavarle la tenaza. Ninguno suavizó la parte que lo dejaba peor.
—Tuve miedo de que me atacara —admitió.
—Lo pensé.
—¿Por qué no lo hizo?
—Te reconocí.
—No recuerda la primera historia.
—Reconocí a la mujer que me dejó siete cartas sin enviar, la que me encontró en León y la que discute las tarifas de la sangre como si abriera una tienda.
Aurora apoyó la mano en la mesa.
—Eso no suena romántico.
—Estoy intentando algo nuevo.
Él colocó la suya al lado. No llegaron a tocarse.
—Si vuelve a perder el control, diré su nombre una vez —dijo Aurora—. Después utilizaré lo que tenga cerca.
—Acepto.
—Si soy yo quien lo pierde, hará lo mismo.
—No quiero herirte.
—Yo tampoco quería clavarle una herramienta oxidada. La limpieza no siempre participa.
Nicolás sonrió.
—¿Esto es una reconciliación?
—Es un protocolo.
—He conocido protocolos menos íntimos.
Aurora entrelazó los dedos con los suyos. Permanecieron así hasta que la cercanía dejó de parecer una prueba.
Al día siguiente encontraron al médico. Había cambiado de coche y nombre, aunque conservaba la costumbre de comprar láudano en cantidades imposibles de justificar. Entregaron sus libros de cuentas a una autoridad local y permitieron que los delitos humanos siguieran un camino humano.
Elvira se marchó antes del arresto. Dejó una dirección en Bayona y un mensaje: Aldara guarda algo allí que teme perder.
Nicolás quiso quemarlo. Aurora lo guardó.
—Seguiremos una pista dejada por alguien que nos disparó, nos traicionó y volvió a ayudarnos —dijo él.
—Empieza a conocer mis gustos.
Viajaron hacia Bayona separados durante el día y juntos por la noche. La relación nueva no avanzaba en línea recta. Aprendía a sobrevivir a sus propias recaídas.
En Bayona, varios años más tarde, vivieron como matrimonio. La elección de la mentira resultaba práctica y descubrieron que la práctica tenía consecuencias. Los vecinos preguntaban por hijos. La casera recomendaba médicos. Un sacerdote visitó la casa para hablar con Nicolás sobre sus obligaciones.
La pista de Elvira los llevó antes a una fábrica de conservas cerca del río.
Aldara utilizaba el sótano para guardar cajas procedentes de Santander.
Aurora y Nicolás entraron una noche de tormenta y encontraron sangre en botellas, libros de aduanas y cinco cartas dirigidas a personas que llevaban décadas muertas.
Una estaba firmada por Isabel.
Nicolás reconoció la letra sin recordar haberla visto. Aurora la había heredado a través de su sangre y supo, antes de abrirla, que Isabel pedía a su hermano que no regresara.
—Es tuya —dijo, entregándosela.