Tu nombre en mi sangre Capítulo 14. Lo que elegimos saber
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Capítulo 14. Lo que elegimos saber

Lo que elegimos saber

Aurora eligió al hombre equivocado porque llevaba guantes.

Lo vio salir de una taberna cerca de la muralla, limpiándose la sangre de la nariz. Había bebido, caminaba solo y guardaba dinero en el bolsillo del chaleco. Aurora llevaba dos días alimentándose de gallinas robadas y el olor humano anuló cualquier prudencia.

Lo siguió hasta una calle sin luz. El hombre se volvió antes de que ella decidiera cómo acercarse.

—¿Cuánto? —preguntó.

Aurora no entendió. Él la agarró por la cintura, convencido de que la había seguido por otra clase de hambre. La sangre de la nariz brillaba sobre el labio.

Ella lo empujó contra la pared.

—Con cuidado —se rio—. No hace falta fingir decencia.

Aurora mordió.

El hombre gritó. La sangre llegó caliente y llena de vino. Aurora perdió la calle, la muralla y el propósito de detenerse. Bebió hasta que el cuerpo dejó de forcejear.

Una mano la agarró por el pelo y la arrancó de su cuello.

Nicolás lanzó al hombre al suelo. Se arrodilló y comprobó el pulso.

—Está vivo.

—Me ha tocado.

—Y por eso ibas a matarlo.

Aurora intentó apartarlo. Nicolás la sujetó contra la pared hasta que el hambre cedió.

—Suéltame.

—Cuando puedas mirarme sin intentar abrirme el cuello.

—Tú no me atraes tanto.

—Según la página, mentías mal.

Aurora dejó de resistirse. Nicolás aflojó los brazos. Llevaba el pelo más largo y una chaqueta distinta. Cinco meses no deberían haber cambiado a un hombre de casi dos siglos, aunque parecía menos seguro que en Gijón.

—¿Cómo me has encontrado?

—Catalina recibió tu carta desde Astorga. Pregunté en los caminos.

—Podría haber seguido hacia Madrid.

—También podías haber elegido una ciudad sin murallas, dado tu gusto por entrar y salir.

Aurora miró al hombre caído.

—Necesita un médico.

—Lo llevaré.

—Yo puedo hacerlo.

—Tienes su sangre en la boca.

La vergüenza llegó convertida en irritación.

—No necesito que me salves.

—Él sí.

Nicolás cargó con el hombre y lo llevó a una casa de socorro. Aurora lo siguió desde lejos. Esperaron hasta que un practicante salió a recogerlo. Después caminaron sin rumbo junto a la muralla.

—Iba a detenerme —dijo Aurora.

—Te creo.

—No parece.

—Creer una intención no obliga a ignorar el resultado.

—Sigues hablando como un tutor.

—He cruzado media península porque temía encontrarte junto a un cadáver. Permíteme un poco de mal humor.

Aurora se limpió la boca con la manga.

—¿Por qué has venido?

—Te echo de menos.

La respuesta detuvo la discusión. Nicolás miraba al frente.

—¿A mí? —preguntó ella.

—A la mujer que conozco desde hace diecisiete meses. La que derrama sangre cuando se enfada, roba gallinas y escribe cartas sin dirección de regreso. No puedo echar de menos a quien conocí en 1855 porque no existe en mi memoria.

Aurora se sentó sobre una piedra.

—Podrías haber escrito.

—No sabía dónde.

—Podrías haber enviado las cartas a Catalina.

—Escribí siete. Ninguna decía algo que mereciera llegar.

—Eso me corresponde decidirlo.

Nicolás aceptó la corrección.

—Lo sé ahora.

Aurora observó el barro seco de sus botas. Había viajado a pie durante parte del trayecto. No necesitaba detenerse a descansar, aunque el viaje exigía esconderse del sol y encontrar alimento. La había buscado sin certeza de ser recibido.

—No volveré a vivir bajo vigilancia —dijo.

—Podemos viajar juntos.

—No es lo mismo.

—Dormiremos en habitaciones separadas. Te alimentarás como elijas mientras no pongas a inocentes en peligro. Si quieres marcharte, no te seguiré salvo que Aldara esté cerca.

—¿Y si deseo beber de alguien?

—Aprenderás a detenerte. Hay personas dispuestas a vender sangre. Otras pueden darla si conocen una parte del riesgo.

—¿Una parte?

—Contar toda la verdad suele conducir a antorchas.

Aurora jugueteó con la tenaza que llevaba dentro del abrigo.

—Tengo condiciones.

—Esperaba más de una.

—No vuelvas a leerme la página sobre quién era.

—De acuerdo.

—No me preguntes qué habría hecho el hombre anterior.

—Nunca lo he hecho.

—Lo haces con la cara.

—Intentaré educarla.

—Si bebes de mí, será cuando yo lo ofrezca.

Nicolás la miró entonces.

—No necesito hacerlo.

—La condición sigue en pie.

—Aceptada.

Aurora se levantó.

—Y quiero leer las siete cartas.

—Eran malas.

—Mejor. Así no te idealizo.

Nicolás sonrió.

Alquilaron dos habitaciones en una posada. Aurora se lavó la sangre y durmió hasta la tarde siguiente. Cuando despertó, encontró siete sobres bajo la puerta. Los leyó sentada en el suelo.

En la primera, Nicolás preguntaba si estaba alimentándose. En la segunda describía una discusión con la pescadera de Gijón. En la tercera admitía haber descubierto que la casa parecía más grande sin ella. Las siguientes no buscaban conmoverla. Contaban días, dudas y pequeños fracasos.

La última contenía una sola página.

No recuerdo cómo me enamoré de ti. Empiezo a sospechar que intentar repetirlo sería una forma de no verte. Si regresas, quiero conocerte con todo lo que ha cambiado. Si no lo haces, seguiré agradeciendo que estés viva aunque sea lejos de mí.

Aurora dobló la carta. Llamó a la puerta contigua.

Nicolás abrió sin chaqueta.

—La séptima no era mala —dijo ella.

—Tuve cinco meses para corregirla.

Aurora le entregó el papel y entró. Lo besó con el cuidado de quien abre una puerta conocida hacia una habitación distinta.

Nicolás esperó su permiso antes de tocarla.

Esta vez, el recuerdo que nació perteneció a los dos.

Aurora cerró la puerta. La habitación de Nicolás era pequeña, con un lavabo de hierro y una cama que crujía al apoyar una rodilla. Ninguno podía confundirla con la cocina de Oviedo ni con la playa. Esa pobreza le gustó.

—¿Qué recuerdas de nosotros? —preguntó él.

—Demasiado.

—Quiero saber qué debo evitar.

—No intentes adivinar lo que me gustaba.

Nicolás le quitó el abrigo y esperó. Aurora comprendió que también debía aprender a preguntar sin convertir cada cuidado en una prueba.

—Tócame —dijo, llevándole la mano a la cintura—. Aquí.

La boca de Nicolás descendió por su cuello sin acercarse a la vena. El deseo y el hambre compartían territorio, aunque él los mantuvo separados. Aurora le abrió la camisa. Encontró una cicatriz que no recordaba porque pertenecía a los meses posteriores a la conversión.

—¿Quién te la hizo?

—Elvira. Cuando intenté seguirla después de la casa de Oviedo.

—Creí que había muerto.

—Yo también.

Aurora tocó la marca. Había partes de Nicolás que el otro hombre nunca conoció. La idea le permitió dejar de buscar un fantasma durante unas horas.

Se acostaron sin repetir palabras, posiciones ni promesas del pasado. Cuando Nicolás se acercó a las heridas de su cuello, Aurora sostuvo su cara.

—No bebas.

—No iba a hacerlo.

—Necesitaba decirlo.

—Dilo siempre que lo necesites.

Más tarde, tendidos en una cama demasiado estrecha, Nicolás le contó que las siete cartas tenían once borradores. Aurora confesó que había seguido a un sacerdote durante una noche entera porque le olía a sangre y luego descubrió que guardaba morcillas bajo la sotana para una familia pobre.

—Me alegra no haber estado allí —dijo Nicolás.

—Te habrías reído.

—Me habría puesto celoso de las morcillas.

Al amanecer cubrieron la ventana con la manta. Aurora se despertó antes que él y escuchó su respiración voluntaria. Nicolás la utilizaba cuando dormía cerca de humanos, una costumbre destinada a fingir que estaba vivo. Allí no había nadie a quien engañar.

—¿Por qué respiras? —preguntó.

Él abrió un ojo.

—Te tranquiliza.

Aurora apoyó una mano sobre su pecho quieto.

—Eso lo hacía el otro.

Nicolás dejó de respirar. El silencio fue extraño durante unos segundos y luego se volvió íntimo.

—Así está mejor —dijo ella—. No te hace más humano, solo más verdadero.

Aprendieron a viajar juntos sin llamarlo hogar.

En Santander alquilaron habitaciones sobre una relojería.

Aurora trabajó copiando facturas para el dueño y Nicolás descargó barcos por la noche, más por escuchar rumores que por recibir un salario.

Descubrieron que Aldara utilizaba a un consignatario para enviar frascos de sangre a Burdeos.

Aurora entró en la oficina del puerto vestida de viuda. Nicolás esperó fuera porque el responsable conocía una de sus identidades anteriores. El plan consistía en copiar un libro y marcharse. Aurora encontró a una niña encerrada dentro de un armario.

Se llamaba Clara y tenía una marca roja en la nuca. Había visto al consignatario matar a su padre durante una disputa. Aurora la sacó por la ventana mientras Nicolás provocaba una pelea en el muelle. Perdieron el libro, salvaron a la testigo y pasaron tres semanas buscando una familia segura.

—Hemos fracasado —dijo Nicolás cuando abandonaron la ciudad.

—La niña no piensa lo mismo.

—Aldara seguirá usando el puerto.

—Entonces volveremos con otro plan.

La discusión les enseñó que medían la victoria de formas distintas. Nicolás pensaba en redes. Aurora seguía viendo nombres.

En 1863 encontraron a Elvira en Valladolid. Trabajaba en una casa de juego y vendía información a ambos bandos de una guerra que nadie admitía librar. Recibió a Aurora en un cuarto lleno de humo.

—Nicolás te quiere —dijo, repartiendo cartas—. Eso no significa que sepa hacerlo.

—¿Aldara sí sabía contigo?

Elvira colocó un as sobre la mesa.

—Aldara sabe desear. Confundimos esa atención con amor porque durante unos minutos parece que ninguna otra persona existe. Luego comprendes que tampoco existes tú. Solo la parte que necesita.

Les entregó la dirección de un médico que preparaba láudano para la red. A cambio pidió que sacaran a un muchacho del hospicio. No explicó quién era y Aurora no insistió. Aprendía a respetar los secretos que no necesitaba abrir.

La operación terminó con Nicolás herido, el médico huyendo y el muchacho camino de Salamanca. Aquella noche, Aurora encontró a Nicolás bebiendo de un guardia caído. El hombre seguía vivo.

—Suéltalo —dijo.

Nicolás no respondió.