Capítulo 13. Cortejar a un desconocido #3
Los paquetes nunca incluían notas.
—Su acreedor corteja de una manera extraña —dijo Abelardo al verla abrir el cuarto paquete.
Dentro había una tenaza nueva.
—No es mi acreedor.
—Entonces el objeto resulta más preocupante.
Aurora dejó los regalos sin utilizar. No quería que la vigilancia de Nicolás se disfrazara de cuidado. A la sexta madrugada esperó detrás de la contraventana. Una niña depositó el paquete y corrió. Aurora la alcanzó antes de la esquina.
—¿Quién te paga?
—Un señor que no sale de día.
—¿Dónde está?
—Dijo que no se lo contara.
Aurora le dio otra moneda por incumplir la orden. La niña señaló una pensión al otro lado de la plaza.
Nicolás ocupaba una habitación sin ventanas. Había llenado una mesa con cartas que no enviaba. Aurora reconoció su nombre en todos los sobres.
—Me has seguido.
—Hasta León. No conozco tu dirección desde hace una semana.
—Una niña la conoce.
—Le pago para que deje los paquetes en la imprenta. No le pregunté dónde duermes.
—Eso convierte la intromisión en una cortesía muy precisa.
Nicolás no se defendió. Señaló los regalos amontonados junto a la pared. Eran los anteriores, devueltos sin abrir por Aurora o sustituidos cuando ella no los aceptaba.
—No sé cortejar a una persona que recuerda haber sido cortejada por mí —dijo—. Si repito algo, parece una imitación. Si hago lo contrario, parece que intento demostrar que he cambiado.
—Podrías dejarme en paz.
—Podría. Dime que eso quieres y regresaré a Gijón.
Aurora miró las cartas. Nicolás había respetado el contenido aunque no la distancia. Aquella contradicción se parecía demasiado a él para ser una estrategia de Aldara.
—Quiero que dejes de decidir qué gesto tendrá menos posibilidades de herirme.
—No sé hacer eso.
—Aprende conmigo, no a escondidas.
Nicolás tomó el último sobre y se lo ofreció cerrado.
—¿Quieres leerlo?
—¿Qué dice?
—Que la casa está vacía. Que Roque pregunta por ti. Que Brígida ha subido el precio y sospecho que venderá nuestras condiciones a otros donantes. También dice que te echo de menos.
—Acabas de evitar que decida si abrirlo.
—Ya he fracasado.
Aurora tomó la carta y la dejó sobre la mesa.
—Vuelve mañana. Llama a la puerta de la imprenta. Si sigo allí, puedes invitarme a caminar.
—¿Y si no estás?
—No preguntes a la niña.
Nicolás cumplió. Al anochecer siguiente entró por la puerta principal, soportó las preguntas de Abelardo y pidió hablar con la señora Hevia. Aurora decidió recibirlo.
Caminaron alrededor de la muralla. Nicolás no llevó pan, vino ni tenazas. Le contó que había encontrado a la familia de Fermín y que Brígida convirtió el cuaderno en un acuerdo firmado por seis estibadores. Aurora habló de Rosario y de Mauro. Ninguno utilizó el pasado para corregir al otro.
—¿Regresarás? —preguntó él.
—No esta noche.
—¿Mañana?
—Puedes volver a preguntar.
La paciencia no reparó el olvido. Le dio a la relación una forma que no dependía de fingir que nada se había roto. Durante nueve noches Nicolás llamó. Aurora aceptó seis paseos, rechazó dos y en el último le permitió entrar.
No hicieron el amor como una repetición. Ella detuvo su mano cuando una caricia despertó un recuerdo antiguo. Nicolás se apartó. Aurora volvió a acercarlo cuando quiso tocar al hombre presente.
Al amanecer, él preguntó si podía quedarse.
—Hasta que despierte —dijo Aurora.
—No duermes.
—Entonces tendrás que esperar mucho.
Nicolás se quedó hasta que la luz cubrió la plaza. El amor que Aurora recordaba habría intentado retenerlo mediante una promesa. La mujer que existía ahora podía abrir la puerta y confiar en que él volvería porque así lo eligiera.
Nicolás volvió la noche siguiente sin regalos. Aurora lo esperaba.
Durante el mes siguiente mantuvieron dos habitaciones.
Nicolás llamaba incluso cuando sabía que Aurora estaba dentro.
Ella aprendió que abrir no equivalía a perdonar y que rechazar una visita no obligaba a marcharse para siempre.
Algunas noches hablaron hasta el amanecer.
Otras discutieron antes de llegar a la esquina.
Nicolás dejó de preguntar si un gesto se parecía al pasado.
Aurora dejó de responder a preguntas que él no había formulado.
Cuando volvieron a compartir cama, ninguno prometió que la intimidad resolvería el olvido.
Cerraron las cortinas, apartaron los cuadernos y permitieron que el deseo no tuviera que demostrar nada.
Al levantarse, Nicolás preparó café por costumbre y Aurora fingió que podía beberlo. La taza permaneció entre ambos hasta enfriarse. Era un gesto nuevo, inútil y elegido. Aurora decidió que prefería aquella torpeza a la repetición perfecta de una noche que él no recordaba.
Guardó la tenaza nueva. No sustituiría a la primera. Serviría para futuras puertas.
También serviría como arma. Aurora prefería que cualquier símbolo romántico siguiera conservando una utilidad menos amable.
Nicolás declaró que aquello resumía su cortejo con excesiva precisión.
Aurora decidió conservar también esa queja.
Aquella queja le pertenecía solo a él.