Tu nombre en mi sangre Capítulo 13. Cortejar a un desconocido #2
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Capítulo 13. Cortejar a un desconocido #2

—Por eso todo el mundo abusa.

Aurora fingió comer. Rosario hablaba de precios, clientes y caminos. Tenía un hijo en Valladolid que escribía una carta al año y una hija casada con un hombre que consideraba el comercio una indecencia. Aurora escuchó sin pensar en sangre hasta que la mujer se cortó un dedo con el cuchillo.

El olor llenó el cuarto.

Aurora se levantó tan deprisa que volcó la silla. Rosario envolvió el dedo en el delantal.

—A algunas personas les impresiona la sangre —dijo.

—Necesito aire.

Salió al corredor. El posadero dormía detrás de una cortina. Un mozo guardaba las caballerías. Había cinco corazones en la planta baja y tres arriba. Aurora corrió al establo. Hundió los dientes en el cuello del caballo herido por el viaje y bebió lo mínimo para recuperar control.

El animal relinchó. Rosario apareció con una lámpara.

Aurora se apartó. Tenía sangre en la boca.

La comerciante miró el caballo, los dientes y la cara de su acompañante. Cerró la puerta del establo.

—¿Vas a matarme?

—No quiero hacerlo.

—Eso deja bastante espacio.

Aurora se limpió con la manga.

—Necesito sangre. Puedo vivir de animales, aunque la humana me permite controlar mejor el hambre. No he viajado con usted para alimentarme.

Rosario apoyó la lámpara sobre un barril.

—¿Desde cuándo?

—Hace diecisiete meses.

—Eres joven incluso para una desgracia.

La frase devolvió a Aurora una humanidad que no esperaba. Rosario no gritó ni buscó un crucifijo. Le pidió que se sentara lejos y escuchó la parte que Aurora podía contar.

—¿El hombre del que huyes te hizo esto?

—Me salvó la vida.

—No he preguntado eso.

—Me dio su sangre porque el cólera iba a matarme. Yo se lo pedí. Después me olvidó.

Rosario soltó el aire.

—He conocido matrimonios más sencillos, pero tampoco muchos.

—No somos matrimonio.

—Entonces conservas una ventaja.

Aurora le habló de las reglas de alimentación y del acuerdo con Brígida. Rosario preguntó por los riesgos, el dolor y la cantidad. Al final se remangó.

—Puede ofrecerme sangre por miedo —dijo Aurora—. No la aceptaré así.

—Te la ofrezco porque el caballo vale más que el dormitorio y estás estropeando ambos.

—Rosario.

—También porque mañana atravesaremos un camino donde ya nos han seguido dos hombres. Prefiero que quien viaja conmigo no piense en morderme mientras dispara.

Aurora se negó esa noche. A la siguiente, después de que Rosario repitiera la oferta con luz, comida y un cuchillo cerca, aceptó una pequeña cantidad de su brazo.

La mujer se quejó del precio que Brígida había establecido y exigió participar en las ganancias si Aurora convertía el sistema en negocio.

—Nunca pensé que mi primera socia sería una vampira —dijo.

—Yo tampoco esperaba comenzar con una comerciante que regatea su propia sangre.

El acuerdo cambió el viaje. Aurora dejó de ocultar las horas de sueño. Rosario aprendió a cubrir el carro antes del amanecer y a no entrar sin avisar. A cambio, Aurora vigilaba los caminos y se alimentaba solo cuando ambas lo decidían.

Los ladrones llegaron cerca de León. Eran los dos hombres que las seguían desde la posada y un tercero con una escopeta. Colocaron un tronco en el camino. Rosario detuvo las mulas.

—He pagado el alojamiento —dijo—. No pienso pagar también el viaje.

Aurora bajó del carro. Mantenía el sombrero inclinado para que el último sol no le alcanzara la cara.

—Apártense.

El hombre de la escopeta se rio.

—La señora quiere dar órdenes.

Disparó al aire. Las mulas se encabritaron. Aurora alcanzó el arma antes de que pudiera volver a cargar. La dobló contra la rueda. Los otros atacaron. Tiró al primero dentro de una zanja y sujetó al segundo por el cuello.

Su pulso golpeaba debajo de los dedos. El miedo volvía más intensa la sangre. Aurora abrió la boca.

—Se llama Mauro —gritó Rosario desde el carro.

Aurora se detuvo.

La comerciante apuntaba con una pistola pequeña.

—Lo oí en la posada. El de la zanja es Belarmino. El otro no ha tenido la cortesía de presentarse.

Aurora soltó a Mauro. El hombre cayó y se arrastró hacia el bosque.

—¿Por qué me ha dicho el nombre?

—Tú misma me explicaste que ayuda.

Rosario ordenó a los ladrones retirar el tronco. Los dejó marchar sin zapatos y guardó la escopeta doblada como prueba de que el viaje había sido interesante.

Esa noche acamparon fuera de León. Rosario ofreció sangre. Aurora aceptó menos de lo acordado.

—Podías haberlo matado —dijo la mujer.

—Quería hacerlo.

—También yo. Me debían dos noches de sueño.

—Nicolás habría roto el cuello de los tres.

—Nicolás no estaba allí.

Aurora miró el fuego. Esa era la razón del viaje. Había detenido la mano al oír un nombre pronunciado por alguien que acababa de conocer. La elección no pertenecía al hombre que la convirtió ni a los recuerdos heredados.

Al día siguiente se separaron. Rosario continuaría hacia Valladolid. Aurora le entregó la dirección de Brígida por si conocía a otras personas dispuestas a vender sangre de forma segura.

—Estás creando una ruta —observó la comerciante.

—Una pequeña.

—Todas empiezan así. Procura no convertirla en otra cadena.

Rosario se marchó con las telas, la escopeta inútil y una verdad que podía costarle la vida. Aurora sintió miedo de haber confiado. El mismo miedo le confirmó que seguía necesitando a personas capaces de elegirla sin conocer su pasado.

No intentaba demostrar que no necesitaba a Nicolás. Necesitaba descubrir qué decisiones eran suyas cuando él no estaba cerca para aprobarlas, temerlas o compararlas con un pasado que solo ella podía consultar.

Al llegar a León escribió a Catalina y destruyó el borrador destinado a Nicolás. No quería enviarle una promesa ni una despedida. Le dejaría el mismo derecho a no saber que tanto había exigido para sí.

León le concedió doce noches antes de obligarla a elegir otra vez. Alquiló un cuarto sobre una imprenta y consiguió trabajo corrigiendo hojas que no podía firmar. El dueño, Abelardo Riaño, creyó que era una viuda perseguida por acreedores. Aurora no desmintió la parte más útil.

Cada madrugada encontraba en la escalera un paquete envuelto en periódico. El primero contenía sangre animal. El segundo, una guía de caminos. El tercero, un libro de poemas franceses que Nicolás sabía que detestaba.