Tu nombre en mi sangre Capítulo 13. Cortejar a un desconocido
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Capítulo 13. Cortejar a un desconocido

Cortejar a un desconocido

Nicolás dejó pasar tres días antes de buscarla. Aurora había pagado una semana de pensión y recibió su prudencia como un abandono.

Lo encontró al cuarto anochecer, sentado en el comedor. La patrona le había servido caldo y él fingía beberlo.

—Su hermano es muy educado —dijo la mujer—. Debería aprender de él.

—Mi hermano tiene casi doscientos años de práctica.

La patrona rió sin entender. Nicolás dejó una moneda y salió con Aurora.

—No puedes quedarte aquí —dijo al llegar a la calle.

—He pagado.

—Aldara tiene gente en los puertos.

—¿Has venido a protegerme o a devolverme a casa?

—A preguntarte qué necesitas.

Aurora había preparado varias respuestas crueles. Ninguna encajaba con la pregunta.

—Quiero una noche —dijo—. Una sola. Después decidiré si regreso.

—¿Qué clase de noche?

—En Oviedo fuimos hasta el río. Me llevaste comida que no necesitabas y fingiste que el vino era bueno. Quiero repetirlo.

Nicolás tardó en contestar.

—Eso es exactamente lo que me pediste que no hiciera.

—Recuerdo habértelo pedido.

—¿Por qué?

—Necesito comprobar algo.

Fueron hasta una playa apartada. Aurora compró pan, queso y una botella. Nicolás llevó una manta. Se sentaron frente al mar, ocultos por las rocas.

La escena de 1855 estaba completa en la memoria de Aurora.

Aquella noche, cerca de Las Caldas, Nicolás había cortado el pan con la tenaza porque olvidó el cuchillo.

Ella se burló durante media hora. Hablaron de la vida que él habría querido tener y Aurora dijo que habría abierto una librería.

Nicolás respondió que quebraría antes del primer invierno porque regalaría libros a quien supiera pedirlos.

En Gijón, Nicolás había llevado un cuchillo.

—Podrías utilizar la tenaza —sugirió Aurora.

—No para de recordarme que fue un arma pésima.

—Por eso tendría gracia.

Él dejó el cuchillo, sacó la herramienta del bolsillo y cortó el pan. La hoja irregular lo aplastó.

Aurora esperó la risa que recordaba.

Nicolás miró el destrozo.

—Sigue siendo un arma pésima.

Ella sonrió. El gesto murió al no encontrar respuesta.

—Ahora pregúntame qué vida habría querido.

—Aurora.

—Pregúntamelo.

—¿Qué intentas comprobar?

—Si queda algo.

Nicolás dejó la tenaza sobre la manta.

—No queda en mí.

—Podría aparecer si hacemos las mismas cosas.

—¿Cuántas veces quieres que fracase hasta creerme?

—Yo no elegí que me olvidaras.

—Tampoco yo.

—Tú me convertiste.

—Porque me lo pediste.

Aurora se levantó. La marea había subido y el agua rozaba el borde de la manta.

—Lo recuerdo desde tus ojos —dijo—. Recuerdo que escribiste mi nombre porque estabas aterrorizado. Recuerdo que me miraste y pensaste que no sobrevivirías a perderme. Después desperté y todo ese amor estaba dentro de mí, junto al mío, mientras tú solo tenías una página.

Nicolás recogió la botella antes de que una ola la alcanzara.

—No puedo pedir perdón por salvarte.

—Puedes pedirlo por haberme dejado sola con lo que sentías.

—¿Crees que elegí olvidar?

—Creo que ahora eliges tratarme como una responsabilidad.

Él se levantó.

—Porque cualquier otra cosa podría aprovecharse de una intimidad que no recuerdo. Sé dónde te gustaba que te tocara. Sé qué palabras escribí sobre ti. Podría utilizarlas y convencerte de que soy el mismo. Eso sí sería una traición.

Aurora lo miró. Había pensado en su distancia como cobardía. Descubrir respeto en ella no le proporcionó alivio.

—¿Qué quieres tú? —preguntó.

Nicolás contempló el mar.

—Quiero conocerte sin que me examines.

—Ya me conociste.

—Tú conociste a otro hombre.

—Tiene tu cara.

—Y tú tienes todos sus recuerdos. Ninguno de los dos es la persona que empezó aquella noche en el río.

Una ola cubrió la manta. El pan se empapó y el queso flotó unos segundos antes de hundirse. Aurora soltó una carcajada. Nicolás intentó salvar la tenaza, perdió el equilibrio y metió una bota en el agua.

La indignación de su cara era nueva. No pertenecía a ningún recuerdo.

Aurora rió hasta que tuvo que sentarse en la arena. Nicolás la miró y terminó riendo también.

—He comprobado lo que necesitaba —dijo ella.

—¿Que no sé calcular la marea?

—Que todavía puedes sorprenderme.

Regresaron a la pensión. Nicolás no pidió que volviera a la casa. Se despidió en la puerta y le entregó la tenaza.

—Es tuya.

—La guardaste después del depósito.

—Eso dicen mis notas.

Aurora cerró los dedos alrededor del hierro.

—Mañana iré a buscar mis cosas.

—¿Te marchas de Gijón?

—Sí. Necesito aprender a estar sola.

Nicolás aceptó la decisión con un gesto. Aurora deseó que discutiera y agradeció que no lo hiciera.

—¿Dónde irás?

—No te lo diré. Si Aldara te encuentra, no podrá sacártelo.

—Es sensato.

—Me ofende que suene sorprendido.

Nicolás levantó una mano, aunque no llegó a tocarle la cara.

—Cuídate, Aurora Hevia.

—Apréndete bien el nombre.

Ella entró en la pensión. Desde la ventana vio cómo Nicolás se alejaba bajo la lluvia. No lo siguió.

Pasó dos días preparando la marcha. Vendió el vestido que Nicolás le había comprado, conservó la camisa más resistente y escondió monedas dentro del forro del abrigo.

La patrona creyó que huía de un marido violento.

Aurora dejó que la compadeciera porque la explicación abría puertas que la verdad habría cerrado.

Antes de partir recibió una carta de Catalina. El papel había viajado desde Oviedo a Gijón, de allí a la pensión y luego hasta ella por medio de una lavandera que sabía guardar secretos a cambio de jabón.

Tu madre está bien. Sigue diciendo que Francia debe de ser un lugar miserable si no permite a una hija volver por Navidad.

He escrito por ti y he cometido tres faltas para que reconozca tu mano.

Tomás sospecha que Nicolás te ha hecho daño.

Yo le he dicho que, si fuera así, el problema ya estaría enterrado.

Aurora sonrió. Más abajo, la letra cambiaba.

No conviertas lo que él olvidó en una jaula para los dos.

Tampoco permitas que utilice el olvido como permiso para quererte menos.

Si no sabéis estar juntos, marchaos. Si queréis intentarlo, haced algo que no hayáis hecho antes.

Estoy cansada de que los inmortales se comporten como viudos de gente que sigue delante.

Aurora dobló la carta. Catalina ignoraba que acababa de aconsejarle exactamente lo que había decidido.

Antes de viajar hacia el sur, Aurora fue a ver a Iago. Nicolás lo había instalado en una cabaña cerca de Langreo, con un minero jubilado que conocía a la familia Méndez. El hombre aceptó alojarlo a cambio de ayuda nocturna y de no hacer preguntas sobre su aspecto.

Iago guardaba el carbón de la quinta dentro de una caja. Había encontrado la entrada de la mina del recuerdo, aunque ningún trabajador reconoció su cara.

—El Iago Méndez de la lista murió en el derrumbe —explicó—. Sacaron el cuerpo. Tenía cincuenta años.

—Entonces Aldara te dio su nombre.

—O su miedo. Sigo soñando con una pared que se cierra y hombres que no pueden respirar.

Aurora se sentó frente a él. En la cabaña olía a sopa, carbón mojado y sangre de cabra.

—¿Recuerdas algo propio?

—Un puerto. Una canción sobre una mujer que espera. Tengo una cicatriz en la pierna y sé reparar redes. Podría ser de Galicia.

—Podemos buscar.

Iago cerró la caja.

—No quiero pasar otra vida abriendo puertas para descubrir a quién pertenecen las cosas que hay dentro.

—¿Qué harás?

—El viejo me enseña la mina. Yo le ayudo cuando pierde fuerzas. También he elegido quedarme con el nombre. Gaspar murió creyendo que yo era su hijo y durante un tiempo quise arrancármelo. Ahora significa que alguien intentó salvarme de una celda.

Aurora entendió que un nombre podía empezar en una mentira y convertirse en elección.

—Nicolás cree que deberías seguir buscando —dijo Iago.

—Nicolás no sabe que he venido.

—Lo sé. Él estuvo ayer.

Aurora soltó una risa amarga.

—Los dos intentamos estar solos utilizando los mismos escondites.

Iago le entregó un papel. Nicolás había dejado escrita la dirección de una casa segura en León, por si Aurora la necesitaba. No incluía mensaje.

—No lo sigas si no quieres —dijo Iago—. También puedes dejar de fingir que marcharte impide que te importe dónde está.

—Has aprendido a resultar molesto.

—Conservo recuerdos de Gaspar. Era una habilidad suya.

Aurora guardó la dirección sin prometer que la utilizaría. Antes de marcharse, ayudó a Iago a colgar una cortina gruesa en la ventana. La tela protegía del sol y no tenía ninguna marca roja.

Viajó hacia el sur con una comerciante de telas.

En cada localidad utilizó un apellido distinto.

Aprendió a dormir bajo capas gruesas, a pedir habitaciones sin ventanas y a escuchar conversaciones sin quedarse atrapada en los pulsos.

Una noche ayudó a la comerciante a defender las mercancías de dos ladrones.

Otra, se alimentó de un caballo moribundo tras un accidente y soportó el hambre humana durante una semana.

La comerciante se llamaba Rosario Valcárcel y había aprendido a viajar sin marido después de enterrarlo. Creía que Aurora huía de una familia empeñada en casarla. La explicación le parecía tan común que nunca pidió detalles.

—Los hombres llaman protección a cerrar una puerta y guardar la llave —dijo mientras revisaba las ruedas del carro—. Luego se sorprenden cuando una aprende a utilizar la ventana.

Aurora pensó en Nicolás y decidió que la frase no describía todo. Describía lo suficiente para molestarla.

Viajaban de noche porque Rosario quería cruzar los puertos antes de que los carros de mercancías ocuparan el camino. La costumbre favorecía a Aurora. Durante el día dormía bajo una lona con el pretexto de sufrir jaquecas. Rosario aceptaba rarezas si la otra persona ayudaba a descargar.

En una posada cerca de Pajares, la dueña negó habitaciones a dos mujeres solas. Rosario colocó sobre el mostrador una bolsa de monedas y preguntó cuánto costaba dejar de preocuparse por su moral. Consiguieron el cuarto, una cena y el derecho a cerrar la puerta por dentro.

—Deberías aprender a pagar antes de discutir —aconsejó.

—La discusión suele ser gratis.