Tu nombre en mi sangre Capítulo 12. Dos memorias #3
54%

Capítulo 12. Dos memorias #3

Aurora regresó a la pensión con el vestido limpio y la certeza de que no buscaba castigar a Nicolás. Quería una habitación donde sus dudas no recibieran respuesta desde dos memorias.

Esa tarde escribió el nombre de Fermín en una hoja y anotó que eligió no beber. No añadió si la decisión había sido correcta. Dejó espacio para una vida en la que no todas las cuentas necesitaran cerrarse.

Brígida encontró la hoja dos días más tarde. Había acudido a cobrar y a comprobar que Aurora no utilizaba la partida de Roque como excusa para llamarlo antes. Leyó el nombre sin pedir permiso.

—¿Quién era?

—Un marinero. Murió en un carro.

—¿Y por qué está en sus cuentas?

—Porque estuve allí.

Brígida tomó la pluma y añadió debajo: Tenía un hermano en el Santa Ana. Las monedas no aparecieron.

—¿Cómo lo sabe?

—Trabajo en el muelle tres mañanas por semana. Los secretos viajan peor que el pescado.

Aurora le contó lo ocurrido. No mencionó los recuerdos terminales hasta que Brígida preguntó por qué una vampira hambrienta rechazaba a un moribundo. La mujer escuchó sin persignarse.

—Entonces podría haber sabido quién lo robó.

—Quizá.

—Y él podría haber vivido.

—Quizá.

—Palabra inútil.

Brígida cerró el cuaderno.

—Mi hermana murió de parto. El médico dijo que habría sobrevivido si lo llamaban antes. Mi madre dijo que la mató el marido por no pagar otro coche. Él dijo que mi hermana no quiso preocupar a nadie. Todos encontraron una causa que les permitía dormir. Ninguno la trajo de vuelta.

Aurora esperó una conclusión. Brígida se puso el mantón.

—Escriba lo que hizo. No escriba lo que habría ocurrido. Eso siempre pertenece al mentiroso más convincente.

La frase convirtió la hoja de Fermín en el principio de otra cosa.

Aurora abrió un cuaderno limpio y redactó condiciones para alimentarse.

Nombre verdadero cuando fuera posible. Cantidad acordada.

Testigo si la persona lo pedía. Ninguna memoria terminal sin una petición expresa.

El permiso podía retirarse incluso después de pagar.

Nicolás encontró el cuaderno sobre la mesa al regresar.

—Aldara también establecía reglas —dijo.

—Las suyas protegían el archivo.

—Estas te protegen de ti misma.

—Protegen a la otra persona de mi capacidad para justificarme.

Él leyó la cláusula de las memorias terminales.

—Un moribundo no siempre puede decidir con claridad.

—Tampoco un vampiro hambriento.

—Entonces habrá casos sin respuesta.

—El papel no pretende responderlos. Pretende impedir que finjamos no haber visto la pregunta.

Nicolás devolvió el cuaderno. En la última página escribió una condición propia: Quien beba contará después qué recuerda, salvo que el donante haya pedido silencio.

Aurora arrancó la hoja.

—No añadas reglas a mi nombre.

—Creí que eran nuestras.

—Todavía no sé qué somos.

Nicolás aceptó el papel roto. Aquella obediencia dolió más que una discusión. Aurora comprendió que una parte de ella deseaba que él luchara para poder culparlo por retenerla.

—Puedes escribirla en tu cuaderno —dijo.

—No quiero construir dos códigos opuestos.

—Entonces deja un espacio. Cuando sepamos hablar sin utilizar el pasado, lo discutiremos.

Nicolás trazó una línea en blanco. Debajo firmó su nombre. Aurora no añadió el suyo.

La noche siguiente acompañó a Brígida al muelle.

Encontraron al hermano de Fermín y a un guardia que recordaba a los ladrones.

La justicia no recuperó las monedas, pero el nombre de Mauro pasó a los estibadores y ninguna cuadrilla volvió a contratarlo.

Aurora no necesitó beber una muerte para producir una consecuencia.

Antes de marcharse, el hermano de Fermín le entregó un botón arrancado del asesino. Aurora lo guardó junto al nombre, no como reliquia, sino como prueba disponible si alguien decidía investigar.

En la cubierta del cuaderno escribió Decisiones, no Víctimas.

Brígida leyó el título y dijo que sonaba a libro de cuentas de una mujer incapaz de aceptar pérdidas.

Aurora no lo cambió. Necesitaba un lugar donde una muerte pudiera constar sin convertirse en propiedad ni desaparecer detrás de una buena intención.

La primera página quedó para Fermín. La segunda, para Roque y Brígida, seguía abierta. Las vidas no debían entrar en el archivo solo cuando terminaban.

Aurora llevó el cuaderno a la pensión. En la habitación, copió las condiciones con tinta azul y dejó una columna para las correcciones de cada donante. No sabía cuánto durarían aquellas reglas ni en qué ciudad tendrían que cambiarlas. La posibilidad de revisarlas era su parte más importante.

Antes de cerrar, escribió una pregunta para sí misma: ¿A quién beneficia lo que quiero recordar? No siempre podría contestarla. Tendría que leerla antes de acercar la boca a otra vida.

Dejó la página sin firma para no convertir una duda en juramento.

La llevaría consigo hasta encontrar una pregunta mejor, sin imponerse ninguna prisa innecesaria.

Aquella noche volvió a la pensión a terminar las cartas. La experiencia con Roque había demostrado que podía vivir sin Nicolás. La discusión de la cocina demostraba que todavía no sabía vivir con él.