Capítulo 12. Dos memorias #2
—Podías haber dicho que preparaban un remedio.
—Eso dijiste tú —replicó Brígida—. También dijiste que el cerdo no engorda y acabo de descubrir que lo vendes a escondidas.
—Son asuntos distintos.
—Los dos terminan con dinero escondido en una bota.
Brígida colocó las monedas sobre la mesa. Había traído todas salvo una.
—No quiero devolverlas. Quiero saber si va a enfermar.
Aurora señaló el brazo de Roque.
—La herida cerrará. Debe comer y no volver hasta dentro de quince días. Si siente mareo, no cargará carbón.
—¿Y usted qué es?
La pregunta quedó en la cocina. Nicolás se movió hacia la puerta por si necesitaban huir.
Aurora podía mentir. Había preparado varias historias sobre tratamientos, sanguijuelas y médicos extranjeros. La preocupación de Brígida merecía más que una excusa cómoda.
—Una mujer que necesita sangre para no hacer daño a nadie —dijo—. No puedo contarle mucho más sin ponerlos en peligro.
Brígida miró la cara pálida de Aurora, los cuencos y las contraventanas cerradas. Después examinó a Nicolás.
—¿Él también?
—También.
—¿Y cuánto pagan?
Roque abrió la boca. Su mujer lo silenció con una mano.
—El doble si conoce el riesgo —respondió Aurora.
—Entonces el triple. La ignorancia era gratis.
Nicolás aceptó sin regatear. Brígida guardó las monedas y estableció condiciones.
Roque no acudiría si estaba cansado, herido o había bebido.
Ella lo acompañaría y esperaría fuera. Aurora no mordería.
Si alguno incumplía, Brígida hablaría con un sacerdote que tenía familia en el puerto y ninguna discreción.
—No sé si el sacerdote servirá —dijo Aurora.
—No tiene que servir. Solo hablar.
El acuerdo era mejor que el de Nicolás. No ocultaba el dolor ni fingía que vender sangre convertía a Roque en una persona sin miedo. Aurora comprendió que podía construir una forma de alimentarse distinta a la que había heredado.
Cuando el matrimonio salió, Nicolás cerró las contraventanas.
—Podría habernos denunciado.
—También podía descubrir la verdad cuando su marido enfermara.
—Ha negociado como si esto fuera un trabajo.
—Lo es. Su cuerpo pone una parte. Nosotros pagamos.
—Aldara compraba sangre.
—Aldara compraba silencio y después cambiaba las condiciones.
Aurora tomó una hoja y escribió las de Brígida. Nicolás leyó por encima de su hombro.
—¿Un contrato?
—Un recordatorio. La memoria puede convenirnos menos que el papel.
Él se apartó. La frase tocaba el centro de su pérdida.
Aurora guardó la hoja en un cajón y salió. Necesitaba aire que no compartiera con Nicolás. En el puerto, los barcos se movían como sombras. La sangre de Roque había agudizado los colores y los olores. Podía distinguir brea, pescado, sudor, cerveza y una herida reciente al otro lado de la plaza.
La siguió sin decidirlo.
El rastro conducía a un callejón. Un marinero estaba sentado contra la pared con la mano dentro de la camisa. Sangraba por el abdomen. Dos hombres se alejaban corriendo.
Aurora se arrodilló.
—¿Qué ha ocurrido?
—Me han robado.
La herida era profunda. El pulso perdía fuerza. Aurora oyó cómo cada latido tardaba más que el anterior.
El hombre la agarró del vestido.
—Mi hermano está en el barco Santa Ana. Dígale que las monedas estaban debajo del jergón.
El recuerdo empezaba a dominarlo. Aurora sintió la llamada antes de beber. Una parte de ella sabía que la sangre terminal podía mostrarle el rostro del ladrón, el escondite del dinero y cualquier secreto que el hombre llevara consigo. Otra parte solo tenía hambre.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Fermín Canga.
Aurora gritó pidiendo ayuda. Nadie acudió.
Podía morder y cerrar después la herida con presión. Podía beber lo suficiente para fortalecerse y llevarlo hasta un médico. Nicolás habría sabido calcular la cantidad. Ella no.
Fermín dejó de apretarle la falda.
Aurora apartó la cara de su cuello. Se quitó la enagua, la rasgó y presionó el abdomen. Arrastró al hombre hasta la calle. Un carretero aceptó llevarlos a la casa de un cirujano.
Fermín murió durante el trayecto.
Aurora sostuvo su mano sin beber. Escuchó el último latido y comprendió que renunciar a la sangre no había salvado una vida. Solo había decidido qué clase de testigo sería.
Encontró al hermano en el Santa Ana. Le entregó el mensaje y acompañó el cuerpo hasta una capilla. El hombre quiso pagarle. Aurora pidió una dirección para escribir si la justicia recuperaba las monedas.
Regresó a la pensión al amanecer. La sangre seca de Fermín cubría su vestido. El hambre era peor que antes de alimentarse porque había pasado una hora junto a una muerte posible.
Nicolás esperaba en la puerta.
—Lo he olido desde el puerto.
—Se llamaba Fermín Canga.
—¿Bebiste?
—No lo hice.
Nicolás la llevó a la casa y preparó sangre animal. Aurora la rechazó.
—Necesita alimentarse.
—Ya he bebido de Roque.
—La sangre terminal despierta otro tipo de hambre. Aunque no la pruebe, el cuerpo reconoce la cercanía.
—No quiero que me enseñes a olvidarlo con un cuenco.
—No se olvida. Se evita atacar a la siguiente persona.
La dueña subía por la escalera. Su corazón sonaba lento, confiado. Aurora agarró el cuenco y bebió. El sabor le produjo náuseas. Terminó de todos modos.
—¿Hice bien? —preguntó.
Nicolás tardó en comprender que la pregunta se refería a Fermín.
—Tomaste una decisión.
—Murió.
—También podía morir si bebías.
—Podía sobrevivir.
—Nunca sabrás qué habría ocurrido.
Aurora dejó el cuenco.
—Eso no impide que tú creas saberlo.
—Creo que yo habría bebido.
La respuesta le dolió porque esperaba una aprobación. Nicolás no quiso fabricarla.
—¿Para salvarlo?
—Quiero pensar que sí. También habría deseado el recuerdo. La intención cambia mientras la sangre entra.
Aurora se lavó las manos. El agua se volvió roja y después clara.
—Necesito aprender sin que cada lección consista en preguntarme qué harías tú.
—Puedo ayudarte.
—Ese es el problema. Estás en todas mis decisiones antes de que las tome. Te recuerdo enseñándome cosas que tú ya no recuerdas. También sé cuándo desaprobarías una idea porque llevo la mirada dentro.
Nicolás se quedó junto a la mesa.
—Marcharte no sacará mis recuerdos de ti.
—Me permitirá descubrir cuáles no necesito obedecer.