Tu nombre en mi sangre Capítulo 12. Dos memorias
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Capítulo 12. Dos memorias

Dos memorias

Aurora tardó diecisiete meses en aprender a escuchar un corazón sin imaginar los dientes dentro.

Vivía con Nicolás en una casa alquilada cerca del puerto. Desde las ventanas llegaban gritos de marineros, olor a brea y golpes de mercancía. El ruido ayudaba. En el campo, un solo pulso podía ocupar una noche entera.

La dueña de la casa creía que eran hermanos. Nicolás había elegido esa mentira porque no exigía muestras de afecto. Aurora la odiaba por la misma razón.

Aquella noche regresó con un conejo muerto y lo dejó sobre la mesa.

—He tardado tres horas en cazarlo.

Nicolás levantó la vista del periódico.

—Podías comprarlo.

—La pescadera ya cree que preparo una sopa para treinta personas. Si sigo comprando animales y no cocino ninguno, hablará.

—La sangre animal te mantiene viva.

—También me pone de un humor espantoso.

—Eso figura entre tus características anteriores.

Aurora miró la página arrancada del cuaderno. Nicolás la llevaba doblada dentro de la cartera y la consultaba cada vez con menos frecuencia. Había añadido observaciones propias en el margen.

No le gusta que le recuerden que discute.

Finge no echar de menos a su madre cuando llega carta.

No sabe desplumar un ave.

La última anotación estaba subrayada.

—Puedo oír lo que piensas —mintió Aurora.

Nicolás dobló el periódico.

—Según mis notas, también mentías mal.

Ella acercó un cuenco al conejo. Había aprendido a matar sin prolongar el miedo, a recoger la sangre y a no mirar la impresión de humanidad que adquirían los ojos de cualquier animal muerto. Nicolás la observó desde la mesa, preparado para intervenir si perdía el control.

—No voy a atacar a la dueña —dijo Aurora.

—Ayer seguiste a un marinero durante seis calles.

—Olía a sangre.

—Se había cortado afeitándose.

—Me detuve.

—Cuando me viste.

Aurora dejó el cuchillo.

—¿Quieres encerrarme?

—Quiero que sobrevivas sin convertirte en alguien a quien detestes.

—Hablas como si me conocieras.

Nicolás recogió el cuenco y lo puso fuera de su alcance.

—Empiezo a hacerlo.

La frase le causó más dolor del que ella esperaba.

Aurora podía recordar otra cocina, la de Oviedo, y a Nicolás riendo después de que ella alabara su prudencia.

El recuerdo tenía dos lugares desde los que ser contemplado.

En uno, Aurora sentía el deseo, el cansancio y el sabor de su sangre.

En el otro veía su cara desde los ojos de Nicolás, sabía cuánto lo había sorprendido y reconocía la voluntad con la que se apartó para no morderla otra vez.

Vivir dentro de ambos lados de una intimidad era una forma de encierro.

—¿Qué recuerdas ahora? —preguntó él.

—Nada que quiera compartir.

Nicolás se levantó.

—Necesitas comer.

—Necesito que dejes de vigilarme.

—Todavía no controlas el hambre.

—Llevas diecisiete meses esperando que mate a alguien para darte la razón.

—Llevo diecisiete meses impidiéndolo.

Aurora volcó el cuenco. La sangre del conejo se extendió por la mesa y cayó sobre el suelo.

El olor los silenció.

Nicolás agarró un paño. Aurora hizo lo mismo. Limpiaron desde lados opuestos, tensos por una discusión que ninguno podía ganar. Cuando sus manos se encontraron, Nicolás retiró la suya.

—Antes no hacías eso —dijo Aurora.

—¿Qué hacía?

—Apartarte como si tocarme fuera un engaño.

—No recuerdo haber tenido derecho a tocarte.

—Lo tenías porque yo te lo daba.

—La mujer que tomó esa decisión murió en Oviedo.

Aurora lo empujó. Nicolás retrocedió un paso, más sorprendido que afectado.

—Sigo siendo yo.

—Tienes mis recuerdos, mi sangre y una vida distinta. No puedo fingir que nada ha cambiado para ofrecerte el papel que esperas.

—No te he pedido que finjas.

—Cada vez que me miras, me comparas con un hombre al que no conocí. Cuando acierto, te acercas. Cuando no respondo como él, me castigas con silencio.

Aurora quiso negarlo. Recordó las veces que había preparado una frase porque sabía que lo haría reír, las rutas elegidas para pasar por lugares ligados al pasado y la camisa que le había comprado porque Nicolás la llevaba en una memoria de 1855.

—Yo también estoy intentando sobrevivir —dijo.

—También lo veo.

—No tienes derecho a ser comprensivo. Resulta insoportable.

Nicolás se apoyó en la mesa.

—¿Qué quieres de mí?

Aurora sabía la respuesta y sabía que era injusta.

—Quiero que recuerdes.

—No puedo.

—Quiero que me mires y sepas qué sentías.

—Puedo leerlo.

—No quiero ser una obligación escrita por un muerto.

Nicolás cerró los ojos.

—Entonces deja de exigirme que sea él.

Aurora salió de la casa. Caminó hasta el puerto bajo una lluvia fina. Los pescadores descargaban cajas a la luz de los faroles y la sangre de los peces corría entre las tablas. Podía alimentarse sin matar, esconderse entre aquel olor y regresar cuando la rabia hubiera pasado.

En lugar de acercarse, siguió andando hasta una pensión del otro extremo de la ciudad. Alquiló una habitación y escribió a Catalina.

Querida tía, comenzó, por si alguien abría la carta. Burdeos es una ciudad fría y Nicolás se encuentra bien. Yo todavía no sé qué significa encontrarme bien.

Rompió el papel. Empezó otro para Ramona y describió una calle francesa que nunca había visto. Le habló de un trabajo de costura, de una patrona amable y de una tos que justificaba no regresar.

Al terminar, Aurora se quedó mirando su firma. Había escrito el nombre con la misma inclinación que Nicolás utilizó en el pañuelo.

Su memoria empezaba a confundir las manos.

Dos noches antes, había entrado en una tienda para comprar papel. El dueño la llamó «señora Ardisana» sin conocerla. Aurora respondió antes de pensar. Nicolás utilizó ese apellido en la ciudad y los vecinos habían decidido que la mujer joven de la casa debía de ser su esposa.

La palabra abrió una memoria. Se vio entrando en una tienda de Oviedo, desde los ojos de Nicolás, durante las semanas que compartieron antes de la conversión. Aurora pedía sal. El comerciante la llamó señora Ardisana y Nicolás sintió afecto, culpa y el deseo secreto de que el error fuese cierto.

Aurora salió sin comprar nada.

Encontró a Nicolás en el puerto y le contó la imagen.

—Isabel era mi hermana —dijo él—. La del cuaderno.

—Pensé que se llamaba Inés.

—Eran dos hermanas. Inés murió de niña. Isabel se casó con un hombre de Avilés y utilizó mi apellido cuando enviudó.

—La querías.

—Supongo que sí.

—Yo lo he sentido.

Nicolás miró el mar. La pérdida de sus propios recuerdos le resultaba familiar. Que Aurora pudiera acceder a ellos lo dejaba sin defensa.

—¿Qué más viste?

—Una bolsa de sal. Una cinta verde en su pelo. Pensaste que se parecía a tu madre cuando estaba enfadada.

—No recuerdo la cara de mi madre.

—Yo sí, a través de ti.

Aurora se arrepintió al decirlo. Nicolás apoyó las manos en la barandilla.

—Descríbela.

—No sé si debo.

—Acabas de recordarme que no decida por ti qué información puedes soportar.

La corrección era exacta y también injusta. Aurora cerró los ojos. Buscó entre recuerdos heredados hasta encontrar una cocina de piedra, una mujer con el pelo oscuro y una mancha de harina en la nariz.

—Tenía un diente torcido. Cantaba mal. Tú escondías las botas porque odiabas ir a misa y ella fingía no encontrarlas.

Nicolás sonrió, aunque no reconoció a la mujer.

—Continúa.

Aurora le contó todo lo que pudo. Al terminar, sintió que había entregado un objeto que nunca le perteneció. Nicolás le dio las gracias y caminó solo hasta el final del muelle.

Esa noche discutieron. Él quería seguir preguntando. Aurora se negó a convertirse en un catálogo de su infancia. Nicolás alegó que ella tenía los recuerdos sin haberlos pedido y que él no eligió perderlos. Ambos tenían razón. Ninguna de las dos razones resolvía cómo vivir juntos.

Aurora abandonó la casa y alquiló la habitación de la pensión. Allí escribió a Ramona con una mano que ya no sabía de quién había aprendido cada curva.

A la mañana siguiente volvió a la casa del puerto para recibir a un hombre.

Se llamaba Roque y descargaba carbón. Nicolás le pagaba por llenar una botella cada quince días.

El hombre creía que la sangre se utilizaba en tratamientos contra la anemia y no preguntaba por qué los hermanos franceses nunca salían al mediodía.

Aurora lo oyó subir las escaleras. El pulso de Roque era fuerte y olía a una herida reciente en la palma.

—Hoy beberás de él —dijo Nicolás.

—¿Lo sabe?

—Sabe que debe sentarse, que puede detenerte y que recibirá el doble de dinero. Desconoce el resto.

—Eso no es consentimiento completo.

—Tampoco puedo presentarme como vampiro en el muelle.

Roque entró en la cocina. Era un hombre ancho, de barba amarilla por el tabaco. Se quitó la chaqueta y ofreció el antebrazo con una confianza que empeoró el hambre de Aurora.

—¿Dolerá? —preguntó.

—Sí —respondió ella—. Menos que una sangría mal hecha, más que la aguja de un médico. Si digo o hago algo que lo asuste, grite el nombre de Nicolás.

—¿El suyo no sirve?

—Puede que tarde en escucharlo.

Aurora bebió de una incisión pequeña, sin morder.

La sangre humana devolvió colores al mundo.

Roque habló durante todo el proceso. Contó que tenía cuatro hijos, una mujer que administraba mejor el dinero y un cerdo que se negaba a engordar.

La banalidad de su vida lo protegió de convertirse en alimento sin cara.

Cuando Aurora sintió que podía continuar, cerró la herida con un paño.

—¿Ya? —preguntó Roque.

—Ya.

Nicolás le entregó las monedas. El hombre se marchó contento por haber cobrado más de lo esperado.

Aurora se apoyó en la mesa. Había controlado el hambre sin vigilancia física y el triunfo le pertenecía. Nicolás empezó a felicitarla, pero ella alzó una mano.

—No necesito aprobación.

—Iba a decir que Roque miente sobre el cerdo. Lo oigo engordar desde aquí.

Aurora rió.

Roque regresó media hora después. Esta vez lo acompañaba una mujer de brazos fuertes y expresión poco dispuesta a aceptar explicaciones. Entró sin quitarse el mantón.

—Soy Brígida, su esposa —dijo—. ¿Cuál de los dos le compra la sangre?

Nicolás miró a Aurora. Ella respondió.

—Yo la bebo.

Roque palideció.